Columna de Colo Colo: A los ojos

Te quise decir algo, pero no supe qué. Una palabra de aliento, una sonrisa, un pulgar arriba, algo que te levantara porque te vi destrozado", partió diciendo Álvaro Campos.

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Imagen foto_0000000120130829165706.jpgAgencia Uno

Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

FB de Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

Te quise decir algo, pero no supe qué. Una palabra de aliento, una sonrisa, un pulgar arriba, algo que te levantara porque te vi destrozado. Quizás un palmoteo en la espalda, pero cuando atiné ya habías pasado por los escalones, subiendo detrás de tu papá, después de preguntarle por qué se iban tan temprano.

Yo no tengo hijos y si fueras hijo mío me gustaría enseñarte que al equipo hay que alentarlo hasta el pitazo final, un poco por tenerle una fe ciega y principalmente porque hay que amarrarse al mástil, hundirse con el barco, morir con las botas puestas.

No quiero hablarte de muerte. La televisión muestra un conflicto bélico en Siria y revisa imágenes sobre cosas que pasaron aquí hace 40 años. Tú eres muy chico. ¿Qué edad tienes? ¿Cinco? ¿Siete?

No tienes registro de ver a Colo-Colo ser campeón. Me cuesta imaginarlo. Cuando te hablan de las grandes hazañas del Cacique, para ti es algo antiguo, es algo mítico, es el Conejo de Pascua. No te voy a explicar nuestra historia porque toda tu familia ya te debe haber hablado de David Arellano, de la Libertadores, de Caszely, de Barti, del de-atrás-pica-el-Indio. Pero tú ni siquiera viste al equipo de Borghi. Tu única realidad es la de una oncena que en este último tiempo se arrastra a duras penas por las canchas carente de espíritu, como tu uniforme después de cambiarte de ropa al llegar a la casa: sin contenido, un puro relleno.

En realidad, tal vez tu papá hizo bien: te estaba cuidando y quería que el viaje de vuelta fuera expedito y pacífico. Los padres de familia piensan en esas cosas, por eso se compran autos grandes y tienen toda su casa a prueba de niños.

Allá en el estadio, cuando se cruzaron por mi vista tapándome la cancha (no te preocupes, no me perdí de mucho) pensé que era un pecho frío, un mal hincha. Horas después veo que hizo lo correcto.

De otro modo, no hubiera tenido que ir de vuelta explicándote la cruda realidad de nuestra eliminación en un torneo internacional, y de lo lejos que estamos de volver a ser el equipo que él conoce y tú no. Hubiera tenido que explicarte realidades mucho más crudas.

Le hubieras preguntado por qué había tantos carabineros en el hall central del estadio. También te hubiera llamado la atención los empujones con los que empezaron a sacar a la gente que no hacía nada más que cantar. Empujones y patadas cortas, tal como las que ves en el patio del recreo, aunque esta vez no eran entre iguales.

Tal vez te hubiera dicho una mentira piadosa para tranquilizarte, y para que no tengas miedo de volver a la que será tu casa para siempre. De lo contrario, te tendría que decir que hay momentos en que simplemente los Carabineros de Chile se convierten en pacos culiaos. Que los tienen de guardias de seguridad de eventos privados y están siempre encargados de cuidar a los poderosos y reprimir a los que manifiestan su desacuerdo.

Pero también te diría que la cosa no era con ellos. Te imagino en el auto, o en el metro, de vuelta, preguntando qué es “Blanco y Negro la concha de su madre” y por qué la gente les cantaba “fuera de Colo-Colo, que no los quiere nadie”. Quién es Raúl Labán y por qué resulta tan poco creíble en su postura comunicacional. Qué es El Pueblo, y por qué quiere que se vaya Blanco y Negro.

No es fácil contarle esas cosas a alguien como tú. Mejor sería preguntarte cuál es tu jugador favorito o cuál fue el gol que más te gustó. Si te gusta el estadio, si lo encuentras bonito. Si eres bueno para la pelota, de qué te gusta jugar.

Ya llegará el tiempo de hablar de hombre a hombre. Te vas a ir convirtiendo en uno precisamente así: tomando partido por las cosas. Eligiendo caminos, abriéndote paso por ellos sin saber bien dónde te llevan.

No va a ser necesario que en el colegio te hagan leer El Quijote para que entiendas la expresión de luchar contra molinos de viento. Eso es lo que hacemos los socios de Colo-Colo. Nos estamos poniendo de pie y juntándonos para enfrentarnos a gente que nos ha hecho mucho daño, porque nos robó algo que sentimos muy dentro del corazón. Somos soñadores, cerramos los ojos y vemos un futuro en que el Club sea de sus verdaderos dueños: la gente que lo quiere y sufre por él en noches como la de hoy, que nos tiene a varios sin poder dormir, desvelados en un insomnio imposible de entender para los que no sienten esta pasión.

Mañana vuelves al colegio. Los compañeros de otros equipos te van a estar esperando para molestarte y tal vez no sepas qué responder. No hay mucho que decir. Calla. Déjalos. Te prometo que el que ríe al último ríe mejor y tú vas a reír toda la vida.

Pero ambos tendremos que tener paciencia, porque es un largo camino. La mala racha puede durar décadas, pero da lo mismo. Que tu papá sea socio. Sé socio tú también. Me gusta pensar que un día lejano en una asamblea de Colo-Colo nos volveremos a mirar fijo a los ojos. Ninguno de los dos reconocerá al otro. Yo, porque tú vas a haber cambiado mucho. Tú, porque el momento fue fugaz y ya quedó atrás en el vértigo de las imágenes nuevas que te bombardean día y noche, brillantes, coloridas, parpadeantes.

 

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