Sebastián González: "Me iré feliz con todo lo logrado"

Chamagol repasa una carrera que lo vio debutar por Colo Colo, ser ídolo del Atlante mexicano e integrar la Roja en clasificatorias y en los JJOO de Sydney.

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El 2004 llegó como figura a la Copa América de Perú. El equipo de Olmos no anduvo al nivel que tenía hasta ahí en las clasificatorias / afp

Por Eduardo Bruna

“Sé que en el fútbol me queda poco tiempo. Lo tengo asumido. El adiós puede llegar ahora, al término del Torneo de Transición, o a fines de año. Lo único que sé es que, cuando me vaya, repasaré mi carrera y me sentiré feliz de haber logrado cosas que de chico eran para mí lo más parecido a un sueño”. Es Sebastián González, que por ser sobrino del Chamaco, uno de los máximos referentes albos a través de toda su historia, se ganó de entrada el apodo natural de Chamagol. Un alias que, a pesar de la inmensa carga que conllevaba, fue una mochila que supo cargar a punta de esfuerzo y goles.

Jugador hoy de Palestino, en la recta final de su campaña, Sebastián está pronto a ser padre, formar una familia y detener el peregrinar que lo llevó a jugar en cinco países y a vestir doce camisetas de clubes más aquella de la Selección. Con 34 años, siente que el físico todavía le responde, que nada le cuesta levantarse al alba para ir a entrenar y que aún siente ese cosquilleo previo a cada partido, pero dice: “Hay que saber parar a tiempo. Siempre he compartido la opinión de aquellos que afirman que es mejor dejar el fútbol antes que el fútbol lo deje a uno. Yo, te repito, me siento bien, pero pienso que estoy en el momento preciso para largar y colgar los botines”.

En su club de siempre, al cabo, no jugó mucho. Debutó en 1998 contra Cobreloa en el Monumental, cuando el cuadro albo era dirigido por el paraguayo Benítez, pero recién al año siguiente pudo sentirse plenamente titular. Y cuando por compromiso, actitud, carisma y parentesco la hinchada alba lo había hecho uno de sus jugadores preferidos, debió partir a México porque su traspaso significaba un inmenso alivio económico para un  club que se debatía en la quiebra.

Cuenta Chamagol:
“En 1999 llega Nelsinho Baptista a la banca luego que Benítez se va a dirigir a España y a varios jóvenes del equipo nos mandó a la filial de Tercera. Entre ellos estaba yo. Consideró que tenía muchos jugadores y que con 20 ó 22 le bastaba para afrontar el campeonato. Recuerdo que nos dijo: ‘Quiero que entrenen con el primer equipo, pero que el fin de semana jueguen por la filial, porque eso es lo que ustedes necesitan’. ¿Qué pasó? Que en los tres primeros partidos anoté un total de 15 goles y , enterado de esa marca, un día me llamó y me dijo: Usted no se mueve más de acá. La misma decisión adoptó respecto de Claudio Maldonado, un jugadorazo”.

Me imagino lo que te afectó, a comienzos de 2002, la quiebra.
Fue terrible. Para todos, pero más para mí, que desde chico había sido hincha fanático de Colo Colo. No me podía convencer de que algo así podía pasar. Yo estaba en el plantel para el título de 1998, ese que se logró faltando pocos minutos con un gol agónico del Murci, pero había jugado muy poco y quería ser protagonista de otra estrella para el club. Y no se me dio. Ese 2002 caímos frente a Rangers, por la semifinal del Apertura, pero como yo había hecho hartos goles y hasta había sido considerado el 4º goleador del mundo, surgió el interés del Atlante mexicano y me fui. No digo que triste, porque jugar en el exterior es objetivo de todo jugador, pero sí con algo de pena y bastante frustración por ese título que se nos escapó después de haber estado tan cerca.

Cuando Colo Colo gana el Clausura, sí te sentiste triste de no haber podido estar…
Imagínate. Me fui el Atlante en un préstamo por 250 mil dólares con opción de compra, pero no se había cumplido el año todavía cuando los mexicanos hicieron uso de la opción, pagando algo así como 1,2 millón de dólares. Es que me fue bien de entrada. Anoté goles y me hice muy querido por la afición. Pero igual estaba pendiente de lo que pasaba en Chile, y cuando me entero que Colo Colo le gana las dos finales a Universidad Católica obviamente que tuve sentimientos encontrados. Por una parte, estaba la alegría de un título más, pero por otra, la pena de no haber estado allí para celebrarlo como siempre lo había soñado.

El plantel no te olvidó en esa hora de alegría.
No. Varios muchachos me llamaron después de superar a Universidad Católica. Recuerdo que Marcelo (Barticciotto) me dijo: ‘Este título también es tuyo, Sebastián’. Me emocionó mucho el que un crack de su dimensión me dedicara esas palabras. Creo que fue porque todos siempre tuvieron clara mi identificación a muerte con Colo Colo. Aparte, en el Apertura, donde yo había sido goleador, habíamos demostrado que, más allá de los problemas y las tremendas dificultades, igual podíamos ser un equipo competitivo para el medio.

Un equipo que, como jugadores experimentados, sólo tenía a Marcelo Espina y a Marcelo Barticciotto.
Claro, porque el resto éramos puros cabros provenientes de la cantera. Hasta Huaiquipán, que había llegado desde Magallanes, había hecho las inferiores en el club. Lo mismo que Manuel Neira, que llega de Colombia a ocupar el puesto que yo dejé partiendo al Atlante. Yo sigo pensando que ese título mostró la estirpe de campeón de Colo Colo, y que más allá de la quiebra el trabajo que se hacía en las series inferiores era muy bueno. ¿Qué otro club si no Colo Colo podía renacer de las cenizas?

