Columna de Colo Colo: Yendo de la cancha al living

Aquí se sigue al equipo por el CDF (ni siquiera viendo todos los partidos de la fecha), profundizando el problema de los que sí van.

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Por Álvaro Campos

@_Alvaro_7

Columna del Movimiento Colo Colo de Todos

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@ColoColodeTodos

La canción original dice que puedes hacer un gol, llevar tu nombre al cielo, ser un gran Campeón y jugar en la Selección, pero que no sirve sin amor. Algo así. Habla sobre el encierro.

La radio en la que el destino me mandó a seguir los rumbos de los once de blanco cambia caprichosamente su sintonía según los dibujos de los montes. El largo y sinuoso camino. Anota Colo-Colo. Gana Colo-Colo. No gusta Colo-Colo. No convence Colo-Colo.

No sé si sea correcto decir que me perdí el partido. No lo vi ni fui al estadio pese a ser un socio abonado, pero todas las emisoras por las que la carretera me hizo saltar concuerdan en que no hubo ninguna fiesta en el pasto de Arellano. Suena como que más de alguno habrá cambiado de canal.

La gente, poca, pagó su entrada para ir a ver un gris espectáculo, pero no nos engañemos: no ha habido ninguna época dorada en que el menú haya ofrecido otros sabores. Los partidazos memorables son, incluso en los mundiales, una chispa excepcional en el opaco mar de mediocridad, de triunfos abrochando el uno a cero.

Tengo una teoría. Al chileno nunca le gustó el fútbol en realidad, es solo que tardó en darse cuenta. Tampoco sabe mucho del tema. A un jugador chileno en Argentina lo satura que hasta los taxistas le hablen sin fin del fulbo; a un jugador argentino en Chile le escandaliza que sus colegas se junten en una mesa a hablar de cualquier cosa menos de la pelotita.

Es fácil apuntar a la violencia de los ’90 como la causante de la baja en las asistencias, como si antes no hubiera habido muertos. La vida, escurridiza, parece entregar respuestas más complejas. Pasamos de la dictadura de los milicos a la dictadura de los Chicago boys y nos encerramos en los malls. Las mujeres dieron algunos pasos en su largo trayecto de conquista de derechos y los hombres ya no podían mandarse a cambiar la tarde del domingo sin dar explicaciones. Antes las entradas estaban sujetas a control gubernamental, muchas veces demagógicamente explotado con fines electorales. Ahora las despiadadas leyes del mercado (¿se las puede llamar leyes?) quitan el techo a la codicia recaudadora.

Precios altos para instalaciones deplorables con accesos incómodos y gratuito maltrato policial. Ah, claro, y además te flaitean en el metro. Pero nada de eso sería un verdadero problema si el ciudadano promedio llevara en el tejido de su costumbre el ir al fútbol los fines de semana, como los gringos van al cine aun sin saber qué película verán. Hay pocos hinchas del deporte (¿cuántos siguen la Copa Chile tras la eliminación de su club?) como hay pocos hinchas del tenis cuando no juega un chileno. La clase de gente que siguió mirando básquetbol cuando Jordan colgó (en el aire, por supuesto) sus zapatillas.

En los noventas se abrieron un par de alternativas y no hubo vuelta atrás. Aquí todos los equipos juegan a estadio semivacío, incluso quienes se jactan de hinchadas populosas o fieles. Se juegan clásicos con estadios semivacíos. Excusas más, excusas menos, el chileno no va al estadio y punto.

Aquí se sigue al equipo por el CDF (ni siquiera viendo todos los partidos de la fecha), profundizando el problema de los que sí van, ya que los dirigentes pagan los sueldos con los excedentes de la televisación y dejan las recaudaciones para pagarle la micro a los funcionarios, por lo que no sienten ninguna consideración por el hincha que paga 4 entradas para ir en familia a que su señora viva la humillación de usar el baño de mujeres.

Ingenuos, hasta tiernos, los hinchas se conminan unos a otros a mirar tal o cual copa por tevé, como si ellos mismos no hicieran otra cosa cuando su equipo sí participa. Más ingenuos aún, en Colo-Colo de Todos nos rebelamos contra el alza en las entradas, como si a los dueños del set les importaran las quejas de los extras de la película que están filmando. Eso somos para ellos.
¿Por qué voy yo, entonces, por qué sigo yendo? Un vicio más, supongo. Una extraña influencia. Me gustaba el maní confitado y ahora me gusta el sándwich de mechada. Me gusta el olor del estadio, me encanta. Me gusta sentirme parte. ¿Dije sentirme parte? Ser parte.

Ya he defendido antes que no me parece que el que no va sea menos hincha que el que sí va. Menos en Colo-Colo, un club que es más lindo cuanto más diverso. No se trata de que nosotros seamos de verdad y ellos de cartón. Más bien nosotros estamos atados y ellos están libres. Nosotros sufrimos y ellos disfrutan. Pero qué lindo es sufrir.

Somos los menos y los mismos de siempre. En todas las tribunas del país los asistentes habituales se terminan por ubicar, por reconocer de lejos. Nostálgicos, testarudos, estamos remando contra fuerzas que tal vez terminen por arrastrarnos.

Quizás el futuro esté lleno de estadios completamente vacíos (pero por Dios, qué seguros) y millones de autómatas enchufados a tecnologías que les digan que tienen que ponerse contentos o tristes sin necesidad de aguantar aburridos 90 minutos para resolverlo. Nada de participación activa, nada de socios.

Vamos yendo de la cancha al living. ¿Sientes el encierro?

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