Columna de Colo Colo: Terminando

Llegado el momento, al menos que sea una buena despedida. Yo no me querría despedir nunca, no me gustan los adioses. Será, como todos los procesos de cambio, para mejor. Se supone.

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Por Alvaro Campos Q
@_Alvaro_7
Columna del movimiento Colo Colo de Todos
FB de Colo Colo de Todos
@ColoColodeTodos

Habría que hablar del aguante, y de que nunca se debe dejar de ir al frente con todo, porque esto es Colo-Colo y cada partido se debe vivir como una final.

Siendo defensor de los torneos largos, es bueno recordar que están regados de esto: de fines de campeonato que para muchos equipos consiste en esperar que termine un cuento que hace rato los dejó de espectadores, en segundo plano.

Tengo miedo a que haya pasado algo sin que lo notemos bien: no hay indignación en el hincha. Entiendo por qué, el gusto que deja en la boca el equipo de Tapia y Riffo es bueno. Alguna vez coqueteamos con la idea del descenso y teníamos un desastre desparramado por la cancha. Entonces, como el equipo repuntó claramente, no hay rabia sino tranquilidad. Una tranquilidad rara para hinchas que están acostumbrados a dejar la patá si quedan terceros o quintos.

Tampoco tenemos la misma esperanza que había, digamos, con Labruna después de quedar afuera en semis. Y no es que con Labruna estuviéramos mejor, más bien que ya nos volvimos descreídos, desconfiados. Hemos ido perdiendo cierta especie de inocencia. De lo contrario, estaríamos sobándonos las manos pensando en el torneo del próximo año, para el que nos veríamos como candidatos fijos. No es para menos: el último tranco del campeonato se avizoraba como un callejón oscuro, con los punteros y los clásicos. Podíamos salir trasquilados y apaleados. Pero no solo ganamos la mayoría de los lances, si no que el funcionamiento colectivo tuvo mejoras evidentes. Pero no son tiempos de ilusión. A lo más, de calma. Ya veremos quién llega, quién se va, cómo nos va en el debut, etc.

El fin de semana al Monumental va a llegar el equipo de Ñublense, y va a llegar un puñado de millares de colocolinos a apoyar a los blancos. No van a ir precisamente por las ofertas de la sociedad anónima, tramposas como siempre y discriminatorias contra los socios. Van a ir a estar. Estar ahí.

Al ir al estadio, uno deja tras sí una nube de comentarios y juicios de quienes no entienden la pasión, que opinan que uno va a ver algo que no significa nada. Estamos acostumbrados a eso. Pero partidos como el del domingo realmente no significan nada incluso dentro del planeta fútbol en el que respiramos.

No es lo mismo que perder, es algo distinto, es que ganar o perder dé igual, porque el partido es un mero trámite. Podríamos ganar por goleada o perder 1-0 con un penal que no fue. El pitazo final, sea como sea, solo va a significar que por fin podamos cerrar el capítulo final de este funesto 2013.

Entre aquel punto y este, 90 minutos de fútbol. Estamos entregados, qué pena sentir que lo que uno hace no tiene sentido. O sea, nunca lo tuvo, pero ahora se hace más evidente. Ir, meter, volver, abrir, cerrar, anticipar, decidir. Para qué. La nada empujando la angustia del sinsentido.

Alguna vez contra Ñublense se sentenció que Sanhueza estaba atornillando para el otro lado. Alguna vez, antes, los rojos se juramentaron ganarnos en honor a un difunto. Esa misma vez, el árbitro Victor Ojeda nos saqueó descaradamente porque tenía un tinglado con otros árbitros para ganarse la Polla Gol. Más recientemente, Miralles les hizo 3 goles a los de Chillán, marcando el vértice de una campaña que pasó del casi seguro despido de Tocalli a una vuelta olímpica de revancha y jerarquía, a pura camiseta.

Nadie recordará lo que pase el domingo. Salvo que pase algo espectacular, pero incluso entonces muchos podrían argüir que a la larga, y como todos los partidos, terminará el olvido por tragárselo también.

No saldremos a morir por el Colo. No nos vamos a morir. Cada uno va a cumplir su función, lo mejor posible. Después, los jugadores van a dar entrevistas a los medios, antes de subirse a sus autos y partir a sus casas por las mismas calles que todo el resto de los asistentes ocupará para llegar a las vidas que dejaron suspendidas por 2 horas. El estadio va a quedar vacío, y en algún momento, imperceptible casi, las luces de nuestro estadio se van a apagar.

Llegado el momento, al menos que sea una buena despedida. Yo no me querría despedir nunca, no me gustan los adioses. Será, como todos los procesos de cambio, para mejor. Se supone. No sé. No sé nada.

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