Columna de Colo Colo: Hinchas nuevos

¿En qué momento el fútbol dejó de ser un deporte de fraternidad...?, dice José Miguel Sanhueza.

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Curicó estuvo en el centro de la polémica por estos carteles. / Agencia Uno.

José Miguel Sanhueza

@albohemio

Columna del Movimiento Colo Colo de Todos

FB Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

O’Higgins de Rancagua nunca ha sido un club que me caiga bien. Me parecen unos “nuevos ricos”, que por un par de buenas campañas se sienten grandes. Ni a palos son “el Capo de Provincia”: al menos Cobreloa y Wanderers les ganan con claridad en gente y en laureles. Aún recuerdo un partido contra nosotros en el que su hinchada dedicó un estruendosa pifia a Diego Olate (uno de los múltiples “aciertos” de la concesionaria Blanco y Negro, por cierto) por cometer la “traición” de venirse a jugar al más grande y más popular de Chile.

Sin embargo, aquel día de febrero la noticia de los hinchas de O’Higgins muertos en la carretera remeció profundamente mi corazón. Y no sólo el mío. La pena por los 16 muchachos fallecidos por ir a alentar a su equipo movilizó a toda una ciudad, y no sólo eso, movilizó también el apoyo y cariño transversal del hincha, que en todas las canchas del país hizo minutos de silencio y los respetó (cosa rara), mostró mensajes de apoyo y en general se cuadró con el dolor del pueblo rancagüino.

A pesar de eso, el fin de semana vimos la bochornosa escena de un puñado de hinchas de Curicó Unido (no juzgaremos a toda su hinchada, así como nosotros no queremos ser juzgados por aquellos a quienes la dirigencia antes les pagaba renegando de ellos hoy) festinando con aquella terrible desgracia. La lamentable escena de los curicanos representó un muy contundente corolario a un día básicamente aburrido y lleno de burlas fomes y reiterativas en las redes sociales sobre un nuevo aniversario de la muerte de Raimundo Tupper, emergente jugador de la Católica que no pudo más con la depresión y con vaya a saber uno qué angustias y desengaños.

¿En qué momento el ser futbolero se transformó en eso? ¿En qué momento el fútbol dejó de ser un deporte de fraternidad, donde las rivalidades podían ser apasionadas, incluso llenas de insultos dentro de la cancha, pero a la salida se podía compartir una cerveza o un asado tranquilamente? ¿En qué momento empezamos a odiarnos?

El sociólogo Eduardo Santa Cruz en su muy recomendable artículo “Fútbol y nacionalismo de mercado en el Chile actual” plantea que el fútbol fue importante en la penetración social y cultural del modelo neoliberal, pues encarnó culturalmente la idea de que había que ganar a cualquier costo, que el fin justificaba los medios. Si se suma un contexto de dictadura, donde la violencia y la represión son parte de la vida, el límite entre los medios correctos e incorrectos se vuelve cada vez más difuso. Así nacen buena parte de los negros incidentes del fútbol en los ochenta: las nacientes barras bravas eran la forma en la que Chile sería un escenario hostil para así aumentar las chances de ganar en nuestra cancha, los pasaportes falsos era la forma en que seríamos más vivos que los rioplatenses que siempre hacían lo mismo, incluso el bengalazo del Cóndor no se explica sin la idea de que la única forma de ganar era ser más vivos que una FIFA que nos había perjudicado mandándonos a Mendoza. Ninguna de estas cosas se entiende fuera del marco de esta nueva ética neoliberal.

¿Por qué hablar de todo esto en un espacio destinado a hablar de Colo Colo? ¿Por qué malgastar este espacio? Quizá una razón es que no se puede hablar de un problema en el fútbol chileno y pensar que no se manifiesta, de alguna forma, en Colo Colo. Así como al revés, no se puede hablar de Colo Colo pensando que lo que nos ocurra nos afecta sólo a nosotros y no al resto del fútbol nacional.

Pero hay otra razón. Y es que esto no se trata solamente de cambiar una administración. No se trata solamente de botar una concesionaria. Ni siquiera se trata solamente de hacer de Colo Colo un fin en sí mismo y no un medio para enriquecerse o proyectarse hacia la elección más cercana. Se trata de fundar una ética nueva, una cosmovisión nueva, que rescate la esencia histórica que nos legaron los Arellano y compañía pero no simplemente para recordarla con nostalgia, sino para reapropiarla creativamente para nuestro tiempo.

Una ética que no se trata de no querer ganar, no se trata de no guapear ni meter la pierna cuando sea necesario (los primeros Colo Colo-Magallanes no eran precisamente paseos por el parque), no se trata de no querer ser siempre los mejores. Pero sí se trata de entender que un club solamente es club cuando genera lazos, cuando es un espacio de fraternidad, de solidaridad, de colaboración. Cuando es un espacio en el que a pesar de los rigores de la vida cada uno de nosotros se sienta “el mejor amigo, el más admirado, el más querido”, como decía Ricardo Darín en la maravillosa película Luna de Avellaneda.

Al rival hay que ganarle, hay que hacerle goles, hay que gambetearle, y si el partido lo demanda también hay que pegarle. Pero, ¿por qué odiarlo? Me encantaría ver en todos los clubes levantarse filiales y agrupaciones organizadas de socios e hinchas, que trasciendan lo barrístico, que se hagan cargo de construir sus clubes y hacerse partícipes de lo que estos son. Me encantaría ver en todos lados la fraternidad, la solidaridad y la colaboración que los colocolinos estamos recién, desde las cenizas, comenzando a construir. Prediquemos, pues, con el ejemplo.

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