A quiénes queremos

"El clásico del fin de semana pasado ratificó que la violencia y desordenes en los partidos de alta tensión están a la orden del día", dice la periodista.

Por Soledad Bacarreza

 

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Photosport

El clásico del fin de semana pasado ratificó que la violencia y desordenes en los partidos de alta tensión están a la orden del día. Que sobrevive a cualquier ley un grupo de tarados que empuercan el caviar por mera lesera. Pero más allá de la molestia de ver medio encuentro en vez de uno entero; de que se nos prive disfrutar de un partido crucial que pagamos para ver, ya sea por televisión o en el estadio, se ratifica que la cabeza de algunos de nuestros futbolistas funciona según los códigos de la conveniencia, y escasamente bajo los del espíritu deportivo, y que la violencia sigue siendo recurrente, minimizada e incluso justificada por este grupo de personas inmune a las lecciones. La suspensión del clásico trae a la discusión un hecho preocupante. Uno simple, y complejo al mismo tiempo: ¿Quiénes deben representarnos en el mundial de Fútbol?

Los mejores futbolistas, dirán el noventa y nueve por ciento de los aficionados. Los que rindan probadamente, los que mejor se entiendan con el compañero, los que estén con el mejor estado físico y que hayan brillado en sus respectivos equipos, ojalá europeos, España, Inglaterra. Los líderes, los que nos clasificaron, los que más ganan, los que llenan páginas en los medios locales y extranjeros. Los que acumulan más premios. En resumen, los mejores.

Sin embargo, hay quienes buscamos otra cosa en nuestra selección: garantías. Garantías de que a ninguno de nuestros “representantes” se le salga la cadena y nos deje como chaleco de mono en el escenario más visto del mundo. Quiero que quienes se vistan de Chile me aseguren que se van a portar bien en la cancha, que no van a golpear camillas con los puños –menos si adentro va un compañero de selección con un TEC- que no van a hablar sandeces de que el rollo es lo mismo que una serpentina de cumpleaños y que los rivales “arrancaron”, en circunstancias que su equipo hizo lo mismo en la situación inversa en la Sudamericana del 2011, tal como lo recordó Juan Cristóbal Guarello en este mismo espacio. Johnny Herrera se da el lujo incluso de justificar su rabia con dudosos conocimientos médicos acerca de cómo se produce un TEC, y demuestra una vez más que, de merecer la camiseta de la selección, será únicamente por su rendimiento deportivo. Y Aránguiz da por sentado que Meneses mentía con su lesión a la cabeza, sin un análisis médico ni nada que avale la acusación. El manejo de algunos potenciales seleccionados  frente al natural conflicto que nace dentro de una cancha de fútbol es peligroso y falto de garantías, y nos puede llevar al mismo despeñadero que nos sacó del concierto mundial durante casi diez años. Las autoridades de la FIFA podrán carecer de muchas cosas, pero si hay una que les sobra es la buena memoria. No les gustan los escándalos, las peleas, los insultos, la violencia ni las salidas de madre gratuitas. Y de eso, en el fútbol chileno hay demasiado. El clásico Universitario dejó a todos peleados, amenazados, castigados y con un solo ganador claro: el CDF, porque es mejor pagar el cable y quedarse en casa que salir arrancando a mitad de partido.
La pregunta es si quienes deben decidir acerca de la nomina que irá a Brasil considerará este aspecto, o sólo se basará en el rendimiento deportivo. Quienes anoten en el papel la lista de los convocados, deberán estar claros acerca de las consecuencias que puede tener un desmadre internacional. Porque Chile, por su historia, siempre estará en la mira. Todos lo están en un mundial. Y porque el tema es que entendemos por “los mejores” y quienes se merecen ser representantes dignos de tu país. Una definición que se manejará a discreción bajo cuatro paredes.

 

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