Columna de Colo Colo: Desconfianza

"Cada hincha de cada equipito del último barrio de la última comuna cree que lo saquean a él, contra el otro".

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Por Álvaro Campos (autor del libro Colocolino de Editorial Gol Triste)

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No hay nada tan sorprendente en las declaraciones de Barroso como el hecho de que sea precisamente él, el calmo Julio Barroso, quien las haya hecho. Para mayores referencias, bien vale la pena revisar la altura de miras con la que se manifestó después de nuestro clásico.

El argentino es un jugador reconocido por su caballerosidad y su rectitud, tanto es así que en lo que lleva de torneo todavía no recibe ni una sola tarjeta amarilla. Para un equipo que ha tenido sobrenombres como “Zapatos con Sangre” o que ha ovacionado a centrales que se han ido a las duchas en los clásicos, eso es mucho decir.

El mundo futbolístico, ese murmullo, comparte la noción de que existen dos posibilidades: o simplemente se fue de lengua movido por una paranoia del plantel propia de la tensión de final de campeonato, o algo sabe. Y esa posibilidad es inquietante.

Partamos desde el principio. Cada hincha de cada equipito del último barrio de la última comuna cree que lo saquean a él, contra el otro. Es una juguera que gira y no vale la pena entrar a dar círculos. Si discutimos que tal día un penal mal cobrado nos costó un partido, alguien nos recordará que un banderín se cayó, y que esta otra falta debió ser expulsión, y así hasta el fin de los tiempos. Uno argumenta con pruebas elegidas acomodaticiamente (nadie se acuerda de los offside mal cobrados a favor de su propio equipo) y el otro no las rebate, sino que presenta un listado de cobros injustos en sentido opuesto, igualmente cierto, igualmente delimitado a voluntad.

Ser colocolino y ser chileno da harta perspectiva, porque la Roja es chica entre los grandes de Sudamérica, y Colo-Colo es grande entre los chicos de la liga local. Nadie que se respete puede argumentar que a los chilenos nos roban porque siempre favorecen a los grandes, para el domingo reclamar que a los albos nos perjudican porque somos grandes. Y, sin embargo, está lleno de esos que creen que están todos confabulados contra sus intereses. Jorge Vergara hablaba en su época (que ya pasó) del “Tococo”: Todos Contra Colo-Colo.

Yo no veo que sea así. Claro que nos han perjudicado, poh. Pero entre los 5 peores saqueos que yo recuerde haber visto en Chile, no se me olvida esa noche de play-offs del Apertura 2003 contra la Católica, cuando les anularon un gol válido que nos eliminaba a minutos del final. Algunos dirán que fue peor lo de la final del Apertura 2012, quién sabe. Lo que sí fue peor, escandalosamente peor, fue lo de Selman en un O’Higgins-Audax del Clausura 2006. Como para no ir nunca más al estadio.

Párrafo aparte para el premio mayor. 2003. Copa Sudamericana. El frío del sur, con barro y con griterío. Parque Schott. Provincial Osorno. Universidad Católica. Patricio Polic.

A lo que voy es que robos hay varios y los equipos grandes tenderán a verse más beneficiados que el resto por una razón simple: juegan la mayoría de sus partidos de mayor a menor, y el equipo que tiene menos la pelota tenderá a cometer más faltas, como tenderá a recibir más penales aquella escuadra que pasa más tiempo en el área rival.

Pero si el hincha cruzado o azul se siente desvalido ante Colo-Colo, con ese rencor picota venenoso que le conocemos tan bien, está recién metiendo las patitas en un agua que los equipos chicos sienten hasta el cogote. Por eso a ellos, con justa razón, les parece insoportable que estemos desde acá reclamando que lo favorecen a uno o a otro. Para ellos es más simple: favorecen a los grandes, contra nosotros los chicos. Entonces paren el lloriqueo.

¿Titulamos la columna “Paremos el lloriqueo” y le damos punto final? No tan rápido.

Lo que pasa es que el reclamo sobre el árbitro siempre desenfunda un comentario más agudo, más descarnado sobre el mundo. No era Bouchardeau, era la FIFA y su corrupción, real. No era Brasil, era Joao Havelange. No eran los grandes, era el centralismo capitalino aplastando las regiones. Aquí la cosa se pone genuinamente interesante. Porque cuando uno cruza ese umbral, da con verdades fehacientes como que Yuraszeck es Yuraszeck, o con mentiras calumniosas sobre “el estadio’e pinoché”. Análisis político o ignorancia, cuando escarbamos el bien cuidado césped de la cancha de fútbol nos encontramos con fealdades que aturden.

Por eso inquieta la posibilidad de que Barroso sepa algo. Porque podría ser.

