La traición de Johnny Herrera

"No, los cabros no tienen pasión, son una manga de frescos de raja", dice el director de la Revista El Gráfico.

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Por Juan Cristóbal Guarello

El último enfrentamiento de Jonnhy Herrera con un sector de los hinchas de Universidad de Chile nos obliga, una vez más, a plantearnos algunas preguntas sobre la real naturaleza de esa actividad llamada fútbol profesional y los reales objetivos que persiguen.

En términos simples ¿Para qué hacemos esto?

Desde hace dos décadas, con mayor o menor intensidad, pero de manera inevitable, el protagonismo del público, los de afuera, ha ido distorsionando paulatinamente lo que ocurre en la cancha, lo de adentro. Llegando a tal nivel de confusión que hoy no pocos atribuyen más importancia al entorno que al espectáculo en sí. Es decir, el fútbol profesional, contrario de todo el resto de los deportes, antepone al espectador por sobre el jugador. Pero no cualquier espectador, sino uno ruidoso, desafiante y violento. Entonces, vaya la paradoja, sería posible un fútbol sin jugadores pero con público. Y aquí agregó una línea más que ilustre el asunto: sin jugadores pero con barras. Ergo: las barras son lo más importante de un club.

La idea, así planteada en frío, parece absurda, una caricatura. Pero, cuidado, que esa caricatura ha ganado espacios y se ha instalado en el discurso habitual, consciente o inconscientemente de los protagonistas: dirigentes, entrenadores y futbolistas. Llegando a resignar la calidad del juego (no contratar a tal futbolista identificado con el rival), el planteo en la cancha (armar el equipo para mantener tranquila a la barra) o dar mérito del rendimiento por alguna relación poco fundamentada con las maniobras que hace un sector del público (ganamos gracias al aliento, sin la barra no ganamos). La lista de frases construidas indelebles pero muy poco razonadas y con menos sustento en bastante larga y se ha impregnado en el relato habitual del fútbol, constituyéndose a la larga en una verdad, un hecho de la causa, que no se cuestiona. En sentido común al fin y al cabo.

No es necesario rascar demasiado la pintura para que la verdadera naturaleza salga a la vista (aunque muchos no quieran ver). El ejemplo del Herrera y parte de la hinchada (recalco parte y es un dato fundamental), lo reafirma. Nadie puede cuestionar la lealtad del arquero con Universidad de Chile. Como tampoco su rendimiento deportivo. Por algo se le sindica como uno de los mejores en su puesto, peleando mano a mano con Sergio Vargas y Manuel Astorga, de la historia del club.  Basta con ir al archivo de imágenes para comprobarlo. Listo, ni siquiera caigo en la tentación de poner un ejemplo.

Johnny Herrera ha sido un gran arquero de Universidad de Chile. Todo en orden… hasta el día que se le ocurrió cuestionar la conducta absurda, peligrosa y contraproducente de un grupo de hinchas. Entonces, dejando de lado todo la carrera y los títulos del jugador, es tratado como traidor por la hinchada, en este caso Los de Abajo. Atención con el detalle porque es relevante. Quienes rayaron los insultos en contra de Herrera en el CDA lo acusan de traicionar a la barra, no al club. Y como hoy se subentiende que la barra está por sobre el club, sobre el fútbol, sobre los jugadores y sobre lo que ocurre en la cancha, el arquero acaba de incurrir en el peor de los pecados.

Sigan poniendo atención porque el tema es más interesante y revelador de lo que parece. Siguiendo la lógica anterior, la que ya se estableció con “sentido común” en el fútbol, si Johnny Herrera no hubiera tratado de estúpido al que prendió la bengala contra Defensor pero se hubiera comido tres goles, estaría todo bien. Es decir, mientras mantenga un sometimiento a un grupo específico de individuos que se dicen “hinchas” de Universidad de Chile, importa poco el rendimiento deportivo. Doy un paso más: al final de cuentas, los jugadores estarían para complacer las apetencias de estas personas (a través de bengalas, bombos y bombas de estruendo), no para atajar, correr o meter goles.

Sí, claro, absurdo, impresentable. Pero así funciona. No podemos seguir escondiendo la cabeza o minimizando las cosas con frases hechas tipo: “Es que los cabros tienen pasión, hay que entenderlos”.

No, los cabros no tienen pasión, son una manga de frescos de raja. Las barras bravas tienen una estructura piramidal que se construye sobre la violencia y el chantaje. Para llegar a ser jefe el único instrumento son los golpes. Se arregla a los combos, los cadenazos, las amenazas, cuando no los balazos. Manda el más malo y el más fuerte. Luego, este grupo delictivo, esta banda, se atribuye la representación de todos los hinchas de un club. O sea, el núcleo duro de la barra brava es el dueño de todas las simpatías y sentimientos que podría generar un determinado equipo de fútbol.

Existen pocas organizaciones menos democráticas que las barras bravas. Tal vez los Cara de Jarro o el Cartel de la Legua. Resulta curioso que los hinchas de la U, los millones de hinchas de la U, acepten con tanta mansedumbre a un grupo de personas que, a través de medios violentos e ilegales, se arrogue la representación de todos ellos ¿Cuándo hubo elecciones en Los de Abajo? ¿Qué proceso democrático llevo a los Mono Alé, los Anarkía, los Betos, los Kramer ayer o ahora ese tal Carlos Soto a representar con tanta seguridad a millones de personas?

Pueden hacer mucho ruido, pero garantizo que su representación objetiva es mínima, casi marginal. El problema es que, como se imponen por la violencia, a la larga copan espacios atemorizando al resto. En resumidas cuentas: una asociación ilícita criminal.

La U tiene 17 mil abonados. Es decir, un grupo objetivo e incuestionable de hinchas que semana a semana van al estadio. Es una muestra representativa bastante elocuente. Se podría hacer una encuesta a esos abonados y preguntarles si se sienten identificados por el señor Carlos Soto y su banda. Si creen que reflejan fielmente al hincha de Universidad de Chile. Háganla señores de Azul & Azul, a ver si estos “pasionales profesionales” son capaces de sacar más de 200 votos entre los 17 mil encuestados.

Dejémonos de estupideces. Terminemos de una vez con la mentira de la barras bravas. Lo único que hacen es destruir el espectáculo. Si la discusión de fondo en nuestro fútbol es si hay o no hay bombo, si los “ideales” de estas personas son “el derecho a prender bengalas y estallar bombas de estruendo”, es negocio se va directo al despeñadero.

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