Columna de Carlos Costas: Vida de perros

"Admiré al valeroso Ron que representó a muchos cuando de un mordisco en el trasero de Navarro Montoya borró décadas de humillaciones y de soportar la soberbia de los argentinos".

Por Carlos Costas
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Agencia Uno.

Por Carlos Costas

Escribo esta columna con una extraña mezcla de sensaciones. Imposible no conmoverse frente al sufrimiento y la angustia de nuestros compatriotas en el norte. Y entre medio de todo ese bombardeo de imágenes, informaciones y las sucesivas réplicas, el equipo de mis amores, la Unión Española, acaba de derrotar a Botafogo en el Maracaná. Clasificamos invictos a los octavos de final de la Libertadores en los mismos pastos en los que, en poco más de dos meses, Chile jugará con España por la Copa del Mundo.

Es un triunfo histórico, pero sólo atino a pensar que para eso está el fútbol, para eso están los jugadores que admiramos y para eso también buscamos refugio en los colores de una camiseta.

Las cosas del fútbol están y tienen que estar siempre ahí para acompañarnos en los buenos momentos y ayudarnos a pasar las penas. Sucede que este día, en el que la preocupación por los constantes remezones en el norte se confunde con mi alegría por la hazaña hispana, coincidió con la muy triste faena de enterrar, en el patio de la casa, a la fiel quiltra que acompañó nuestra historia familiar durante los últimos 15 años. La recogimos cachorrita, a la salida de un supermercado, y se quedó con nosotros para siempre. Vio crecer a mis hijas y fue compañera de nuestro diario quehacer con sus gestos amables y sus boberías.

La recuerdo persiguiendo a los gatos y meneando la cola con tanto entusiasmo que parecía que se le iba a salir de pura alegría, cada vez que alguien le hacía cariño o yo mismo sacaba un pedazo de carne de la parrilla para que se lo devorara y fuera inmensamente feliz. Era una quiltra chillona, de aspecto simpático y sus ladridos no intimidaban a nadie porque era una perra chica, feúcha, pero la más cariñosa que alguna vez haya conocido.

Respeto a todos quienes sienten amor y brindan cariño y dedicación a los animales. Soy testigo de lo importantes que pueden llegar a ser las mascotas para niños, personas solas, enfermas, mayores o simplemente gente de buen corazón; pero desconfío de esa industria de los animalitos y la moda que existe ahora por determinadas razas, peluquerías, accesorios y ese aparente estatus que trae consigo sacar a pasear por el barrio a un “perro bien”.

Los tres perros que he tenido, en distintas etapas de mi vida, han sido quiltros rescatados de la calle. Anda tanto perro vagabundo que la gente trata a las puras patadas que no se me ocurriría otra manera de tener una mascota. Me parece ridícula esa siutiquería de los “dog lovers”, pero más irritantes me resultan esos supuestos animalistas que van sembrando las esquinas y plazas con sus recipientes de comida y agua. Es fácil y hasta agradable querer a los animales cuando son finos, bonitos y perfumados. O ser un animalista de escritorio, de esos que por repartir unos miserables pellets en platitos de cartón se creen con la altura moral suficiente para dar la lata y poner cara compungida cada vez que se denuncia algún maltrato, sin siquiera tomarse la molestia de alojar a un quiltro en su propia casa, ni recoger sus mojones.

Disculpen el desahogo. Todavía estoy triste y siempre me han caído bien los perros. Me encantaba Rasca, la fiel mascota de Barrabases que se echaba junto a la banca donde Míster Pipa dirigía al invencible equipo de Villa Feliz  escoltado por el profe Ñeque, el doctor Serrucho y Cacharro.

Admiré al valeroso Ron que representó a muchos cuando de un mordisco en el trasero de Navarro Montoya borró décadas de humillaciones y de soportar la soberbia de los argentinos.

¿Por qué siempre habrá un perro que se mete a la cancha? El día que volvamos a organizar un Mundial, o tal vez el próximo año durante la Copa América, estoy seguro que por algún rincón del estadio se va a colar un quiltro. Un par de encargados, de esos que andan con unos chalecos fosforescentes, tendrán que corretearlo frente a las risas y burlas del respetable, mientras en la cabina algún relator o comentarista pronunciará lo que siempre hemos escuchado: “…estas son las cosas que sólo pasan en Chile”.

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