Columna de Colo Colo: Adiós Municipal

He visto a Colo-Colo perder muchas veces, ser goleado incluso, ante los de azul, pero jamás los he visto ganarnos un partido solo con la camiseta.

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“Ni Rancagua ni Talca le llegan a los talones a lo que Calama le pone a la visita del Cacique”.

Por Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del Movimiento Colo Colo de Todos

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@ColoColodeTodos

No soy de la clase de hombres que se rehúsan a pedir indicaciones cuando van al volante, pero no fue necesario. Los carteles de Calama hicieron fácil llegar al Municipal. Viajaba desde Iquique a Santiago y solo pasé a conocer, aunque desde afuera, el único lugar de Chile donde Colo-Colo juega de visita.

Al igual que el resto de la ciudad, el estadio exhibe un aspecto naranja barnizado por capas de polvo que opacan hasta el mismo sol. Ni el aire acondicionado de los locales comerciales ni la luminosa modernidad de su mall le lavan la cara a la curtida Calama. Como pasa en provincias, el equipo y la municipalidad y la ciudad se vuelven una sola idea indivisible, por lo que no me sorprende ver pintado el escudo de Cobreloa en el muro. Es febrero y el estadio vacío tiene ese silencio especial que golpea al dueño de casa cuando se va el último invitado de la fiesta.

Ya no alcancé a volver. Quizás un día conozca el nuevo reciento que emplacen en lugar del viejo Municipal, cuyas humildades exhibía en HD la televisión, pero sospecho que no será lo mismo.

Ni Rancagua ni Talca le llegan a los talones a lo que Calama le pone a la visita del Cacique. Cobreloa demuestra que a la hora de hacerle el peso al equipo más exitoso y popular no sirve inventar tramposos juegos de lógica torcida ni menos luchar para preservar la humareda de mitos infundados, solo basta ir al frente y ganarle en la cancha y hacer de local en una caldera hirviendo.

He visto a Colo-Colo perder muchas veces, ser goleado incluso, ante los de azul, pero jamás los he visto ganarnos un partido solo con la camiseta. Con equipos malos, claramente inferiores, Cobreloa sí lo ha hecho, más de lo que me gusta admitir. Van y ganan en Calama y hasta en el Monumental con equipos menos que discretos, pero que ganan igual solo porque Cobreloa es Cobreloa. Eso es grandeza.

Este equipo, de grandes y conocidos laureles, fue creado por los militares según un plan geopolítico que buscaba hacer soberanía a través del fútbol, creando equipos en lugares lejanos para aunar al país y descentralizar el fútbol. Por eso, a diferencia de Argentina, no están todos los equipos de Primera División en la capital.

Sin embargo, ni su fundación ni la construcción del estadio con fondos fiscales ni su línea directa con la estatal Codelco ni sus triunfos estelares en los ochenta hacen que la gente se dé cuenta de que es Cobreloa verdaderamente el equipo símbolo de la Dictadura. Pero ellos hicieron que su razón de ser, su esencia, fuera otra: Cobreloa vive para ganarle a Colo-Colo.

Un amigo calameño me comenta que el equipo puede no ser campeón, pero que no se les permite perder su clásico, que la ciudad entera vive para eso: es su fiesta anual. El mito cuenta que los muñecos de práctica de tiros libres tienen nuestro uniforme, luciendo además el escudo tachado. La realidad cuenta del “sueñen/indios hueones/en Calama/jamás van a ganar” que cantaban, y del show oficial en que con un sketch de pésimo gusto se burlaron de nuestra Quiebra.

Espina lo llamó el verdadero clásico del fútbol chileno. Es el único partido en que de verdad no se sabe el resultado. El Tricampeón no pudo ganar ahí. El Campeón de América tampoco. Planteles mediocres de ambos bandos han protagonizado partidos emocionantes y novelescos en ese ambiente hostil.

Y por Dios qué hostil son los naranjos. En 2003, cuando Zamorano tuvo el aterrizaje forzoso de su sueño, leí algo sobre la bestial agresividad de los nortinos, de cómo no solo insultaban y escupían a nuestros jugadores y cuerpo técnico, sino también a dirigentes, espectadores, periodistas: a todo quien se viera foráneo, de piel clara, santiaguino. Era la ira de quienes sienten que se rompen el lomo para que la riqueza que generan se venga acá, a la capital, a hacer autopistas para que los dueños de las minas vayan más rápido a su aeropuerto.

Veo en ellos al típico matón del curso (“bully” según los expertos en siutiquería) cuya choreza deja ver entre sus pliegues las marcas de una infancia difícil. No sé si todavía Calama es la ciudad con mayor tasa de suicidios, como leí hace un tiempo en un reportaje que decía que también era el lugar con más prostitución. La ciudad es áspera, es tosca.

Ayuda entender así al perro apaleado que te ladra. Me pasa un poco de eso. Se crean vínculos en la adversidad. Los rivales, sobre todo cuando se consideran dignos el uno del otro, se van tomando un respeto especial. El mismo Espina llamó a Rodrigo Pérez a la Unión pese a que pelearon toda la vida.

Nos despedimos del Municipal donde tantas historias vivimos. Los musulmanes tienen como ritual de su peregrinación a la Meca la Lapidación de Satanás: lanzan piedras a tres pilares que representan al Diablo. Lo rechazan, lo odian, reniegan de él. Colo Colo en Calama es eso, y tanto loínos como albos se sacan lo oscuro en una ceremonia sagrada de purificación a través de la violencia simbólica. Nos gritan como al mismo Lucifer. Pura catarsis.

Este año el teatro de tantas de nuestras escenas baja sus cortinas. Nos vamos. Caminamos por el desierto arropados de blanco del cuello hasta los pies y, al mirar atrás, el Municipal que es Calama que es Cobreloa nos despide con la mano abierta, burlesca, por los cinco goles que nos llevamos de recuerdo.

Respondemos un par de garabatos y una ofensa hiriente. Nos damos vuelta y seguimos nuestro eterno camino de Arica a Magallanes. Esbozamos una tímida sonrisa. Nos hemos odiado tanto que, en el fondo, igual nos queremos.

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