Da lo mismo cómo termine el caso, y todos sabemos cómo terminará. El fútbol es una industria abusiva y no queda ni un centímetro de espacio para ninguna disidencia. ¿De verdad vamos a pedir “libertad de expresión” de los trabajadores a una multinacional que está por encima de constituciones y leyes nacionales e internacionales? ¿Esperan que un futbolista pueda dar su opinión cuando ni siquiera los árbitros ni los dirigentes ni los entrenadores pueden darla sin tapujos a la hora de cuestionar los engranajes de la maquinaria? ¿Podría un central manifestar sus sospechas cuando ni siquiera puede manifestar la alegría de hacer un gol sacándose la camiseta o saliéndose del margen de la cancha?

Y ante eso, ante la aplastante unilateralidad de la FIFA, desde lo más alto hasta el buen Julito Barroso, por supuesto que todos podemos ponernos a dibujar teorías sobre que tal alcalde, o que Jadue y su reelección, o que la plata de Carlos Heller, o que el Vaticano, la CIA y los reptilianos.

Borges escribió sobre una posibilidad atemorizante: que el fútbol haya terminado hace décadas, y que todo lo que hemos vivido ha sido un teatro orquestado y premeditado. El cabezazo de Zidane, Pelé en el Azteca, la Batalla de Santiago.

No me gustan las teorías conspirativas, creo que apelan a la vanidad intelectual de sentir que uno dio con la Gran Respuesta, mientras los giles no cachan. No. Así no es. La vida real no es una trama perfectamente diseñada, sino una maraña absurda de pequeñas voluntades aleatorias que avanzan a tropezones.

Y sin embargo, el Calcio destapa una olla cuyo hedor llega hasta acá. Fue asombroso. Equipos tuvieron que devolver sus coronas de campeón e irse a Segunda, porque en una red de arreglos deportivos tenían todo cocinado, y el chanchullo alcanzaba a árbitros, jugadores y un largo etcétera, incluso a los canales de televisión que intervenían las imágenes para mostrar repeticiones alteradas y seguir timoneando la liga, navegando por los océanos de billetes de las apuestas deportivas.

Nada indica que eso esté pasando en Chile, aunque todos hemos oído o leído rumores sobre cómo las sociedades anónimas se pactan los torneos y los ciclos de éxito (avísenle a Cruzados SADP). El problema es que si alguna vez llegamos a ese estado de las cosas, nadie nos va a avisar que ya empezó. Nosotros vamos a estar yendo al estadio y pidiendo que metan a otro delantero en vez del segundo tapón, y todo ya va estar arreglado por debajo. Y no lo vamos a saber. Porque esta industria de la pelota es asquerosa, y más ahora con las sociedades anónimas deportivas, que fueron concebidas de manera siniestra y para un fin lisa y llanamente corrupto.

Habría que preguntarse hasta dónde seguir la madeja de la investigación, uno como hincha. ¿Querrías saberlo todo a cambio de perder tu amor por tu equipo? ¿A riesgo de separarte de él?

Es ilustrativo el caso de los maradonistas ultrones. Según ellos, el Dios ese, el que le pega a las mujeres, fue perseguido y comandado a perder por oscuras maquinarias que le pasaron la cuenta por tratar de levantar el sindicato de jugadores. Pero claro, cuando él triunfaba esa misma FIFA, ese mismo Grondona, esa misma mafia italiana, eran todas blancas palomas que sólo lo observaban ganar.

Si en diciembre la copa se va al CDA, prefiero no creer que fue porque la compraron, porque nada me prueba que nosotros no hemos comprado las nuestras, que son más. Y si se viene abajo todo el castillo de naipes de la credulidad, nada se salva, ni siquiera nosotros, que nos habremos vuelto viejos, descreídos, secos.

El ruso Yevgeny Yevtushenko, gran poeta y muy futbolero, tiene un poema que se llama Ironía. Dice que desde chicos vamos construyendo una represa que nos proteja de la inundación de mentiras, y que en vez de salvarnos termina por asesinarnos.

Prefiero ser crédulo que descreído. No quiero que el corazón se recubra de una capa de hormigón. Quiero tener fe en que, haciéndole un buen partido, metiendo un buen pase y aplicaditos en defensa, hasta el Barnechea puede bajar al puntero, como Cobresal casi nos baja a nosotros.

Si no creyera en ingenuidades como esa no estaría acá. Porque no tenemos la plata suficiente, ni los contactos necesarios, ni el teléfono del señor del maletín, ni menos del referí que arbitre este partido, este largo partido que les estamos dando a Blanco y Negro. Un partido donde los conscientes dicen que está todo arreglado, pero nosotros seguimos dejando la vida en la cancha, porque sin sobornos ni negociados, igual nomás los vamos a terminar derrotando. Y si los socios somos cada vez más, ese triunfo va a ser por goleada.

GRAF/PS

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