Columna de Guarello: Jodidos

"Con todo respeto ¿qué mierda es el aguante? ¿Desde cuándo es tan importante tener "aguante"?", se pregunta el periodista Juan Cristóbal Guarello en su nueva columna

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(Photosport).

Por Juan Cristóbal Guarello – El Gráfico Chile

Tazas de wáter volando por la cornisa, fierros convertidos en estoques y lanzas, una caseta que rueda escaleras abajo, palos, golpes, gritos, corridas, botellazos, cascos, escudos, llantos… No es el motín en la cárcel de Cascavel, Brasil, que terminó con seis muertos ese mismo día, se trata apenas de un partido de primera división del fútbol chileno entre el modestísimo Barnechea y Colo Colo. Domingo de agosto con lluvia y frío. Cinco mil personas apenas pintan el cemento vacío del Estadio Nacional.

¿Cómo se llega a esto? Cómo, en el más inocuo de los marcos para Colo Colo, una jornada condenada a la más estricta normalidad termina con incidentes de tintes carcelarios, descomunales, terroríficos. Así como alguna vez Mario Vargas Llosa preguntó en qué momento se jodió Perú, nosotros nos debemos preguntar en qué momento se jodió el fútbol chileno.

De lo ocurrido ayer tenemos miles de explicaciones cruzadas. Que las fuerzas especiales fueron a incautar no sé qué lienzo y le pegaron a un niño, que una facción de la barra (Ilegales) había amenazado con responder si eran provocados, que otras facciones los acusan de ser “pasteros”, que la primera responde que sus acusadores son una banda de chantajistas que vive a costillas del plantel y los dirigentes. Es aburrido seguir la madeja. A esta altura no tiene sentido. Cuando un partido de fútbol termina con estoques, sables y golpes, hay algo que está mal en esencia.

Llegamos a una encrucijada compleja. Con esta pintura ya me siento anacrónico. Entiendo este deporte como un espectáculo en el cual el espectador es secundario. Donde el insulto y el enojo son un aliño, así como la burla a los colores rivales. Pero ahí se termina todo. Tal vez porque tuve la suerte de ir al estadio cuando la gente iba a mirar el partido por sobre todo, insisto, a mirar el partido, esta religiosidad criminal en que se ha transformado nuestro balompié me deja perplejo. Simplemente no la entiendo. No me cuadra que una galería, diseñada para que la gente se siente y mire hacia el rectángulo verde, sea una especie de tierra de nadie, un reñidero de grupos facciosos con nombres de fantasía tétricos que luchan por establecer quien tiene más “aguante”.

Con todo respeto ¿qué mierda es el aguante? ¿Desde cuándo es tan importante tener “aguante”? ¿Ir a pelear todos los domingos escondido detrás de una camiseta? El verdadero aguante es el que tienen los hinchas comunes y corrientes, perseguidos y criminalizados, que deben soportar la mala organización, los precios altísimos, la venta de entradas vergonzosa, el trato vejatorio, colas interminables y a los barras con “aguante” que harán todo lo posible por hacer del partido, ese que se juega el sábado o domingo a las tres de la tarde, una experiencia insufrible.

Aquí hay una trampa semántica. Una construcción cultural falsa que ha convertido el hecho de simpatizar con un club (peor, con una sociedad anónima común y corriente), en un especie de comunidad religiosas. Como si esos colores, ese escudo, tuvieran algún valor metafísico trascendente, más allá de su propia historia y sus logros. Y ese valor sea justificación para romperle la cabeza al vecino. Porque, seamos claros, una cosa es la identificación y los sentimientos asociados, y otra muy distinta es el fanatismo criminal, o, al final del día, la mera disculpa para desatar la violencia en el mejor de los casos y actos criminales de manera demasiado habitual. Lo siento, no me trago el tongo de la religiosidad de la camiseta. Eso es amar el fútbol por la razones equivocadas. Es fallarle el tiesto mal. Además, como dije más arriba, cuando esos clubes son meras empresas, como Pepsi Cola o Toyota ¿Alguien se anota para ser barrabrava de Sony o Barrick Gold? ¿Alguien le haría el “aguante” a una empresa constructora o una corredora de seguros? Esto ya dejo el campo del absurdo, entró en el pantano de la idiotez directamente.

Esta columna la escribí en 1993 para el diario La Nación, el 2000 para El Metropolitano, el 2006 para El Mercurio y ahora en El Gráfico. En 21 años las cosas no han hecho sino empeorar. Hablamos de bombos, de lienzos, de control de identidad, de planes, de Roas. Y al final nos encontramos con estoques, heridos y hasta narcos cocinados a balazos en la profundidad de Recoleta.

No sabemos en qué momento se jodió el fútbol chileno, tampoco cuándo terminará de joderse. Sólo sabemos que estamos bien jodidos. Guardo en la carpeta la columna para el 2022. Entonces el espectáculo será otro: los jugadores se sentarán en la cancha a mirar como las barras y los carabineros se rompen la cabeza.

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