Álvaro Campos Q
@_Alvaro_7
Columna del movimiento Colo Colo de Todos
FB de Colo Colo de Todos
@ColoColodeTodos
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LA SEQUÍA
Pero qué pasó con ese hincha para el que el manantial de los triunfos, que emanaban a raudales, se cerró de pronto. Lo primero, se mantuvo fiel, y eso es simplemente loable. Al hincha que se queda cuando las cosas van mal hay que felicitarlo y admirarlo, y no hay ningún equipo que no tenga esos hinchas. Lo segundo, cuando el paso de los años comenzó a desnudar que las vacas flacas no eran pasajeras: buscó excusas para justificar los fracasos deportivos.
Llegó Pinochet. La dictadura, sangrienta y vergonzosa, quemó todo lo que la república había construido. Y en su brutal destrucción, tuvo como uno de sus principales víctimas a la Casa de Bello, cuna de la ilustración y el conocimiento, lo cual los milicos llamaban el cáncer marxista. Salvo la Universidad de Santiago, no hubo casa de estudios a la que le hicieran tanto daño. La violación de los uniformados a la vida intelectual está tan clara como bien documentada, y es un atentado del que Chile todavía no está ni cerca de recuperarse.
Pero aquí empieza lo interesante. El hincha azul comienza a creerse el cuento de que desde el Diego Portales los mandaron a perder, y que mandaron a Colo-Colo a ganar. En épocas de oscuridad y secretismo fue fácil echar a andar las teorías confabulatorias que hoy, mirando atrás, se caen a pedazos salvo para los que hicieron de la mentira su razón de ser.
Querían ser Racing por su espartana fidelidad, pero también querían ser Barcelona, abusados por el Franquismo del poderoso Real Madrid. Qué hubieran dado por un mártir como el presidente culé Josep Suñol, que murió fusilado, por verse bombardeados como los azulgranas y sin embargo de pie. Hicieron calzar la realidad a martillazos, pero todavía no cuadra. La pelota, la verdadera reina de todo este universo futbolero, es caprichosa, y nadie la manda: perseguidos y todo, la mayoría de las Copa del Generalísimo (hoy Copa del Rey) durante la dictadura de Franco se fueron para Cataluña.
A fuerza de repetir, han ido forjando el mito de que la Dictadura estuvo contra ellos y a favor de Colo-Colo, lo cual es imperdonablemente falso. Muchos de los hinchas que los azules se granjearon durante la Dictadura llegaron bajo la consigna de que los blancos eran el equipo del Tirano. Muchos siguen diciéndolo. Claro, el equipo del Tirano, por eso llevaron al doctor del Cacique, Álvaro Reyes, preso después del Golpe. Y por eso en el Estadio Nacional convertido en centro de detención se encontraba Hugo Lepe, jugador que incluso llegó a postular a la presidencia de Colo-Colo, y dos dirigentes albos: Ángel Custodio Arriagada y Guillermo Herrera.
No vale la pena ser majadero en el rol clave que jugó Colo-Colo ’73 durante los últimos días de la Unidad Popular, ni tampoco sobre la figura antipinochetista más importante que dio el fútbol chileno: Carlos Humberto Caszely. Menos conocido es el rol de otros colocolinos de la Selección convertidos en un núcleo antigubernamental, que hasta participaron en campañas en beneficio de los Inti-Illimani en el exilio (Véliz, Herrera, Rojas, Garrido, Ormeño). ¿Sabrá el desinformado hincha azul actual que los barristas de su equipo, cuando todavía era La Chile, invitaron a Carlos Caszely a inaugurar una biblioteca? En contraposición, el Partido Socialista rechazó la designación del azul Salah como director de Chiledeportes en un comunicado de prensa que se refiere a “su compromiso con la dictadura durante el período de las violaciones de los derechos humanos”.
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Pero no, para ellos la única verdad que vale es que desde las más altas esferas los hicieron perder, a la fuerza. Hay que limpiarles el parabrisas y hacerlos abrir los ojos, como un chuncho lo haría en medio de la noche. Ejemplos reales, feroces, de los milicos poniéndole la bota encima a un equipo por razones políticas las pueden encontrar en historias como la del Club de Deportes Iquique. Vayan. Averigüen. De pasada, léanse la historia de Arturo Fernández Vial (autodenominado “el Colo-Colo del sur”), y piénsenlo dos veces antes de comprarse tan barato el cuento de víctimas del poder.
Colo-Colo fue intervenido políticamente en 1976. El presidente democrático Héctor Gálvez, que se enfrentaría en elecciones a Manuel Moreno y Antonio Labán, apoyado públicamente por el colocolino Tucapel Jiménez, vio su mandato abortado, para que su lugar lo ocuparan un puñado de Chicago Boys que no hicieron más que tomar las deudas del club y reventarlas hasta hacerlo fundir y salir arrancando como ratas, solo para dar paso a una nueva intervención. En eso se la llevaban los uniformados, interviniendo universidades, sindicatos, equipos de fútbol y cuanto asomo de participación social pudieran agarrar. Con La Chile hicieron lo mismo, poniendo a cargo de sus destinos a dos personajes históricos y muy conocidos por el mundo azul: Rolando Molina (Robando Molina) y Ambrosio Rodríguez.
Aquí es donde hay que hacer la pausa. ¿A un equipo lo intervienen y es señal de que están en contra de él, y al otro equipo lo intervienen y es señal de que están a favor de él? El día que se den cuenta de sus contradictorias posturas podrán recién llamarse grandes. Es cierto que a Pinochet lo declararon presidente honorario de Colo-Colo (como a otros mandatarios antes y después que él), pero lo hicieron precisamente las autoridades que él puso ahí. Media gracia. Si fuera por eso, también habría que contar que Luis Santibáñez firmó por la E en el mismísimo palacio de La Moneda. “Para qué lo traen acá para firmar por la Chile sabiendo que yo soy wanderino” comentaría entonces Pinochet.
