Columna de Guarello: Subiendo

Si Chile repite lo de Wembley... Comiencen a juntar miedo. Este equipo está para algo histórico. Amén.

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“Carmona entró para raspar y guardar espaldas, no desentonó”. Crédito: Photosport

Por Juan Cristóbal Guarello

Lo dijo Jorge Sampaoli el jueves: el Mundial empieza mañana. El entrenador de la Selección apuntaba al amistoso con Inglaterra como el punto de partida del trabajo hacia Brasil 2014. Este partido en Wembley, faltando ocho meses para el torneo, le iba a dar a Chile el tono exacto sobre el nivel de su fútbol. Y sobre eso construir, corregir y orientar.

Lo que nos dio el duelo fue mucho más de lo esperado. No porque Chile ganara, el resultado a veces es una anécdota o producto de un accidente, sino por el rendimiento del equipo sobre la cancha.

Se ganó 2-0 como en 1998. Pero esta vez quedó una sensación de una solidez, de una fuerza, de una calidad que superó a lo hecho por el equipo de Acosta hace más de 15 años. Lo de entonces fue extraordinario y sorpresivo. Por algo está marcado en los calendarios del fútbol chileno como una efeméride importante. Pero lo del viernes te proyecta más allá, te señala un punto de rendimiento que puede ser inédito en el fútbol chileno. Podemos estar a las puertas de algo fundacional, el salto de calidad del cual todo el balompié nacional (hinchas, jugadores, entrenadores) ha soñado siempre: pasar de ser un competidor esporádico, con altas y bajas, a un protagonista habitual.

Lo insinuó la selección de 1962 y cuatro años más tarde se había desandado todo el camino. En 1974 había equipo de sobra para buscar algo importante, pero distintas circunstancias (deportivas, políticas e históricas) hicieron que el elenco dirigido por Luis Álamos apenas insinuara su real potencialidad. En 1982 se hizo todo mal luego de hacerse todo bien para las eliminatorias. En palabras piadosas, se equivocó el foco hacia factores externos (el fútbol de pasillo, la avivada, la polémica estéril).

En 1989 había un cuadro extraordinario, pero nos tocó Brasil en las eliminatorias y luego se creyó que jugando a la guerra y la trampa lograrían lo que en el césped no se pudo conquistar. Un desperdicio. Otra generación sobresaliente malograda. Luego los Mundiales de 1998 y 2010. En el primero pudo ser más, pero eran dos solistas de primer nivel mundial (Sa-Za) acompañados de esforzados obreros y buenos jugadores. Sin reproches, aunque el 4-1 de Brasil fue demasiado contundente. A Marcelo Bielsa le pasó algo similar, le ganó a quien debió (Honduras y Suiza), pero cuando le subieron el listón (España y Brasil), no hubo cómo superarlo. Tal vez el equipo estaba muy verde.

Pero volvamos a Wembley y al presente. El once dirigido por Jorge Sampaoli superó a Inglaterra en todos los aspectos: cuando hubo que correr, no se fue en zaga; en los mano a mano no hubo diferencia entre un jugador inglés y uno chileno; en el juego aéreo fue el equipo rojo el que ganó en las dos áreas (¡a la selección inglesa!)…

Chile fue más aplicado, más metedor, más rápido en las transiciones, más duro en los choques y con mentalidad de acero. No quedaba claro sobre la alfombra de Wembley quién había inventado el fútbol y quién era el local.

La actuación no se agota en lo colectivo. No podemos hablar del equipo chileno como una entidad única, sin reparar en las individualidades. El fútbol, al final, es la sumatoria de las individualidades. Y ahí lo de Chile fue paliza.

Claudio Bravo sacó aplausos por su solidez y su precisión en los saques con los pies; Mauricio Isla demostró porqué juega en Juventus; Gary Medel se merendó con zapatos al que se le cruzara, todavía está digiriendo a Wayne Rooney; Marcos González demostró que maneja el puesto a la perfección; Eugenio Mena fue pistón que subió y bajó sin detenerse; Charles Aránguiz administró la pelota con gran inteligencia; Marcelo Díaz estuvo en todas, quitando, haciendo coberturas, habilitando; Jean Beausejour hizo un tándem magnífico con Mena; Carlos Carmona entró para raspar y guardar espaldas, no desentonó; lo mismo Felipe Gutiérrez, no se fue en zaga ante la importancia del partido; Gonzalo Jara entró por Isla y nunca fue superado por un atacante inglés; José Pedro Fuenzalida también anduvo alto, incluso dio el pase para el segundo gol…

No anduvo mal Matías Fernández. Haciendo de obrero, con el overol, tapando los volantes rivales. Quedó al debe en la habilitación, pero no le hizo el quite al trabajo. Lo de Eduardo Vargas fue más opaco. No pudo lucir en la Catedral. Lo mismo Carlitos Muñoz, entró un rato y tuvo muy poco juego.

¿Y Alexis Sánchez? Demasiado bueno. Se plantó en Wembley como en una cancha de tierra de Tocopilla. Sin complejos, como si no le importara. Quedamos atónitos con la manera en que definió el segundo gol, con desparpajo y tranquilidad deslumbrantes, demostrando que todavía no ha alcanzado su techo de rendimiento. Da la sensación de que siempre puede evolucionar, ser mejor futbolista. Alexis se dio el lujo de repetir lo de Marcelo Salas. Algo que parecía imposible, incluso blasfemo.

Ya, cuidado con la resaca luego de embriagarse. No me quiero pasar de rosca y quedar rodado como perno viejo. Queda mucho camino, demasiado, y hoy Chile juega con Brasil con todos los titulares. Dos peldaños arriba de Inglaterra y que nos viene ganando seguido y por paliza (excluyo el amistoso en Belo Horizonte porque no estaban los seleccionados europeos de ambos países). No hay rival más exigente. Ni España, ni Alemania.

Si Chile repite lo de Wembley… Comiencen a juntar miedo. Este equipo está para algo histórico. Amén.

 

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