Columna de Colo Colo: Nunca es tarde

Pase, lea y disfrute la columna semanal del movimiento Colo Colo de Todos.

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Estadio Monumental de Colo Colo. / Agencia Uno.

Por Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

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@colocolodetodos

José Miguel se parece a Lafourcade en el tierno orgullo con que regala su libro. Es poeta y, al igual que el exjurado de Cuánto vale el show, le tiene cariño a su apellido, con el que firma su trabajo literario. En las lejanas cercanías de Buin su padre, un viejo parco, de pocas palabras, cascarrabias y maneras más bien toscas, mira en la tele los goles del Colo. Medio milico, adusto, viril, manos de trabajador, es caricaturesco que haya tenido un hijo artista, sensible, no-futbolero.

Para Corrales el fútbol era el murmullo de la tele durante los momentos de su infancia en que su papá posaba el aplastante silencio de su presencia en el living, o en la mesa del comedor, mientras lo ignoraba. Encontraba, como tanto ignorante por ahí, que Colo-Colo es sinónimo de chauvinismo y hasta de fascismo, así que le tenía rechazo.

Pero aquí estamos, somos cuatro y todos llevamos camisetas del Cacique, negra la del metalero Corrales. Vamos al clásico, su primer clásico. Superclásico. Primera vez que va al estadio. Tiene 28 y es incapaz de reconocer a más de 3 jugadores. En medio de la Garra Blanca, ignora los cánticos que nosotros hemos repetido por décadas. Es un turista. Más encima en la cancha nos hicieron cuatro.

Yo pensaba que su presencia era osada. De muchas formas, partiendo y concluyendo por su desinhibido sentido del humor, pudo haber terminado a coscachos dentro o fuera del estadio. Principalmente pensé que se iba a aburrir, como el día en que me toque llevar a algún hijo de 7 años que piense en la cordillera mientras me pregunta cuánto falta para que termine.

Pero Corrales me sorprende. Lo disfruta, se mete en el partido pese a la derrota, y le llama la atención la evidente diferencia entre ellos y nosotros, que éramos menos por decreto y sin embargo no dejamos nunca de cantar, ni siquiera cuando el estadio quedó vacío y había que esperar que nos abrieran las puertas. Lo encontró bacán, estar ahí. De vuelta a su departamento para una sesión urgente de pasar-las-penas me comentó que le gustó cómo cantábamos más que ellos, la pasión que había.

Me gusta pensar que lo evangelicé y que le empezó a vibrar en el pecho algo que ya estaba latente. Pero no es así. No todavía, al menos. Sí se define como un colocolino, y hasta recibió de regalo una camiseta negra con su apellido y, en vez de número, el signo (!) que adjunta a su apellido en sus libros.

Recuerdo este episodio a partir del tan comentado censo de hinchas que apareció profusamente en los medios. También, por supuesto, a partir de nuestra campaña de captación de socios. Queremos que se amnistíen los socios viejos y que se acerquen socios nuevos, para construir un club grande e inclusivo. No cabe empezar a discriminar a los que no saben tanto, a los que no estuvieron en tal o cual viaje, a los que no van al estadio. Hinchas de otros equipos critican a los albos ninguneándolos por eso de ser en su mayoría “de cartón”. A mí me gusta el cartón, me gusta el colocolino no-fanático. Por esa gente somos más que un equipo de un deporte particular, para convertirnos en un fenómeno sociológico, un patrimonio cultural, medulares en la conformación de nuestra identidad como país.

El veneno del fútbol seguirá avanzando por las venas de Corralito. Ya logramos convencerlo de que se sume a las pichangas de nuestro querido Helvecia 240, donde nos sorprendió a todos con un innato talento para el arco. Tampoco es Oliver Kahn.

Su segunda visita al estadio fue a un Monumental lleno (otra cosa) para el superclásico del paseo. Oquei, es clasiquero, y qué. La revancha de las goleadas recibidas vino con un zapatazo de Carlitos Muñoz que es para verlo mil veces. Tampoco hay que apurarlo: no se fue hablando del gol, ni del gesto con que Pancho Prieto le recordaba a Herrera sus privadas aficiones: se fue hablando de Yajaira, la rubia teñida que se le posaba en el hombro para ver mejor, y lo trataba de usted para pedirle disculpas.

Pero el verdadero final feliz de la historia sucede al principio, y no está en el pasto de nuestro Monumental ni en el de nuestro Nacional. Está antes del primer partido, en el pavimento del estacionamiento de las torres de Carlos Antúnez, donde me cuentan lo que había pasado antes de que llegara a buscarlos, atrasado como siempre llego a los lugares. Me dijeron que su papá le había dicho por teléfono que no podía creer que estuviera yendo al estadio. Le dijo que estaba orgulloso, y feliz de poder por fin compartir esto con él.

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