Columna de Colo Colo: El pueblo

Álvaro Campos habla de la crisis que vive el conjunto albo. Lee la columna de Colo Colo de Todos.

Por

 

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Agencia Uno

Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

FB de Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

-¿Cómo lo están pasando?

-Bueno, en realidad somos una multitud compuesta por variadas individualidades, por lo que sería difícil dar con una respuesta que deje constancia de cada uno de nuestros estados de ánimo particulares.

El Pueblo tiene su propio idioma. Es un animal distinto: como la mano al cerrarse se transforma en un puño, el hombre al unirse en una multitud pasa a ser un mero componente de otro ser vivo, otro animal que tal vez sea humano, pero ya es diferente.

El Pueblo es como un niño en varios aspectos. Es necio, terco, caprichoso, violento ante la frustración, salvaje cuando está contento, incapaz de articular un discurso complejo.

“Sí”, “hueón-hueón” o “no nos vamos ni cagando”, el repertorio no es muy amplio a la hora de comunicarse. Los cánticos amplían el vocabulario de este animalito, pero no es suficiente, su naturaleza es el monosílabo, la palabra suelta que se repite hasta el cansancio,  las dos frases que riman.

Es, como todo niño, una bestia oscura y peligrosa. Hay crueldad en él. El Pueblo chileno nos dio el Monstruo, un sádico subproducto de la Dictadura, una versión televisable de la sed de sangre, de la supremacía de la fuerza.

La Quinta Vergara también muestra cómo quiere esta criatura, con qué tesón es capaz de aferrarse a sus cariños. Cuando el Flaco Dinamita la conquista, nadie ni nada puede romper ese vínculo. Claro, algunos desprecian sus sentimientos, porque el Pueblo ama a tipos como Marco Antonio Solis, o Ricardo Arjona, dejando de lado a artistas supuestamente más elevados, para paladares más refinados. Tampoco es tan así, Los Jaivas pueden dar fe de aquello.

Si el Pueblo fuera un niño, habría que decir que el chileno es un niño abusado. Hay marcas y cicatrices en su espalda, hay un dolor en sus ojos que nunca se fue. Cien veces violentado, hoy desconfía. Aunque los noticiarios muestren que sigue siendo fácil engañarlo, recibe casi por instinto una información genética de derechos pisoteados, de voces hechas callar, de helicópteros volando a la altura de los árboles para dispararles a los pobladores en defensa del auto del Comandante en Jefe.

No quieren escucharlo y les da miedo sentarlo a la mesa, donde come la gente decente y habla de política después del postre, con un vocabulario que ha terminado por lograr que la palabra Pueblo suene mal, demasiado izquierdosa y trasnochada. ¿Cambios en la Constitución? ¿Voto voluntario? ¿Y dejar que ese energúmeno arruine la democracia, rompiéndolo todo con sus manitos de hacha? ¿Enseñarle a leer a la bestia escondida en el patio de atrás?

La discusión política de hoy tiene en gran parte que ver con esa arista. Con que los tecnócratas y expertos y MBAs le presten el micrófono a los que no quieren que haya una hidroeléctrica aquí, ni que cierren un colegio acá, ni que empresarios ineptos y malintencionados destruyan uno de los tesoros más preciados del Pueblo: el equipo de fútbol al cual decidió amarrar su corazón.

Para mí Colo-Colo y el Pueblo son casi lo mismo, y eso es un arma de doble filo. No se puede dialogar con millones, ni siquiera con miles. Además, estamos ahí, envueltos en papel de regalo para el populismo, del color que sea. En todo el mundo ha sido así con los clubes populares, que el caudillo de turno entiende que ésa es la llave que abre la cerradura. En Chile está más patente el caso de Pinochet que mintió y prometió, y nuestros rivales lo sacan en cara aunque ya tengan claro que el estadio no lo hizo él. Pero detrás aparece la figura de Allende. Detrás de él, Ibáñez del Campo posando de capa junto al plantel de honor. No sé quién es nuestro Perón local, pero sí sé que Piñera intentó ser nuestro Macri local. Se hace difícil querer al Pueblo cuando se hace difícil respetarlo.

Mafalda decía que amaba a la humanidad, pero que no soportaba a la gente. A nuestro Club se está acercando, por fin, el Pueblo consciente de su lugar histórico, a tomar las riendas de los destinos de la institución. También está llegando una tropa de indeseables, de tipos que no entienden argumentos, que discutirán en asambleas de socios que el equipo no moja la camiseta, que dejarán de pagar sus cuotas en un par de meses, que se sentirán en su derecho de cruzarse de brazos y exigir lo imposible.

Da igual, con su estupidez, con su atolondramiento, con su credulidad, el Pueblo, que es humanidad pero también es gente, está golpeando las puertas para tomar su sitial. Hay que quererlo como se quiere a un niño. El amor también es irreflexivo como él, también es una fuerza indomable de la naturaleza. Mientras un niño se encariña caprichosamente con nuestros colores, se solidifica una verdad ancestral: Colo-Colo nos pertenece porque ni siquiera es del Pueblo: Colo-Colo es el Pueblo.

 

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