Yo diría que era del interés del poder ayudar a Colo-Colo. Sin duda. También a la E. Las razones son simples: les interesaba echar a andar la máquina del circo distractor, les interesaba todo lo que el deporte significa en la ideología milica, y les interesaba administrar exitosamente la industria del fútbol como prueba de las maravillas del libre mercado. El fútbol fue otro Sábado Gigante. Y, a decir verdad, todos los que siguieron sus vidas mientras otros chilenos morían son de cierta manera responsables de esa culpa. Todos los hinchas del fútbol, de todos los colores, tenemos que hacernos cargo de ese peso: que siga siendo tan fácil movernos, vendernos cosas, distraernos.
A Colo-Colo le repatriaron a Caszely y tiramos para arriba, principalmente porque ser ídolo era su profesión, y eso es algo que ningún hincha de La Chile discutiría. Pero La Chile no tiró para arriba, todo lo contrario. Más allá de alguna Copa Chile o algún tercer o segundo lugar en el campeonato, su camino fue cuesta abajo. Qué le vamos a hacer. La sociedad anónima Blanco y Negro es la prueba actual de que no por ponerle plata y ambición las cosas van a andar bien, sobre todo cuando hay inoperancia, estupidez y corrupción. Y cuando la redonda es tan, pero tan caprichosa.
A la Chile le trajeron a Quintano (el otro día una colega, vociferante hincha azul, indignantemente terca, no sabía quién era Alberto Quintano), le trajeron a Liminha, le trajeron al Bambino Vieira. Si la Asociación Central de Fútbol, ACF, le pasaba a los blancos 70 mil dólares para cubrir parte del pase de Figueroa, a los azules les pasaba la misma cantidad para repatriar a Miguel Ángel Gamboa. ¿Fue para perjudicarlos que nombraron de director de la Digeder al general Iván Dobud, ferviente hincha de La Chile? ¿Le contaron a los hinchas del siglo XXI que en 1981 a La Chile le pasaban por debajo una letra de garantía de la ACF cada semana?
La contabilidad a los préstamos de la ACF hablan de 248 millones para La Chile, 106 para Colo-Colo. Los que han investigado el tema sostienen que la única razón de la ventaja a los azules era el fanatismo de Molina, y que la principal razón para comenzar a prestar al resto de los clubes fue el temor a que denunciaran la forma descarada en que ayudaba a su club. He ahí la deuda histórica del fútbol chileno, de la que más del 50 por ciento fue por préstamos al equipo de los supuestamente perseguidos por el régimen. La querella contra Ambrosio Rodríguez llegó a estar documentada, con desvío de fondos de la organización del Mundial Juvenil hacia la Corfuch para el viaje a Buenos Aires a contratar a Claudio Crocco o a Arica a fundar una filial de la barra, pero constantes aprietes de la cara más violenta de la Dictadura hizo a los nuevos dirigentes de la ACF desistir de irse contra el protegido de los militares.
Para que sepan, mientras Pinocho ponía al abogado del ministerio del Interior como presidente de La Chile, el Cacique fue el club que más dura pelea dio contra el oficialismo en lo que era defender sus intereses, en un histórico tira y afloja contra el brigadier general Carlos Ojeda de la Digeder.
Con esto tampoco estoy diciendo que La Chile fueran los regalones del gobierno militar y Colo-Colo la bandera de la resistencia. No. El único punto que quiero manifestar es que es falaz inventar la caricatura de víctimas sólo porque la pelota se rehusó a entrar al arco, especialmente en una época de nuestro país donde las verdaderas víctimas se lamentaban de algo más que unos cuantos años sin que su equipo salga campeón o sea incapaz de hacer un estadio. Respetemos el dolor de los que sufrieron de verdad.
ESTADIOS
Hablemos de estadios, de una vez por todas. El Monumental no lo hizo Pinochet y eso es una verdad que cada chuncho que conozco ha probado saber, siempre reconociéndolo en privado. Es una verdad claramente establecida en el mundo del fútbol o, mejor dicho, una mentira claramente desmentida. No viene al caso contar ahora la historia, que data desde 1956, de la casa que tanto nos demoramos en armar, porque el hincha futbolero la conoce, más allá de que juegue a desconocerla cuando le conviene alimentar mitos. Pero el estadio de la E, esa es otra larga historia donde muchos quieren ver manos negras y pulgares abajo. Christopher Antúnez realizó una gran investigación, mucho mejor que su hiperventilada y mal redactada respuesta a la Carta a un hincha azul, que se llama Una Verdad Necesaria y habla sobre el estadio que levantarían en el Parque Araucano. Bien claro queda que hubo negocios y negociados que privaron al equipo de un lugar donde jugar, pero, al mismo tiempo, deja a todas luces desnuda la realidad de que esa pérdida no pasa en ningún momento por un macabro plan siniestro de una dictadura que, por motivaciones políticas, quisiera despojar a los azules del estadio con que soñaban. No fue así. Nunca fue así. El estadio mecano, por otra parte, es una historia mucho más fácil de explicar y, para los hinchas de otros clubes, también mucho más graciosa. Incluso más chistosa que la Gananga.
Mientras tanto, la ACF, con Molina a cargo, sirvió como aval para la ridiculez del estadio mecano que no terminó sino con $200 millones de deudas de la Inmobiliaria Andrés Bello. Hay más. Piensen en el entrenamiento azul en el estadio de la Contraloría y díganme si no se ve como un equipo oficialista.
Por si todavía no lo has visto: Columna de Colo Colo: El chuncho y el león, parte 1