Jugar con fuego

Es un abismo que no alcanzo a comprender y sobre el cual solo me atrevo a sugerir una respuesta: excesivo afán de protagonismo.

Por Carlos Costas

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Por Carlos Costas:

La sincera confesión de un reconocido comentarista de la plaza creo que puso las cosas en su lugar. En un verano en que estuve particularmente desconectado de programas de radio y bloques deportivos de televisión, me encontré paseando cierta tarde por el dial con la reflexión de Igor Ochoa cuando el gran debate -previo al partido contra Defensor- era cómo diablos impedir que esa noche se encendieran bengalas en el estadio para así evitar que las penas del infierno cayeran sobre la U.

“Apenas me entiendo yo como para tratar de entender al resto”, soltó el Polaco Ochoa con un escepticismo abrumador. No había en sus palabras ni una pizca de esa monserga siempre dirigida a la indeseable masa que conforman “esos-desubicados-de-siempre-y-enemigos-del-fútbol”. Tampoco un asomo del gesto cómplice que el periodista argentino Martín Caparrós utilizó en el libro “Boquita”, para retratar esas sentidas teorías de los profesionales de la pasión, que pasadas por colador y separadas del famoso verso sobre el “aguante”, se pueden resumir en dos palabras muy concretas: dinero y poder.

Rescato la frase de Ochoa porque plantea, desde lo perplejo y absurdo de un debate de esas características, ese verdadero océano que existe entre quienes disfrutan el fútbol en su más pura esencia, que es -hasta donde yo todavía entiendo- lo que sucede dentro de una cancha durante 90 minutos, y quienes han encontrado en el estadio, aferrados a una camiseta, bajo la lluvia de papel picado, los lienzos y las banderas, un espacio para expresar otra clase de emociones y deseos.

Es un abismo que no alcanzo a comprender y sobre el cual solo me atrevo a sugerir una respuesta: excesivo afán de protagonismo. Cuánta tinta y minutos de programas se gastan en analizar si alguien va a encender una bengala. Y cuando Johnny Herrera tiene la osadía de calificar de imbécil al pirómano en cuestión surgen de inmediato las represalias, los silbidos, esas nefastas apretadas. Los jugadores empiezan a darse cuenta del monstruo que todos hemos creado. Ahora deben asumir que ellos son los verdaderos protagonistas del espectáculo y separar aguas. Ya lo hizo Carlos Muñoz en Colo Colo y está bien que las cosas se expongan tal como son.

Fue entre las décadas del 70 y 80 que, desde los medios de comunicación y empujado por personajes como Luis Santibáñez y Abel Alonso, se fomentó este asunto de las barras porque, según la teoría dominante en esos años, el público chileno era muy correcto, pasivo, casi abúlico (“pecho frío”, se diría hoy). No hacíamos sentir la condición de local y por eso nuestros equipos cosechaban pobres resultados internacionales. Pamplinas. Quedó demostrado que la Selección pudo clasificar por segunda vez consecutiva a un Mundial sin recurrir a los sobrenaturales poderes del bombo.

No se puede condenar a alguien porque no disfruta el fútbol, tal como uno lo entiende. Aquellos que decidieron instalar un carnaval en las galerías supongo que estarán en su derecho siempre y cuando no agredan al resto. Lamentablemente esas bengalas, que iluminan la noche y también se ocupan para decorar emotivos videos promocionales de esas mismas transmisiones de partidos, son objetos peligrosos. Después del horroroso incendio de la discoteca Cromañón (2004) y otras tragedias como la muerte de Miguel Ramírez, que era un seguidor de La Renga que murió por el impacto de una bengala en un concierto en La Plata, el fuego de la pirotecnia quedó prohibido para siempre en el rock argentino. No fue necesaria ninguna ley especial. Cada vez que se prende una bengala se apaga la música y la banda que está sobre el escenario deja de tocar instantáneamente. En Chile pasó un par de veces con La Renga y todos entendimos lo que significa jugar con fuego.

Postdata: Al momento de despachar esta columna me entero de los incidentes entre barristas de Wanderers y fuerzas de Carabineros, durante la reinauguración del estadio Elías Figueroa. Estamos fritos. Somos rehenes de los violentistas.

 

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