Faraónico

Alguien le está metiendo la mano al bolsillo de alguien. Y, como bien entienden en el país de la samba, son pocas manos las que están hurgando en, al menos, 200 millones de bolsillos.

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Los brasileños reclaman en las calles. Incluso Pelé salió a pedir que continúen con las protestas tras el Mundial. / afp

Por Juan Cristóbal Guarello

El país más futbolizado del planeta, Brasil, ha sido el que mayor oposición interna ha generado a la realización de un Mundial. Lo visto en la Copa de las Confederaciones, multitudinarias marchas que tuvieron al evento en jaque, son sólo el aperitivo de un problema que se avecina complejo y del que no se sabe cómo va a terminar. Los brasileños están indignados, no por el fútbol, que forma parte de su cultura, no por el Mundial en sí, el cual han ganado cinco veces y piensan ganar 20 veces más si se les place, sino que por el despilfarro, la desvergüenza y el descaro con que se ha llevado a cabo la organización del torneo que comienza el 12 de junio.

La remodelación de Maracaná, por ejemplo, se trepa sobre los 500 millones de dólares, cuando el costo inicial era menos de la mitad. Alguien le está metiendo la mano al bolsillo de alguien. Y, como bien entienden en el país de la samba, son pocas manos las que están hurgando en, al menos, 200 millones de bolsillos.

Las últimas noticias señalan al menos a 65 obreros haitianos trabajando en condiciones miserables para la construcción del muy atrasado Arena da Baixadas en Curitiba. Las denuncias revelan el sistema que se ha instalado en Brasil para llevar adelante la ejecución de las obras: miles de pequeñas empresas subcontratistas que asumen compromisos que son incapaces de cumplir por la pobre especialización y la nula experiencia en sus rubros. Es tanto el dinero que hay flotando (ningún estadio baja de los 130 millones de dólares en construcción o remodelación) que la tentación está a la mano: se arma un tinglado y se saca adelante como sea. La vieja y querida cundidora. De esta manera (y de la noche a la mañana), un grupo de hábiles y oportunistas ha hecho fortunas aprovechando la laxitud de la leyes y la compulsión de las autoridades brasileñas por sacar el Mundial adelante de cualquier manera y con la FIFA presionando por los plazos. Adivinó, paga Moya.

Hace un par de meses se contabilizaban tres obreros muertos en la construcción del Arena Amazonia de Manaus. Dos por accidentes y un tercero por infarto debido al calor infernal con que trabajan algunos turnos. En noviembre otros tres obreros habían muerto en el Arena Corinthians de Sao Paulo luego de la caída de una grúa.

Son hechos que van acumulando herrumbre entre los brasileños. La pregunta es previsible ¿Cuánto dinero estamos gastando? ¿Cuántas vidas debemos sacrificar para construir estadios? Algunos en ciudades donde el fútbol es semiprofesional y en el futuro se convertirán en escenarios de lujo para partidos de barrio o entre pueblos vecinos. El ejemplo está a la mano: el estadio Mbombela de Nelspruit en Sudáfrica. 43.589 butacas sin utilidad alguna luego de los cuatro partidos que se realizaron en el Mundial 2010 y un par de encuentros de la Copa Africana el año pasado. No pocos han sugerido que es más económico derribarlo que mantenerlo en pie.
Por el momento los números asustan: la construcción de los 12 estadios trepa hasta los 3.712 millones de dólares (8.900.000 reales) según publicó la semana pasada el diario O Estado de Sao Paulo. En el cuaderno de cargos entregado a la FIFA el 2007, la cifra inicial era de 1.100 millones de dólares ¿Cómo hizo este presupuesto para subir un 350%? No tiene explicación. La única plausible es que mucho dinero quedó en el camino en manos equivocadas. El escándalo en Brasil ha sido tal, que la presidenta Dilma Rousseff debió citar una reunión de gabinete urgente, e inútil si se me permite, para tratar el tema de los costos y despilfarros en la organización de la Copa 2014.

Menos pacientes, algunos sectores en Brasil retomaron las movilizaciones. Hace un par de semanas hubo un herido a bala y 143 detenidos en Sao Paulo en una gran marcha de protesta en contra de los costos inflados y escandalosos del Mundial.

Con el transcurso de los meses, a medida que se acerque el partido inaugural, de seguro la presión social irá en aumento. El gobierno de Rousseff puede quedar en un callejón sin salida si las marchas toman impulso y terminan copando las calles en plena realización del campeonato. Podría darse una paradoja con visos sangrientos: fútbol en los estadios y manifestaciones violentas en las calles.

El gobierno de Brasil no quiere un nuevo Tlatelolco (nadie lo quiere), pero el pueblo de Brasil no quiere una versión remozada y vanguardista del Mundial Argentina 78, donde la dictadura gastó más del mil millones de dólares de la época en la realización de la Copa. Demás está señalar que gran parte de ese dinero fue directamente a ciertos bolsillos.

Me parece que este modelo de organizar mundiales, tan querido por Joseph Blatter, está tocando fondo. Un campeonato de fútbol no justifica saquear las arcas de un país. Ya la elección de Rusia como sede el 2018 genera críticas y dudas, pero lo de Qatar el 2022 es francamente ridículo. No tiene defensa. Para empezar, se cuentan en decenas los obreros inmigrantes muertos en las construcción de estadios que quedaran sin utilidad al día siguiente de terminada la Copa. Si en Brasil, donde el fútbol es una religión, ya se dieron cuenta, en poco tiempo el tema será consenso a nivel mundial: o la FIFA cambia la manera de organizar la Copa del Mundo o todo terminará muy mal… En serio.

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