Columna de Guarello: Una mala disculpa

Marco Antonio Figueroa se quedó sin margen para alegar algún tipo de conspiración o maniobra en su contra o del equipo.

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Se quedó sin margen / Crédito: Agencia UNO

Lo advirtió Mariano Puyol escuchando las declaraciones de Marco Antonio Figueroa el martes pasado. Ahí el entrenador de la U puso énfasis en que el domingo, si uno de sus jugadores era alcanzado por un proyectil, iba a ser reemplazado y bajo ninguna circunstancia el equipo abandonaría la cancha. El palo era para Universidad Católica, obviamente.

Pero Mariano, con un largo recorrido en la cancha con la camiseta azul y bastante kilometraje al borde como entrenador de inferiores, advirtió un hecho crucial: “Lo vi desenfocado. Todavía no se sacaban el trauma y el dolor del partido con Católica, pero el rival era Colo Colo. Estaban mirando para atrás, no para adelante. Algo andaba mal. Lo que correspondía era dar vuelta la página y apuntar al próximo rival. Estaba haciendo todo lo contrario”.

Dos semanas llevaba Marco Antonio Figueroa alegando sobre los sucesos del clásico universitario. Majaderamente apuntaba que Católica se escapó de la cancha ganando 1-0, privando a sus dirigidos de dar vuelta el partido. Algo que el técnico azul daba por seguro. Según sus palabras, prácticamente le habían quitado el título del bolsillo. De pasada, señaló que a O’Higgins le habían regalado tres puntos por secretaría contra Santiago Wanderers. No le bastaba con el puntero, también se despachó con el segundo.

El tema parecía gastado pero el Fantasma lo levantó una y otra vez. Incluso dobló la apuesta asegurando que Católica no será campeón y que la U todavía tenía una opción importante de meterse en la pelea.

¿Para qué la persistencia? La respuesta es previsible: Figueroa estaba embarrando la cancha y predisponiendo a los hinchas de Universidad de Chile por si le iba mal.

Es decir, instalar en el ideario colectivo que la U es el campeón moral, legítimo y su trabajo se vio menoscabado por oscuras maniobras de dirigentes y árbitros.

Pero todo este alegato murió el domingo en el Monumental.

No por la derrota, que es una circunstancia del fútbol. El resultado depende de muchos factores y no siempre gana el que merece.

El problema para Figueroa y la U es la forma en que perdió.

Vimos un equipo mal parado, con pocas ideas para atacar, sin demasiada capacidad de reacción y que reiteraba errores defensivos. Resultó llamativa la baja actuación de buenos jugadores como Charles Aránguiz, Juan Rodrigo Rojas o Isaac Díaz.

También la persistencia de jugar sin volante de marca, dejando que Emiliano Vecchio hiciera y deshiciera. Fue el mejor partido de Vecchio desde que llegó a Colo Colo. Y cuando entró Martínez, el argentino siguió siendo factor. ¿Se había trabajado en eso?

Fue una U inconsistente, con escasa profundidad, que no fue capaz de dominar incluso cuando se lesionaron Sebastián Toro y Justo Villar. En defensa, el cuadro azul fue desbordado, dejó espacios y permitió que los delanteros albos quedaran mano a mano con Luis Marín. Un equipo resignado, sin reacción, muy blando.

En definitiva, Universidad de Chile no jugó con la estatura de un campeón. Fue sobrepasada de manera clara por un rival precario, al límite y cuyo plantel ni le hace sombra al azul. Colo Colo venía de ser goleado por la Universidad de Concepción por si se olvida.

¿Dónde estuvo la intensidad que siempre pregona el técnico? ¿Dónde el pressing que ahoga? ¿Dónde el dominio constante? Pocas veces la cancha desmintió de manera tan rotunda el discurso.

Después de esto, Marco Antonio Figueroa se quedó sin margen para alegar algún tipo de conspiración o maniobra en su contra o del equipo. Quedó claro que la U no tuvo rendimiento colectivo, individual, ni respuesta de la banca y ni la actitud de campeón.

El mito del título robado por secretaría o el campeón moral quedó varado como una ballena muerta en la playa. Nadie lo puede resucitar.

Apuntar a factores externos suena, a esta altura, como una mala excusa para tapar la ineptitud.

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