Columna de Colo Colo: Primera mayoría

Conseguimos reformas que nos hacen sentir orgullosos, más allá de que si uno las piensa fríamente son de una justicia tan obvia y elemental que apenas son un empate.

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“En Colo Colo Comienza, desde el pitazo final, un nuevo ciclo que espera entrenador y refuerzos para agarrar vuelo”

Por Álvaro Camos Q.

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

FB Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

Termínelo, profe. Los hinchas del Rojo (felicitaciones, muchachos) esperan ansiosos el pitazo final para quedarse con su merecido título. Nosotros también queríamos que terminara, pero para bajar de una vez por todas el telón de una temporada nefasta. Ni siquiera tuvimos el dramatismo de una eliminación en play-offs, nos tuvimos que ir apagando de a poquito, asentando semana a semana la certeza de que no llegábamos a pelear arriba.

Bueno, ya está. Se terminó. Comienza, desde el pitazo final, un nuevo ciclo que espera entrenador y refuerzos para agarrar vuelo.

No es ninguna sorpresa: las verdaderas razones de que a algunos la derrota del domingo no nos doliera tanto no solo fue su poca emoción, sino también el triunfazo del día anterior.

La asamblea de socios para mí comenzó el viernes en la noche. 1 de la mañana en 10 de Julio. Sábado, técnicamente. Un amplificador demasiado grande para estar botado en silencio en mi casa iba en el maletero de mi auto y algún bache en el pavimento hizo que mi rueda se pinchara y reaccionara como el plantel a los 60 minutos de cualquier partido.

Llegué arrastrándome a la bomba de Santa Rosa donde iba a echarle bencina. No tenía gata para poner la rueda de repuesto. Hacía mucho frío. Averigüé por ahí. Dejamos el auto y nos fuimos caminando a la casa de mi polola, entumidos. Cuento corto, al otro día con la ayuda de mi hermana y el gran Ricardo Benavente pude enviar el ampli primero y llegar yo media hora después a mi casa: el Estadio Monumental David Arellano.

Fumábamos. Teníamos hambre. El sonido estaba pulento para transmitir a los cerca de 70 socios beneficiarios que nos enterábamos vía streaming de lo que pasaba adentro con los socios activos, pero los juguetes tecnológicos fallaban en dar una transm que no se cort a cad rat.

Fue lindo. En Colo-Colo de Todos lo sentimos como un golazo para sacarse la camiseta y colgarse del alambrado. Conseguimos reformas que nos hacen sentir orgullosos, más allá de que si uno las piensa fríamente son de una justicia tan obvia y elemental que apenas son un empate, o un descuento. Igual fue golazo. El cambio de estatutos y la amnistía nos tienen ansiosos del club que vendrá.

Antes para ser presidente había que ser director. Para hacerse socio había que pagar todo el año por adelantado y pasar a una absurda condición de beneficiario (con las cuotas hacia Blanco y Negro en vez del Club Social), sin derecho a voz ni voto por 2 largos años.

Nos abrieron las puertas. Literalmente hablando. Entramos cantando. Adentro, en el calorcito del hall había una mesa con café y galletas que me sentí tentado de asaltar como un poseso, como un zombie comiendo carne humana. Pero sonó el himno por los parlantes y supe que era mejor vivir a concho un momento que recordaría toda la vida.

Nuestros compañeros que ya estaban adentro nos abrazaban y nos daban la bienvenida al club. Barti daba declaraciones ante un cerro de cámaras y poco importaba dónde estaban durmiendo cómodamente el resto de los exjugadores que desoyen el llamado de la historia.

Tuve que redactar a la rápida el comunicado con que anunciamos en nuestra página los cambios que la asamblea traía consigo. Terminamos justo a tiempo para saber los resultados de la elección del Tricel. Nuestros tres candidatos habían ocupados las tres primeras mayorías. No podíamos, de momento, pedirle nada más a nadie.

Cristián Varela, el peor presidente de los 88 años de historia de Colo-Colo, nos acostumbró a la trampa y al engaño, a la mariconada. Tenemos siempre la guardia arriba, esperando lo peor, pero hay que dársela a Labán. Es cierto que los socios no lo eligieron y que volvió al club por la ventana, a la mala, después de 10 años de no pagar cuotas de socio. También es cierto que, pese a su discurso oficial, en la junta de accionistas va y aprueba la gestión de Blanco y Negro, dejando a todos la sensación de ser una chapita de dos caras, un maricón sonriente. Pero el sábado en la mañana el club dio un gran paso. Algunos dirían que no hizo más que lo que le correspondía hacer. Es cierto, aunque muchas veces los grandes actos heroicos no son más que eso.

Trato de esquivar hoyos por Pedro de Valdivia, porque llevo a 2 pasajeros y un amplificador que pesa más que el auto. Pablo Acchiardi va sentado atrás. Ha sido un buen año para Pablo, el historiador. Se casó con la hermosa Lorena. Los socios de Colo-Colo lo honraron con la primera mayoría en una elección que lo demostró prenda de garantía de un Tricel digno, para elecciones esta vez sí limpias. Un tipo tranquilo, confiable, serio.

Yo, mezquino, picota, comento que me da lata que el oficialismo, un nudo de impericia y anacronismo, se vista ahora con los ropajes de un triunfo que no le pertenece. No impulsaron los cambios, más bien sucedieron a pesar de ellos.

Pablo me dice que no hay que olvidar que nuestro movimiento no es un fin, sino un medio. Que el fin es Colo-Colo. Cuánta razón tiene. No lo interrumpo. Que los cambios que establecimos hoy traen un club más inclusivo, más abierto y que eso va a quedar para el futuro. Hoy Colo-Colo creció.

Vive a una cuadra de mi casa y antes de bajarse, me huevea con fingida petulancia diciendo que le tengo que dedicar una columna. Ya fuera del auto, acerca su cara sonriente a la ventana, cuyo vidrio dejó abierto, y me sugiere el título.

 

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