Alemania

No me importa qué grupo le toque a Chile. Si es el "ideal" o el "de la muerte". Francamente me da lo mismo.

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“No me importa qué grupo le toque a Chile” / Crédito: Agencia UNO

El deporte más practicado en Chile no es el fútbol, sino que imaginar o proyectar cómo le va a ir a nuestra selección en el Mundial. Este ejercicio de fantasía, en el cual somos expertos, comienza con la configuración de los grupos. Ahí, tras sesudos debates, se determina qué rivales son los deseables, cuáles no nos convienen y qué resultados tendrán estos partidos. No importa que todavía falten once países por clasificar al torneo, acá ya tenemos armado nuestro grupo ideal y el temido “grupo de la muerte” que queremos sortear a cualquier costo. La fase inicial del ejercicio no culmina ahí, pues tiene un agregado que indica qué llave es la que nos conviene en octavos, debemos evitar a Brasil, luego en cuartos y finalmente en semifinales. Esto ya está debidamente planificado.

 

El segundo segmento de nuestro deporte nacional es la configuración de la nómina. A ocho meses del campeonato ya tenemos 15 ó 16 “seguros”. Es decir, asientos comprados en el avión y camisetas con nombre en el plantel. Luego quedan siete u ocho cupos. Pero los “aspirantes” también se circunscriben a un grupo reducido y ya determinado. Luego hay largas sábanas, notas alusivas, foros en los medios y discusiones de café para configurar la nómina más de 200 días antes de que comience el Mundial.

La tercera parte es la “especulación de resultados”. Aquí se ven los gallos. No es llegar y tirar números al lote. Hay que fundamentar y saber moverse sobre el terreno. Entonces, si apostamos al “grupo ideal”: Bélgica, Bosnia y Costa Rica. Ya definimos que a Bosnia le hacemos tres (“dos de Alexis y el otro de Vargas” dice uno que sabe mucho), con Bélgica se empata uno a uno (partido cerrado, “el árbitro nos perjudicó”, escuchamos a un preclaro augurar) y se cierra la serie con un contundente 4-1 sobre Costa Rica (“será la tarde de Valdivia”, como ya está señalado). Luego el árbol de Brasil 2014 lo vamos escalando por las ramas de las ruedas finales (“veo un luchado 1-0 sobre Holanda, Alexis entra en la historia”) hasta situarnos en la copa, es decir la final.

La última parte de este deporte popular, irresistible y nacional, se refiere al objetivo. Aquí hay unanimidad. El objetivo es “ser campeón mundial”. No tenemos dos opiniones al respecto, aunque se generan ciertas discrepancias semánticas entre los expertos de nuestro deporte nacional. Algunos llaman a esta parte final “el objetivo” otros, más dogmáticos, lo denominan “la exigencia”. Muchos señalan, en esto la literatura al respecto coincide, que el cambio de mentalidad ha mutado desde el ganar “experiencia” a ganar “la Copa”. Lo que demostraría que somos otro país.

Lástima que no haya campeonato mundial de jugar el mundial antes de jugarlo. De seguro ya tendríamos el Penta, como Brasil. Somos potencia. Alguna vez Perú nos amagó, pero ya son polvo de la historia.

Yo reconozco que no tengo habilidad. Suelo quedar fuera en la primera fase. Un tronco. Me preguntan qué rival prefiero en la primera ronda y digo “Alemania”. Con eso ya quedé sin posibilidades. Lo noto en las miradas de escepticismo y censura de mis interlocutores. Algún “choaaaa”, me he ganado. Pucha, es que a mí me gusta el Mundial de verdad, con equipos de verdad. Ese que empieza cuando empieza y no un año antes. Y en ese Mundial de verdad no hay rival más lindo que Alemania. Ver al equipo chileno formando a las camisetas blancas imponentes de los alemanes, con toda esa energía y potencia que proyectan, con toda esa fuerza, esa sensación de favoritismo, con esa aura invencible, es un espectáculo impagable. Cuando se enfrenta a una selección como Alemania, uno de verdad se siente jugando el Mundial. Es un día para anotar en el calendario y, para bien o mal, se queda impregnado para siempre en la memoria.

Quiero jugar con Alemania porque al Mundial se va a eso, a enfrentar a los buenos, en el más noble y exigente de los terrenos, sin espacio para disculpas, sin seis cambios en el segundo tiempo, sin dosificar, sin explicaciones. Y es lindo porque es difícil, porque siempre nos han ganado, porque todavía nos duele el 4-1 en Gijón en 1982 y el balazo de Paul Breitner en 1974.

Es el partido más lindo que se puede jugar en un Mundial. Una liturgia con todas sus letras.

Continúo. No me importa qué grupo le tocará a Chile. Si es el “ideal” o el “de la muerte”. Francamente me da lo mismo. Al Mundial se va a jugar con quien te toque. Y si Brasil se te cruza en el camino nuevamente, mala suerte, alguna vez (como en Córdoba en 1987), les darás el batacazo y soñarás con ese partido toda tu vida.

Asimismo no tengo idea quiénes serán los nominados por Jorge Sampaoli para el Mundial. Falta demasiado para eso. En el medio hay lesiones, bajas de rendimientos, sorpresas, deserciones, azares y olvidos. En mayo próximo recién sabremos. Queda mucho paño que cortar. Inútil es calentarse los sesos y repartir camisetas. Decide Sampaoli y los demás vemos pasar el tren.

¿Y si queremos, debemos o el objetivo es ser campeón mundial? Hablar de eso es ganarse a la tribuna haciendo la fácil. Vamos a jugar, disfrutémoslo antes que todo. Se trata de la mayor fiesta del deporte mundial. No tiene comparación. Dejémonos de pelotudeces y exigencias para la gilada. Si se da algo bueno, felices todos. Si no se da, siga participando.

Yo al Mundial voy a ir a pasarlo bien, que otros se hagan la enredadera con especulaciones insensatas. Estuve en Bordeaux, Saint Ettiene, Tolouse, París, Nelspruit, Port Elizabeth, Pretoria, Johannesburgo, vi por televisión en directo lo que ocurrió en Berlín, Oviedo y Gijón. Ahora voy a acomodarme y disfrutar de los partidos. Y me voy a preocupar en el momento exacto en que comiencen. Amén.

Y ojalá nos toque Alemania.

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