Columna de Colo Colo: De todos

"Digo álbum oficial porque está hecho por el oficialismo", dice Álvaro Campos sobre el nuevo álbum del Cacique.

Por

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Colo Colo no vive un buen momento. (Agencia Uno)

Por Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del Movimiento Colo Colo de Todos

FC Colo Colo de Todos

@colocolodetodos

El Rey del Metro Cuadrado comenta que Lucas Barrios es lento en el arranque, lo cual es tan cierto como que una vez lanzado no lo para nadie. Le caen encima por chaquetero, por envidioso, por qué sabíh voh, a-quién-le-hai-ganao-voh-ándate-a-patear-penales-mejor-será y todas las faltas de respeto con las que preadolescentes con muy poco conocimiento y mucho orgullo de su propia ignorancia llenan los foros de internet. Lo defiende Guarello recordando, y qué pena que exista gente que no lo sepa, que si alguien puede hablar con todo derecho de convertir goles con esta camiseta es precisamente Carlos Humberto Caszely.

El Gringo y el Chano le contestan al Pollo y al Chuflinga. El contexto es la conferencia de prensa del lanzamiento del álbum oficial. Qué lindo es juntar un álbum y qué lindo hubiera sido completar uno, aunque solo en una ocasión llegué a juntar más de la mitad de las láminas.

Digo álbum oficial porque está hecho por el oficialismo. Un breve vistazo por sus páginas le enseña a los niños que los presidentes Labán y Gálvez tuvieron algo de participación en la construcción del Monumental, pero que parece que lo inauguraron en 1989 cuando no había nadie a cargo. La iluminación de 1991 tampoco cuenta porque, de todos modos, todo eso no es más que el preámbulo de lo que haría Blanco y Negro al tomar una caja de fósforos y transformarlo en un estadio de lujo a nivel mundial. Dicen que la historia la cuentan los vencedores y, mentiras más reinterpretaciones menos, lo claro es que ellos nos han vencido.

Hay otras faltas de respeto menores, como ese mágico salto del ’25 al ’73 (error que cometen muchos), pero no es a lo que voy. Moleste a quien nos moleste, Dragicevic, Vergara (sí, el oscuro guatón ladrón), Varela (sí, el mitómano compulsivo), Ruiz-Tagle (sí, el del conflicto de interés), todos son partes del camino que hemos recorrido. Cocodrilos, hipopótamos, pulpos, sanguijuelas. Nadie debe ser borrado de los registros ni ser ignorado por los relatos.

Aunque dentro de la cancha sea Caszely con la 9, fuera de ella nuestro 7 es el ídolo más grande. Ni siquiera tengo que decir quién es, no es necesario. A él también le hicieron el “damnatio memorae” ignorándolo entre las imágenes de héroes e ídolos, en alguna de las muchas manitos de gato con que la concesionaria pretende que olvidemos que no cumplieron con la inversión que prometieron cuando llegaron.

Entonces, un año cualquiera, Colo-Colo pierde un par de partidos, y un grupo de periodistas con una imaginación y creatividad a toda prueba rellena páginas yendo donde algún crack retirado y lo publica diciendo lo mismo que todos saben: que el equipo juega mal. Claro, cuando el equipo juega bien y da espectáculo nadie le va a pedir su opinión. Entonces parten de nuevo los ninguneos cruzados.

Igual, me gusta que pase.

Colo-Colo es grande, es una mesa larga donde todos hablan y gritan. Se pelean, se reconcilian. Los niños corren casi botando a una señora de edad que va saliendo de la cocina con platos hirviendo que huelen a recetas de otras generaciones, un perro ladra intranquilo ignorado por adultos que toman vino y prosiguen la misma discusión política de siempre. La canción de Pimpinela, en otras palabras.

Otros clubes son mesas vacías. Otros clubes son familias rígidas llenas de rezos, silencio y temor. Otros clubes no comen en la mesa porque viven de allegados. Todos, supongo, tienen su magia. Pero, mira qué sorpresa, ninguno tiene el encanto del Cacique, porque es cierto: como el Colo-Colo no hay. No hay.

El sábado me despierto tarde porque eso es lo que hago en la vida: despertar tarde. Estaba demasiado atrasado, escandalosamente atrasado, como para llegar al Congreso de Colo-Colo de Todos, un puñado de fanáticos idealistas que discutimos por horas temas que nunca terminan de resolverse. El lunes me entero que algún irreflexivo propuso mi nombre para la Comisión Política (especie de directiva) del grupo y, peor aún, que un montón de irresponsables votó por mí. Es un honor y un orgullo, pero estoy despavorido. Somos siete y considero que el cargo me queda grande, con mi inexperiencia y mi desconocimiento del denso ecosistema colocolino. Da lo mismo porque de eso se trata: de ser una voz más entre las muchas que deben ser oídas, de sumarse y no restarse, de estar ahí ante el llamado histórico, de ser, como en el lema de nuestros fundadores, uno para todos. Y que el club sea de todos, de una buena vez.

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