Columna de Colo Colo: La Bancada Alba

Revisa y comenta la columna de los representantes de Colo Colo de Todos.

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“El lo pierde todo por ella” / Foto: Archivo

Por Álvaro Campos

@_Alvaro_7

COLUMNA DEL MOVIMIENTO COLO-COLO DE TODOS

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@colocolodetodos

No éramos un grupo de futboleros radicales. No hubo discusiones técnicas de alto vuelo ni grandes debates de entendidos. Invité a todos los colocolinos de mi pega a ver el partido de Santa Laura en mi casa. Pensé que era una buena forma de juntarnos, de reconocernos y de empezar a preparar ese lunes de vuelta olímpica que debió ser este 10 de diciembre.

El primero en llegar fue Gonzo. Se fue trotando desde el Costanera Center a Ñuñoa y en media hora demostró que a la hora del taco cualquier medio de transporte es ineficiente. Tras servirse su primera lata, recibimos a Jaime y Riquelme. Corrales llegó en bici. La siguiente camada trajo a Nacho, Feña y Luis. El partido ya había comenzado hace rato pero estábamos todos para el primer gol.

Los grados de fanatismo varían entre uno y otro. Los hay colocolinos de closet, los hay de llegar con la camiseta. Simpatizantes extrovertidos y fanáticos silenciosos. Pasamos rabias y nos pusimos tristes como cualquier colocolino lo hizo. Riquelme dijo “firmen el 2-1, cabros” segundos antes de que llegara el tercero. No había nada que hacer.

Quedamos con una esperanza media mordida, pero esperanza al fin y al cabo. No moví mis muebles, un poco por flojera y un poco porque creí que en poco tiempo los tendría de vuelta en mi living para ver la final de ida en Talcahuano o en Talca.

Después del partido me quedé en un programa sobre Lucho Mena y, cuando me pidieron que pusiera música, el control remoto me llevó a una perla de Scorsese con mejores canciones que las que cualquier radio puede ofrecer. Vimos Casino. La dieron 2 veces seguidas y, por supuesto, para cuando terminó la segunda los más moderados, los que llegarían a trabajar a la hora, ya dormían en sus casas.

Las cervezas se habían puesto oscuras, con hielo y un inexplicable sabor a pisco. De Niro está enamorado. Ella es una mujer fatal que, como toda mujer fatal, es en realidad frágil e insegura. Él lo pierde todo por ella. Sabíamos que lo haría y él también. Siempre lo supo y esa es lo más lindo de la historia: que sin importarle nada va igual con su corazón al frente, despacito, como van los cuerpos hacia el incinerador.

La campaña de este año fue así. Era ingenuo e injusto pedirle más al equipo. Creímos en él porque amamos a Colo Colo y el amor enceguece pero, cuando todo terminó en el suelo no hubo ni un solo hincha que pudiera mostrarse genuinamente sorprendido. Eso no hizo que doliera menos.

Me quedo, de todos modos, con el triunfazo moral, político y ético en los exclusivos pastos de San Carlos. Me quedo con el zapatazo de Carlitos en el clásico del paseo. Me quedo con Labruna. Me quedo con Fleitas. Me quedo con Olivi ante Audax, esa noche en que en vez de “gol” grité “conchetumadre” unas 15 veces. De pura emoción. Pura felicidad.

El correo electrónico con que los invité a mi casa llevaba de título “Bancada Alba”. Era un poco hueviando con la jerga del Congreso, pero después de presenciar la fiesta del sur desde mi casa vacía descubro que ese concepto guardaba una reinterpretación insospechada: al Cacique hay que bancarlo. Siempre, una y otra vez. Así es el amor: trágico, terrible, muchas veces ominoso, sazonado con momentos escasos de éxtasis, de genuina satisfacción que hacen que los otros, que son más, valgan la pena.

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