Columna de Guarello: ¡No!

"¿Por qué el estado chileno, todos nosotros, debía gastar más de dos mil millones de pesos en comprar entradas de un mundial jugado por escolares?", dice el autor.

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Gol de Suecia a Japón en Sharjah. El mundial de Emiratos Árabes Unidos se jugó con varios estadios prácticamente vacíos / AFP

Juan Cristóbal Guarello

La mañana del jueves, luego de entrevistarlo en el programa Palabra que es noticia de radio Futuro, tuve un pequeño diálogo fuera de micrófono con el ministro de hacienda Alberto Arenas. El tema eran los 3.8 millones de dólares con que el gobierno de Michelle Bachelet iba a subvencionar a la FIFA para realizar el Mundial Sub 17 el 2015 en Chile. Esa cifra, y esto es bueno aclararlo, se suma ya a los cientos de millones de dólares que se están gastando en la construcción y remodelación de estadios. La pregunta era simple ¿Por qué el estado chileno, todos nosotros, debía gastar más de dos mil millones de pesos en comprar entradas de un mundial jugado por escolares? ¿Cuál es el beneficio social específico para el país? ¿Qué gana el estado chileno con que las graderías de un torneo, que en todas sus versiones están vacías, se vean llenas?

Hice las preguntas, me guardo las respuestas del ministro, pero quiero seguir profundizando en el tema. Es fundamental y revela la estructura de negocios de la FIFA. Es fácil y a prueba de errores: se le entrega la organización de un Mundial a un país X, luego este país corre con todos los costos (estadios, seguridad, transportes, vías de acceso), mientras que la FIFA recauda todos los beneficios tangibles (derechos de televisión, publicidad estática, sponsors, patrocinadores, merchandising y venta de entradas). Para el país organizador le quedan los “intangibles”: imagen, alegría ciudadana, fiesta popular y lo que pueda dejar el turismo…

Luego esta ecuación tremendamente rentable para los gerentes de Zurich puede ser aplicable para los mundiales adultos. Por último en ese tipo de torneos llegan muchos turistas y gastan. Pero se va desvaneciendo los mundiales Sub 20 (ya vimos las gradas vacías en el de Turquía 2013) y desaparece de manera absoluta en los Sub 17. Este Mundial, el Sub 17, ha sido históricamente un campeonato con escaso público, limitada difusión y nulo impacto social y económico en los países donde se realiza. Es, ya lo dijimos, un torneo de fútbol donde juegan escolares. Para la FIFA se trata de uno de sus productos menos rentables. Y como siempre ocurre con los señores de Zurich, están constantemente inventando nuevas fórmulas para sacarle más dinero. Allá ellos, se trata de una empresa privada.

El tema es que nunca pensamos que fuera el estado chileno que terminara entregando la solución al escaso margen de ganancia. Claro, como el campeonato no genera mucho por derechos de televisión, publicidad y merchandising, que el margen se agrande vendiéndole paquetes de entradas al estado de Chile. Flor de negocio.

Nos dicen que “a la FIFA no le gustan los mundiales con estadios vacíos”. Pues, que se joda la FIFA. Sabemos de sobra que hay muchas otras cosas que no le gustan: la transparencia, la honestidad, la democracia, los derechos laborales, las regulaciones, los impuestos, la autonomía de los países… La FIFA hace y deshace, procede con toda prepotencia y totalitarismo, no acepta que los gobiernos interfieran en sus asuntos, las federaciones locales no pueden ser intervenidas aunque se estén robando hasta el gato de yeso, pero cuando se trata de usufructuar de esos mismos estados, ahí la FIFA no tiene problema alguno en tirar la garra y sacar el trozo.

Por lo anterior resulta escandaloso que el estado chileno le entregue alegremente, ya está en el presupuesto del IND para el 2015, estos 3.8 millones de dólares en forma de subvención a la FIFA. Sabemos muy bien dónde va a parar este dinero: al bolsillo de los dirigentes. El organismo es, desde que Havelange se posó en 1974, una infinita caja pagadora de favores y complicidades. Una verdadera fábrica de nuevos millonarios. Los últimos escándalos con las designaciones de Rusia y Qatar como sedes de los Mundiales 2018 y 2022 son ejemplos sobrados y conocidos de esto.

Pero el escándalo se potencia aún más por ser Chile el país que, ingenuamente, termina regalando una fortuna (recordemos que ya el torneo está subvencionado por la construcción de los estadios y la seguridad). Primero, porque son decenas los deportistas de todas las disciplinas que apenas sobreviven para llevar adelante su actividad por la estructural y atávica “falta de recursos” del deporte chileno ¿Cuántos seleccionados chilenos se quedan sin competir todos los años por no tener apoyo económico? Ellos algo tendrán que opinar sobre los 3.8 millones de dólares de subvención en entradas que se le regalarán a la FIFA.

Pero el escándalo es mayor si tomamos en cuenta que el presidente del comité organizador es, además, dueño del 40% de Chilefilms, empresa que de seguro proveerá la asistencia técnica de la transmisión de televisión del Mundial Sub 17. Empresa, dicha sea de paso, que fue privatizada en 1989 y entregada delicadamente en las manos de Cristián Varela (antorcha 72 en Chacarillas si el dato es relevante, que lo es). Es decir, este señor gana por todos lados. Organiza el torneo, se arrienda a si mismo los equipos de transmisión, el estado le llena las tribunas con plata del erario público y en la FIFA lo felicitan por hacer un gran evento. Y todo con una empresa arrebatada por un gobierno de facto a cada uno de los chilenos. Joya.

La solución para las tribunas vacías era mucho más sencilla: regalar las entradas, hacer convenios con los colegios, con el ministerio de educación, las municipalidades. Si la FIFA quería estadios llenos, que haga la pérdida alguna vez. Aunque sea una vez.

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