Columna de Colo Colo: (No) Fumar

En el Monumental donde aprendí desde muy chico la regla dorada del no-fumador: no importa a qué lado te pongas, el humo siempre va hacia ti.

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Ya no se puede fumar en los estadios y hay gente que sufre por eso. / Agencia Uno.

Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

FB de Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

Jason Silva está recostado sobre la izquierda, frente a la banca alba. Recibe incómodo y está entre tres negros. Pica la pelota hacia afuera y quiebra hacia adentro, eludiendo a dos de tres en dirección al banderín del córner, pero logra meterse hasta la línea de fondo. Jugó bien Jason y así se lo grité, no sé lo que dijo la prensa porque ni me molesté en leer lo que se escribió tras la derrota de local contra un equipo de segunda, pero encaró, buscó y pareció superar su nerviosismo.

Yo no supero el mío. El avance de Silva es otra promesa de gol, todavía hay tiempo y ganas para darlo vuelta. Golpean asientos algunos y garabatea la gran mayoría ante cada pelota perdida. Son varias, demasiadas. La ansiedad es una costura que se revienta. Que alguien por favor me pase fuego.

Mi viejo se definía como un fumador social, aunque más preciso hubiera sido definirlo como un fumador social-y-de-estadio. Fue en el Monumental donde aprendí desde muy chico la regla dorada del no-fumador: no importa a qué lado te pongas, el humo siempre va hacia ti. Una vez hasta intercambiamos de puesto pero no hubo caso.

Los tiempos han cambiado y el equipo de los fumadores pasó de ser mayoría a una minoría vandálica. El cambio de reglas del juego ya me hacía esconder los encendedores en el zapato para que no me los quiten en el acceso y pedirle permiso a cada espectador a mi redonda antes de encender un cigarrito. Pero ahora ni siquiera se puede. Qué crueldad.

Soy ecuánime: si el gobierno no promoviera este tipo de leyes también lo acusaría de estar a sueldo de las tabacaleras. Por otro lado, a estas alturas del siglo veintiuno es imposible desentenderse de los peligros del tabaco. No puedo evitar saber que todas estas prohibiciones están en lo correcto y el equivocado es uno. Pero igual.

Segundo tiempo del Colo-Colo–Audax de cuartos de final del Clausura 2012. Estábamos varios de pie bien cerca de la banca visitante y yo no podía dejar de moverme. Hay niveles de tensión insoportables.

Para el partido homenaje a Roberto Cóndor Rojas un niño que lo idolatró y que hoy está casado, se vistió con su réplica celeste del ’86 pese a su evidente estado gripal y a que había pasado el día en cama. De todos modos, al finalizar el primer tiempo salimos a nuestro humeante recreo.

El entretiempo se llena de gente afuera del estadio, fumando mientras se reconoce y se saluda. Es cómico que la única instancia de compartir que se da en las instalaciones del Club Social sea a partir de una restricción.

Pero eso tenemos. Hay una característica bien bonita y poco comentada sobre el cigarrillo: crea camaradería. Nos pedimos fuego afuera de los edificios, nos damos puchos sin llevar la cuenta, nos paramos en silencio al lado de desconocidos y estamos en la misma sintonía.

El resto de la gente nos sigue a los balcones en las fiestas, y terminan todos carreteando ahí, para desgracia de los vecinos que tienen que escuchar todas las conversaciones y risas que deberían suceder en el living.

Reconozco a Simón Sánchez, el bajista de los Ases Falsos, ex-Fother Muckers, entre la cincuentena de participantes de esta improvisada sede social coronada por el busto del Cacique. Me acerco a él, le pido una foto, lo felicito por su gran trabajo y le digo algo cierto: que son lejos la mejor banda que ha habido en Chile en los últimos 15 años.

Lo ideal sería contar con lugares establecidos para este tipo de intercambios. Colo-Colo de Todos ya está organizando un nuevo Trueque Colocolino, otro intento por construir este club desde abajo.

Mientras, entre los exiliados de la nicotina nos juntamos. Un amigo dice que en el estadio fuma más que maricón celoso. Lo entiendo. Nos entendemos. Los no-fumadores no nos entienden y no tienen por qué hacerlo. El fútbol mismo me ha enseñado a saberme un adicto incomprendido, un ansioso cuya tranquilidad nunca llega del todo.

Que los sanos, los funcionales, los maduros se hagan del mundo. Me quedo con la primera calada y su sabor antiguo que se va en volutas lentas, dibujando caprichos, y con las alegrías de cada gol, que se pierden en la memoria de forma similar.

 

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