No es un adiós

Para los que siempre consideramos que Massú fue un ejemplo de garra va esta columna.

Por Soledad Bacarreza

 

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Massú las tiene todas, éxito, talento, fama, facha, educación y simpatía.

Por Soledad Bacarreza

Se retiró oficialmente Nicolás Massú, con bombos y platillos. Como era de esperarse viniendo de él, un tipo distinto, sin miedos  de ningún origen. Ni al rival de turno, al partido histórico, ni a estar por horas liquidando pacientemente al oponente. Massú pasaba de las dos horas de partido y probablemente ganaba, de puro porfiado, de volver loco a cualquiera. Como Apolo Reed, cuando no podía creer que Rocky siguiera aguantando sus golpes, una película que por cierto  figura entre las favoritas de Nicolás junto con su banda sonora.

Allá estarán rumiando los que clamaban con ningún respeto que se retirara con dignidad, los que, creyéndose influyentes de la vitrina ficticia de las famosas redes sociales, escribían que colgara la raqueta, que para qué seguía, intentando comandar una vida y una carrera que no les pertenece y que miraron siempre de lejos, inalcanzable. Porque hay una gran masa, y eso es innegable, que no sabe y no entiende el peso de ser campeón olímpico. En otras latitudes los tratan como reyes, como dioses, son intocables. Las dos medallas de oro de Massú, tal como lo dijo Novak Djokovic, son parte de la historia del tenis mundial, al ser el único que lo ha logrado, y en los mismos Juegos Olímpicos. El serbio agregó que es muy difícil que alguien lo vuelva a hacer, recordándonos que el respeto que se siente por Nicolás en el extranjero, en el tenis mundial, está a años luz del que sienten buena parte de los chilenos.

Para los que siempre consideramos que Massú fue un ejemplo de garra va esta columna. Para los que saben que el apodo “vampiro” no fue por el carrete, sino que lo arrastra desde niño. Para los que entienden que nadie puede ganar dos medallas de oro olímpicas cuidándose un fin de semana y entrenando dos meses antes, que eso se logra con disciplina, constancia y temporada tras temporada de dedicación. Que un carrete en una discoteca de turno, entrando a los veinte, es incluso sano para un cabro que ve cómo se está perdiendo toda la diversión por entrenar desde las 7 am todos los días, dos veces al día. Que Massú, González, Ríos, Nadal, Djokovic y todo el resto que dejó su firma en el circuito se perdieron cumpleaños, pascuas, años nuevos, familia, amigos, tiempo juntos, y sumaron agotamiento, lesiones, frustraciones y soledades,  mientras nosotros dormíamos plácidamente pensando en el descanso de un fin de semana que ellos pasaron siempre trabajando.

Esta columna es para los que siempre tuvieron los ojos bien abiertos y para los que respetan. No sólo una distinguida carrera, sino las decisiones personales. Massú, y ya lo dije en este mismo espacio antes del anuncio de su retiro, tenía el derecho de jugar tenis profesional hasta cuando quisiera, no hasta cuando un grupo de extraños a su vida decidiera que ya no va más. Para los que entienden que no es casualidad que vengan los dos mejores tenistas del mundo a despedirlo y para los que sienten que Nicolás es un personaje de la historia deportiva de este país. Para los que desean que siga en el mapa, apareciendo, aportando, adornando. Desde todos los ángulos: deportivo, como capitán de la Copa Davis, como promotor de las nuevas generaciones de tenistas -le alcanza al menos para tres- como personaje público que engalana páginas sociales, como modelo de ropa italiana. Massú las tiene todas, éxito, talento, fama, facha, educación y simpatía. Y ningún miedo, menos al qué dirán. Y de eso sí que nos hace falta aprender.

Adiós al Nicolás tenista profesional, bienvenido al capitán y a este  personaje que nos ha entregado de todo. Sólo que ahora seguramente lo seguirá haciendo menos cansado que cuando entrenaba el día entero.

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