Lo bien que te fue en México, me imagino, fue un bálsamo para esa frustración de no haber estado en esa vuelta olímpica.
Si de mí hubiera dependido, a lo mejor a México no parto. Jugar por Colo Colo, ser titular, hacer goles y ser querido por el hincha llenaba mis expectativas. No quería nada más, como no fuera ser convocado a la Selección. Pero el club estaba pasando tremendas pellejerías tras la quiebra y la llegada de los síndicos, que de mi traspaso dependía casi el futuro del equipo. Con la plata que recibió Colo Colo por mi préstamo primero y por mi venta después el club pudo salir de su ahogo. No te exagero, pero hubo ocasiones en que tras los entrenamientos nos íbamos a bañar a la casa, porque ni agua había, y los jugadores sabíamos que sólo podríamos recibir nuestros sueldos en el caso de que hubiera excedentes.

¿Te costó mucho adaptarte al fútbol mexicano?
No, por suerte no. Hice de entrada lo que se me pedía: goles. Y creo que eso, más el hecho de que fuera sobrino de Chamaco, un término absolutamente mexicano, hizo que la gente me quisiera desde mi llegada al club.

Hiciste historia con eso de celebrar tus goles imitando a los personajes de Chespirito.
Fue algo que se me ocurrió producto de lo que me hablaban los amigos que dejé en Chile. Ellos y yo habíamos crecido viendo El Chavo del Ocho o El Chapulín Colorado y tanto me hablaban y preguntaban por Chespirito que un día se me ocurrió celebrar un gol de esa forma. El hecho causó tanto impacto que después hasta la televisión mexicana se preguntaba con la interpretación de cuál personaje iba a celebrar el gol siguiente. ¿Pero sabes? Creo que al final eso más me perjudicó que favoreció.

A ver, explícate…
Claro, porque la gente se acostumbró tanto a esa especie de bufonada que mis goles fueron pasando casi a segundo plano. En otras palabras, la celebración había pasado a ser más importante que el gol mismo, al cabo el objetivo máximo del fútbol. Cuando me di cuenta de eso, supe que nunca más celebraría de esa forma.

El hecho es que haces tan buenas campañas en el Atlante, que te compra el Tigres de Monterrey.
Sí. Fue en algo así como 3,8 millones de dólares. Pero ahí empezó mi peregrinar. Al equipo no le fue bien ese primer campeonato y en México se estila mucho eso de que, entrenador que llega a un club, lo hace con toda su gente. En lo personal mal no me había ido, pero el nuevo técnico decidió que todos los extranjeros del equipo debíamos partir. Me mandaron a jugar por los Tiburones de Veracruz, lo que fue un completo desastre. Recuerdo que en México hasta hice una pretemporada con San Lorenzo de Almagro y el técnico, Ramón Díaz, me quiso, pero el club, que seguía siendo el dueño de mi pase, se negó. Ahí partí a préstamo a Olimpo de Bahía Blanca. Por supuesto, no era Boca, no era River, pero al menos cumplía mi sueño de jugar en Argentina. ¿Sabes con quién compartí habitación en las concentraciones? Con el Mono Navarro Montoya, arquero de Boca en esa historiada semifinal de la Copa Libertadores contra Colo Colo, campaña que yo, de 12 años, seguí partido a partido, metido en la Garra Blanca.

¿Y hablaste con él acerca de ese partido?
Uf, muchas veces. Yo lo bromeaba con el resultado, con el perro que lo mordió durante la trifulca que se armó. Él se mataba de la risa. Gran persona el Mono…

Recién en 2009 quedas con el pase en tu poder.
Tras Olimpo, el Tigres me mandó a préstamo al Tecos y luego al León. Yo ya estaba harto de andar como gitano, sin saber a qué club me iría y a qué nueva ciudad me iba a tener que adaptar. Entro en conflicto con el Tigres. Me presentó a entrenar y no me dejan. Al día siguiente, lo mismo. Al tercer día concurrí con un notario, para que certificara lo que estaba pasando. Los demando por incumplimiento de contrato y me vengo a Colo Colo, llamado por Barticciotto, que había asumido la dirección técnica. No estaba bien ni física ni mentalmente, pero me alcanzó para anotar contra Palmeiras en Brasil, por la Copa Libertadores. La FIFA, que me había dado un permiso provisorio para jugar, dictaminó luego que yo quedaba libre. Aparte, a Tigres le gané el juicio, pero recurriendo a toda clase de trampas al final me pagaron la décima parte de lo que me habría correspondido.

Tras ese medio año en Colo Colo, Chamagol se va a jugar a Chipre, por el APOP Kinyrias Peyias. Luego vuelve a México, después va a Bolivia donde es bicampeón con The Strongest y culmina su periplo jugando en Venezuela, por el Caracas. El presente lo sorprende en Palestino, preparando su retiro.

Dice: “No me puedo sentir frustrado. En el fútbol cumplí todos mis sueños, y si alguna vez lo pasé mal, fue por mis propias decisiones. No hay nada de qué reprocharse. Jugué en Colo Colo, fui llamado a la Selección y me di el gusto incluso de jugar en Copa Libertadores y una Copa de la UEFA cuando estuve en Chipre. Hasta anoté un gol clave contra el Rapid de Viena. ¿Cuántos miles de niños que soñaron con ser futbolistas no lograron ni siquiera la mitad de lo que yo conseguí? Por eso digo que, cuando cuelgue los botines, me iré feliz. No me arrepiento de nada de lo que viví. Y, por supuesto, no cambiaría nada de lo que fue mi vida en una cancha de fútbol”.

 

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