Columna de Colo Colo: Íconos

"El ídolo tiene ese algo... Su figura trasciende y toca también a los rivales, provocando respeto, odio, admiración, envidia", dice Álvaro Campos.

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Paredes se transformó en un ícono de Colo Colo, según Álvaro Campos. / Agencia Uno.

Por Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

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@ColoColodeTodos

En la tradición ortodoxa, los íconos se caracterizan por acatar estrictamente la misma forma de elaboración. No hay espacio para genios, porque los miguelángeles y los leonardos deben ceñirse a un estilo rígido que se basa precisamente en eso, en evitar que destaque el artista por sobre aquello que debe representar, lo que debe trascender por encima de todo.

En tiempos de imágenes, el sentido de ellas se pierde en la torre de Babel publicitaria y noticiosa. Un argentino escucha con atención durante un funeral. Un chileno escucha con atención durante un funeral. Entre ambas fotos, todos los mundos de distancia que separan a Ernesto Guevara y Augusto Pinochet.

Qué significa uno, qué significa el otro. Qué significa Marilyn Monroe con su falda blanca llegando a la altura de su sonrisa. Qué representa Elvis. La imagen más potente agarra un significado que ni el mismo dueño original controla ni decide. Nuestra bandera ajada después del terremoto en las manos de un tipo cualquiera.

Pedro de Valdivia con Providencia, bajando las escaleras, la primera tienda a mano derecha. Polera negra. El blanco dibuja una cara en alto contraste. Podría ser cualquiera salvo por dos cosas. Su bigote. Un número 9. Carlos Humberto el Chino Caszely profesión ídolo.

Caszely es un póster caminando. Esteban Paredes, cara llena de gol, tatuajes, visos, flaitería, también lo era. Arellano, por supuesto. Rostros que impactan. Símbolos en una simbología difícil de determinar, escondida detrás de lo evidente.

El ídolo tiene ese algo. No es hacer goles ni atajar penales. Cómo explicarlo. Su figura trasciende y toca también a los rivales, provocando respeto, odio, admiración, envidia. Cuenta la leyenda que el Cid ganó su última batalla estando muerto. Sus enemigos llegaron esperando una masacre fácil, pero al héroe sus tropas lo afirmaron con estacas y lo amarraron arriba de su caballo, cubriendo todo el armatoste con su roja capa. Lo vieron vivo, inmortal, desmintiendo rumores, y se rindieron antes de luchar.

Muchas veces la estrella es más grande que el equipo. Pelé era más grande que el Santos. Bueno, es más grande que todos, sin necesidad de ir a un palco a robar cámara para que sigan hablando de él. En la época del Audax de Raúl Toro (qué injusto que nunca hayan salido campeones) había niños floridanos que se acercaban al Bicentenario para ver al Piña jugar. Muchos se habrán hecho hinchas para toda la vida. Hay jugadores que conquistan, que evangelizan. Rozental hizo cruzada a una generación entera. Bochini en Independiente. Éric Cantona en el Manchester, Maldini en el Milan, Totti en la Roma. En Liverpool Steven Gerrard vivió, jugó, ganó finales de telenovela y hasta se casó y tuvo hijos con una mujer de la ciudad. El Barça se hace de hinchas televisivos alrededor del mundo bajo el hechizo de un Hristo Stoichkov, un Romario un Ronaldo, un Rivaldo, un Ronaldinho, un Messi. No hay límites: en Chile la idolatría por Marcelo Salas hizo que muchos se hicieran hinchas de un equipo sin historia, sin estadio y de segunda, como Unión Temuco.

Cuando era chico, no se podía ver el color de las paredes en mi pieza. Los pósters, afiches, banderas, banderines, tapaban cada centímetro. Era un iconostasio.

Ahora Carlos Múñoz es la figura del equipo, Mena el regalón de la hinchada, Vecchio el más talentoso. Pero… cómo decirlo con tacto. No son ídolos en el sentido más estricto de la palabra, porque les podemos tener cariño y hasta admiración, pero no los podemos adorar como dioses paganos, que es lo que a los humanos nos encanta hacer desde que caminamos en dos piernas. No son íconos que representen significados que los trasciendan.

Y los necesitamos, muchachos. El domingo un estadio de la capital que no es nuestro Monumental va a vivir una jornada memorable, y el lunes en la mañana los diarios van a mostrar al héroe gritando su gol, al capitán besando una copa que se va a quedar en Independencia o en Apoquindo. Grabarán sus nombres en la historia grande y llegarán a viejos recibiendo palmotazos en la espalda por ese golazo, por esa alegría. Unos pocos pasarán a ser ídolos con mayúscula en su club. El Coto Sierra puede convertirse en algo inalcanzable.

En serio, los necesitamos. Qué hacemos con estas flores que se nos marchitan en la casa porque no tenemos altares donde ir a rendirle tributo a nadie. Cómo no lo ven. Tenemos pósters de tamaño gigante esperando sus caras para estar completos. Tatuajes esperando su celebración de gol para quedar en la piel. Millones de portadas esperando la espalda ancha de la figura mesiánica que llegue a continuar la dinastía. ¿Qué título tendría la segunda parte de “De David a Chamaco” si lo editaran el próximo año? ¿Quién estará ahí el 2025?

Ya que estamos en medio de una pretemporada cruelmente adelantada, sepan entrenadores, jugadores que se queden, jugadores que lleguen: hay un altar esperando que llegue el indicado a llenar el vacío y ponerse esa camiseta, una que pesa todavía más que la del Cacique por sí misma. ¿Quién se atreve a intentarlo?

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