Columna: Bajemos un (re)cambio

Son niños, no podemos cargarlos con un peso que no tienen por qué soportar y que puede ser contraproducente, es cosa de ver el ejemplo de Garín, que también con 17 años se consagró en Roland Garros junior y, por eso, algunos ya creían que tenía que ganarles a Federer, Nadal y Djokovic juntos.

Por Juan Ignacio Gardella

A los 17 años, figuraba yo en el tercero medio humanista de mi colegio, sin la menor idea de lo que haría con mi vida. Por eso, confundido, al año siguiente me matriculé en Ingenería Comercial, pero duré poco y nada, y aquí estoy, escribiendo estas líneas.

A esa misma edad, unos niños, porque eso es lo que son, acaban de clasificar con honores a Chile al Mundial de Fútbol de la categoría. Y en un país ansioso por repetir los laureles recientes que se nos van escapando de las manos, pasan de inmediato a ser los portadores de la esperanza y de esa pesada palabra llamada “recambio”.

En la industria mediática, cuando pasan estas cosas extraordinarias, es imposible abstraerse de las hipérboles, las comparaciones y las proyecciones. O te integras al juego o desapareces, por eso a este medio y a mí no nos queda otra que subirnos a esta ola de información positiva.

Pero como éste es un espacio de opinión, tengo la oportunidad de dar un toque de alerta, de advertir que hay que tener paciencia, de remarcar que estamos hablando de personas que todavía no son adultas. Porque puede haber gente que los ve celebrar con la polera roja en la tele y piensa que ya están para reemplazar a Alexis, Vidal y compañía.

Bajemos un cambio, porque podemos cargarlos con un peso que no tienen por qué soportar y que puede ser contraproducente, es cosa de ver el ejemplo de Christian Garín, que también con 17 primaveras se consagró en Roland Garros junior y, por eso, algunos ya creían que tenía que ganarles a Federer, Nadal y Djokovic juntos. Tuvo que pasar un lustro para que despegara, con desbloqueo mental incluido.

O lo que está pasando ahora con Joaquín Niemann, que tuvo un 2018 brillante y que pareciera que si no gana un torneo del PGA este año, con apenas 20 velitas apagadas, será un fracaso. Hay cracks del golf mundial que se murieron sin levantar una copa.

Será tarea de las familias y de los clubes mantener a estos chicos con los pies sobre la tierra, y de los representantes no meterles pajaritos en la cabeza. No vaya a ser que aparezcan en teleseries o como jurados del Festival de Viña.

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