Deporte y política

"Es un tema sensible este del deporte. Porque es una actividad que se supone sana", dice la periodista.

Por Soledad Bacarreza

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La ministra de deportes de Venezuela, Alejandra Benítez, es odontóloga, política y esgrimista olímpica. Un deporte que el 2012 le trajo enormes réditos a su país con la medalla de oro en espada que ganó Rubén Limardo en Londres. La escogió el presidente Nicolás Maduro precisamente por la popularidad que incrementó en ese deporte el triunfazo de Limardo, y porque Alejandra, con sus múltiples títulos y su estampa física, la que no ha dudado en mostrar generosamente en revistas y diarios, es una de las deportistas más conocidas de su país. Siempre fue una opinante activa. Durante su estadía en el ministerio –donde ya cumplió un año y medio- ha visitado todas las regiones de su país para enterarse de los problemas locales del deporte y los atletas están cuadrados con ella en cuanto al apoyo de su gestión. Tampoco le ha temblado la mano a la hora de denunciar corrupción por parte de Perú en la elección de la sede panamericana del 2019 y de los problemas de flujo negro de dineros en su propio país, y a través de su propio ministerio. Sin embargo, su última valentía la tiene en la mira: sin filtro denunció un fraude por 66 millones de dólares que supuestamente fueron a dar a un solo piloto de autos durante un periodo de 18 meses como aportes para desarrollar su carrera. 5 detenidos por el caso, ninguno relacionado con deportistas o deporte. Es decir, lavado de platas negras, fraude, corrupción, robo. Hacerlo público, coinciden los deportistas, fue un acto de valentía de la ministra.

Pero resulta que a quien más le molestó el tema fue al presidente Maduro, y no por la estafa o la falsificación de la firma de Alejandra en documentos oficiales, sino porque se supiera y saliera a la luz pública que en Venezuela hay corrupción. La propia ministra que el escogió le provocó un problema al gobierno, y ahora su arrojo la tiene con un pie fuera del puesto, ya que la esgrimista hizo caso omiso de la prohibición de hablar del tema que recibió del gobierno y siguió sacando trapos que los jefes nunca hubieran querido poner al sol.

Es un tema sensible este del deporte. Porque es una actividad que se supone sana, transparente, y que cuando es utilizada como corredor para la corrupción, golpea a la opinión pública mucho más. Una instancia de la que se sirven los mandatarios y autoridades de cualquier tendencia política, porque es transversal. El de derecha, izquierda, centro, comunista o radical, si les gusta el deporte, se van a alegrar por igual ante un triunfo y se van a poner para la foto sin preguntarle al campeón de qué tendencia es. Pero cuando es foco de problemas, aporrea al gobierno de turno. La situación por la que atraviesa por estos días Alejandra Benítez debiera ser bibliografía obligatoria para el próximo ministro de deportes de Chile. Es un ejemplo cristalino de que el puesto, lo mismo que todo el resto de las carteras, se define por lo que un gobierno requiere y delimita. Un paradigma de que los ministerios están al servicio de propósitos que van más allá de las meras tareas de cada sector. Hay una arista política que es intocable, que los ministros no definen y a la cual le deben devoción. Alejandra rompió esa regla, reveló problemas que el gobierno hubiera querido mantener ocultos y sacudió la jaula de políticos que ya no la ven como la embajadora estrella que –suponían- estaban poniendo en puesto vistoso y controlable. El apoyo de sus colegas deportistas no será suficiente para mantenerla de ministra, porque lo único que valdrá acá será la evaluación oficialista de si sacarla ahora no les costará más caro aún por lo evidente de la molestia. Por eso la propia Alejandra, a modo de escudo, se ha apurado en declarar que todas las metas del deporte se cumplieron durante el 2013, poniendo números impresionantes sobre la mesa -1500 medallas internacionales y 36 títulos mundiales- y omitiendo cuidadosamente el haber perdido la sede de los Panamericanos 2019 frente a Lima y ser la última entre cuatro ciudades candidatas. Sólo los balances de fin de año, y los cálculos políticos a dos meses ya del escándalo decidirán su continuidad o salida.

El próximo ministro de deportes de Chile debiera tener en cuenta este y otros episodios parecidos –Brasil las ha pasado todas- para el desarrollo de su gestión. Que será, nos guste o no, gestión de base absolutamente política.

 

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