Columna de Colo Colo: La fiesta

"La Selección es una fiesta, y como toda fiesta, resulta invasiva. Ahora ya se acabó y los visitantes de nuestro modesto planeta futbolero vuelven a sus cosas", dice Álvaro Campos.

Por

 

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Agencia Uno

Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

FB de Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

Las dueñas de casa limpian las mesas mientras retumban en el ambiente las risotadas de la velada que acaba de terminar. Ceniceros llenos, conchos de combinados, cotillón en el momento exacto en que pasa de ser decoración a ser basura.

La fiesta ha terminado. Las mascotas vuelven después de estar amarradas para no perturbar a los hijos de las visitas. Se estacionan autos ahora que ya se fueron todos. Se apaga la tele, o simplemente se le baja el volumen y se pone de vuelta en algún canal que no transmita fútbol sin parar.

La Selección es una fiesta, y como toda fiesta, resulta invasiva. Ahora ya se acabó y los visitantes de nuestro modesto planeta futbolero vuelven a sus cosas. Se llevan consigo la samba del Mundial que se aproxima, las promotoras de los supermercados con sombreros de tres puntas tricolores, los delantales parrilleros del barrio Meiggs. Felpeamos a los venezolanos el viernes, y el martes les plantamos cara a los campeones del mundo: sonrisas, orgullo, chileno-de-corazón.

En materia de análisis, hace tiempo que las mujeres superaron el comentario sobre lo minoco que es tal o cual jugador (rival, probablemente, la Naturaleza no nos premió), aunque están lejos de dar el brinco desde el lugar común. “Ay, que son malos los chilenos” dirán algunas, que estarán casadas con algunos que opinarán lo mismo, apurando la cerveza y el choripán, cuando las cosas salgan mal.

Les tengo cariño a los hinchas ocasionales. No los considero de segunda clase, pero siempre es un gusto cuando se van y quedamos nosotros: los de verdad. Ser “de verdad”, no puedo repetirlo lo suficiente, no es ningún orgullo. Es estar loco de verdad. Es sufrir de verdad. Es ser disfuncional de verdad. Es tener problemas de verdad. La Roja de Todos es el Festival de Viña, el Dieciocho, la Teletón, las elecciones: eventos masivos que nos aúnan, sin distinciones, y a nadie le piden en la entrada su certificado de experto en fútbol, o en música, o en métodos empresariales para evadir impuestos y descontar por planilla lavando la imagen.

Llévense la algarabía, muchachos. Los que quemaron al Bichi en la parrilla del doble estándar, los que amaron odiar a Valdivia para volver a quererlo ahora. Los que hablan condescendientemente de los niños (que son adultos) que malgastan su plata (como si ellos la invirtieran mejor endeudándose en las multitiendas para viajar a verlos jugar). Ese gil que puteando a Alexis en el partido contra Bolivia gritó “¡este hueón es más malo que el Chupete!”.

No necesitamos excusas para hacer asados y emborracharnos. Pero está bien, bienaventurado aquel que pueda extraer la alegría de cada momento y luego pasar al siguiente. El Nacional se llenó de turistas, y vuelve a quedar semivacío para el partido de rutina que haya que jugar el sábado y el domingo.

Porque para el resto de nosotros hay una butaca fría, una prohibición de fumar, un maltrato policial que ya es costumbre, una ruina de deporte interpretado por el raspado de la olla: aquellos que hasta las ligas extranjeras de quinta categoría han preferido no llevarse. Los buenos hace rato que hablan otros idiomas, nuestras canchas son un resumidero de falta de talento y nuestras tribunas son algo heroico y algo patético.

Pero es nuestro. Es nuestra casa y, al menos a mí, me da gusto caminar por sus pasillos despejados de aquellos que serán los primeros en olvidarse de su Roja querida cuando en el Mundial prueben ser falibles. Las mismas caras con las mismas camisetas. Entonces las grandes empresas buscarán a otros rostros para vendernos su sonrisa efervescente, sus 2×1, sus materiales para la construcción. A propósito, qué malos publicistas tenemos. Los bancos, esos que nos han robado todo usando las universidades y las micros del Transantiago como palos blancos, encontrarán a otro mequetrefe para aparecer en sus comerciales. Tal vez el próximo mequetrefe también se considere a sí mismo discípulo de Bielsa, como si el rosarino alguna vez aceptara participar en semejante aberración.

Nada de esto importa a los invitados, que se fueron felices, triunfantes, moviendo los brazos en despedida por las ventanas de autos, micros y metros. Bien por ellos. Nosotros de empatar en Europa nos vamos a despertar con un pálido partido, insufrible, mal jugado, lento, aburrido, contra algún equipo de medianía de la tabla que, más encima, hoy por hoy estará por sobre nosotros.

El contraste se hace más radical todavía con este Colo-Colo, que anda a los tumbos en el Torneo y es controlado precisamente por ellos: por los que sacaron diploma de futbolero en asados familiares, viendo en imagen full HD a un relator y un comentarista que les dicen lo que tienen que repetir mañana temprano.

Se fueron las visitas. Una radio quedó prendida y distraídamente comienza a tocar los primeros acordes de una canción vieja, para disfrutarla despacio, solo, con los ojos cerrados.

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