El mensaje

La infausta herencia de las administraciones anteriores, tanto en el COCH como en Chiledeportes, hicieron un daño difícil de reparar

Por Soledad Bacarreza

 

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Lima albergará los Juegos Panamericanos.

Por Soledad Bacarreza

A seis días de la votación en Toronto por una nueva sede de los Juegos Panamericanos, la lectura de la derrota se hace cada vez más clara. Y es que los países votantes se pusieron de acuerdo -y por el abultado resultado eso es indiscutible- de sacar a Santiago en la primera vuelta y asegurar el triunfo de Lima. El mensaje estuvo claro: no se puede ganar sólo presentando la mejor sede, la mejor infraestructura y los mejores avances.

Tal como me lo dijo personalmente uno de los miembros de la ODEPA, a Chile le faltó tiempo para hacer fortalecer sus relaciones políticas. A sólo un año de haber presentado la candidatura, contra los cuatro de Lima -descontando la campaña anterior que perdió con Toronto para el 2015- no hubo viajes suficientes para estrechar la falta de lazos histórica del deporte chileno con sus pares panamericanos. La infausta herencia de las administraciones anteriores, tanto en el COCH como en Chiledeportes, hicieron un daño difícil de reparar, porque no hay que confundir el restablecimiento del respeto con cercanía y amistad. José Quiñones, presidente del Comité Olímpico peruano, lleva varios años invitando a otros timoneles a sus tierras, en viajes que a veces nada tuvieron que ver con la carrera por la sede. Es amigo de muchos de los votantes caribeños, los mismos a quienes nuestro Comité recién conoció este año. Y es sabido que ese bloque vota de esa manera: en bloque. La ronda final de Quiñones por cada mesa durante el almuerzo previo a la votación, con su dorada medalla al mérito deportivo al cuello, confiado y sonriente, hizo palpar una derrota que se materializaría apenas una hora después.

La aplastante victoria peruana también significó otro recado importante, esta vez hacia Mario Vázquez-Raña. El octogenario presidente de la ODEPA ha perdido respeto en el barrio, ya no lo quieren en el sillón que ha ocupado durante los últimos 38 años, y sus intimidantes intervenciones, como echar a los fotógrafos durante la votación o tratar de “par de monos” delante de toda la asamblea a dos de sus compatriotas mexicanos por incumplir una de sus improvisadas reglas, ya no asustan a nadie. Por el contrario, causan carcajadas más que escalofríos. El apoyo público de Vazquez-Raña a Santiago 2019 (“Estos son suyos” le dijo a Sebastián Piñera cuando estuvo en La Moneda hace unos meses) determinó de frentón un voto de castigo hacia su persona y su eternización en el poder. De hecho, los cuatro votos mexicanos fueron para Lima.

Santiago 2019 es historia, pero al menos se intentó. Y la tarea correcta ahora es considerar esta postulación fallida como parte de esa política de lobby absolutamente necesaria para ganar. Tal como lo hizo Lima. Con esta incursión Santiago ya está en el mapa,  y sacudido el impacto de perder en primera vuelta, se debe ahora capitalizar este primer paso. Realizar unos buenos Suramericanos el año viene, rendir ese examen y luego empezar a candidatearse de inmediato, esta vez, con el aval de tener en el mostrador un mega evento exitoso. Algo de lo que Santiago 2019 carecía. Hay cuatro años por delante para organizar seminarios, conferencias, invitar a los votantes, hacer la pega invisible que faltó en esta postulación. Una tarea que incluye también al público chileno, que debe responder en Santiago 2014 y llegar a los recintos, factor indiscutiblemente valioso. Nos estarán observando, eso es seguro.

Ese es el vaso medio lleno. Si lo quiere ver medio vacío, refiérase a los generales después de la guerra, a quienes hablaron de soberbia en vez de optimismo, a los que se dicen expertos en  códigos internacionales pero los confunden con ofrecimientos bajo la mesa y a quienes, con el oportunismo político infaltable, claman renuncias de puestos deportivos a los cuales jamás les han prestado un minuto de atención.

Por acá solo encontrará cálculo de cómo sacar provecho de una derrota dolorosa.

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