Juntemos miedo

Castigos para la risa, con mano temblorosa, pidiendo casi perdón por tener que sancionar.

Por Soledad Bacarreza

 

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Yuraszeck saluda a los jugadores el martes en el CDA. Puras sonrisas / agencia uno

Por Soledad Bacarreza

Apareció José Yuraszeck en medio del entrenamiento de Universidad de Chile durante la semana de clásico. Tres minutos bastaron para marcar presencia, saludar al plantel, aparentar buen humor y que aquí no ha pasado nada. La sanción de entre seis meses y dos años que arriesga luego de los incidentes, y las cuestionadas reuniones con el árbitro -desmentidas y luego probadas- no se reflejan en el relajado caminar de Yuraszeck  por el pasto de la cancha. Hombre acostumbrado a sacar chispas en situaciones bastante más delicadas y polémicas que ésta, que lo denuncien ante el tribunal de honor de la ANFP debe realmente parecerle bastante inocuo.

Johnny Herrera, con dos fechas de castigo, ha sido incapaz de realizar un mea culpa acerca de las consecuencia del clásico universitario. Ni una disculpa con el compañero de selección –a quien le golpeó la camilla que lo transportaba- ni una sola reflexión por un comportamiento de dudosa moral y repetida ocurrencia. Dos fechas que parecen una lección de facto más que una medida correctiva.

Emilio Hernández, preocupado de incendiar el clásico en vez de bajarles el perfil a las provocaciones. Que va a  “celebrar con todo” los goles a Universidad de Chile, olvidando sus incursiones en la barra azul y los dos títulos que ganó con el plantel universitario. Subrayando que siempre fue hincha de Colo Colo… a 3 días del clásico, cuántos más saldrán a agitar la jaula.

El momento actual da para ponerle paños fríos al ambiente más que revolverlo. La actitud contraria demuestra nulo entendimiento de la gravedad de lo sucedido por parte de todos los involucrados, dirigentes, jugadores, fiscalizadores. Castigos para la risa, con mano temblorosa, pidiendo casi perdón por tener que sancionar. Dirigentes como Yuraszeck,  que entran y salen de donde quieren, que luego niegan sus propias acciones y que demuestran muy poca seriedad ante una actividad que no sólo es deporte, sino social, familiar y política, lo queramos o no. Estos personajes han transformado el fútbol en un negocio, y lo manejan como tal, haciendo lo que les convenga sin importar las reglas, renegociando unilateralmente las condiciones según las ganancias, entrando sin golpear donde sea, moviendo los hilos a la carta de una empresa que pagan muchos, pero que manejan como propias.

Así no habrá cómo controlar nunca la violencia en los estadios. Para eso se requiere de una correlación entre las actitudes dirigenciales y las de los futbolistas. Los primeros deben dar un ejemplo que está ausente desde hace un tiempo obscenamente largo. Apegarse a las reglas, mostrarse ofuscados con sus empleados ante una falta, no justificarlos. Mantener una misma postura, no cambiar de opinión acerca de lo bueno y lo malo en actitudes deportivas según conveniencia económica. Así, por este camino, lo único que queda es juntar miedo, no sólo por el clásico del domingo. Juntar miedo por el rumbo incontrolable del fútbol, por la seguridad en los estadios imposible de alcanzar, por un mundial que viene y del cual ya se estarán varios frotándose las manos. Juntar miedo por cualquier desmadre que pueda venir, porque si los propios dirigentes no son capaces de contenerse, de no acusarse por los medios, de no mentir, qué se puede esperar de quienes deben recibir sus órdenes.

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