Columna de Colo Colo: Aire

"No pedíamos demasiado el sábado. Ganar una vez que sea, para no terminar de perder la costumbre", analiza Álvaro Campos.

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Canales anotó su primer gol con Colo Colo. (Agencia Uno)

Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

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Es lo mismo que tanto santiaguino va a tratar de hacer esta semana: cambiar de ambiente, dejar atrás la mala racha, sacarse la mufa. Abrir las ventanas y dejar entrar el aire limpio de alguna provincia cercana.

Breve recuento: en el torneo local nos boleteó Audax, nos ganó Everton, no pudimos vencer ni a Antofagasta ni a Huachipato, y nos remató la Unión. En el terreno internacional, Pasto nos ganó aquí y allá. ¿Y en la Copa Chile? Perdimos con 2 equipos de Primera B (un eufemismo inentendible para llamar a la Segunda División, a los potreros): San Felipe y hasta San Luis de Quillota.

La venimos pasando mal hace rato. El torneo, desde el 4-0 del debut, nos robó algo primordial para el aficionado deportivo al inicio de cada temporada: el derecho a ilusionarse. Ni de soñar nos quedaron ganas cuando de una sola bofetada nos dejaron en claro que para campeones no estábamos.

No pedíamos demasiado el sábado. Ganar una vez que sea, para no terminar de perder la costumbre.

Lo que se anunciaba para la cancha sigue siendo Benítez tratando de encontrarle la vuelta a un plantel escaso y discreto. El gran proyecto que es Álvaro Salazar ya volvió a su lugar para dejar al experimentado Villar bajo los tres tubos. Hacía falta el paraguayo, principal prenda de garantía en un equipo que claramente se arma a partir de él.

Algunos podrían haber extrañado a Mauro Olivi pero, afortunadamente para ellos, Fierro se encargó de reemplazarlo en su papel de bomba de tiempo esperando estallar, autodestructivo y egoísta.

Golazo el del 11, en todo caso. Y gran partido del 10. Mejoró Vilches, uno que tiene las herramientas, y cumplieron Canales y Malrechauffe. Cierto es que estuvieron lejos de ser las figuras del equipo, pero tampoco fueron el hazmerreír ni el dolor de cabeza que se podría esperar. Y eso, en este Colo-Colo, es bastante decir.

En los pocos minutos que estuvieron en la cancha, Crovetto, Silva y Toledo justificaron sus ingresos, atreviéndose el primero con un desborde que pudo haber terminado en golazo, y metiendo el segundo sangre fría y buen pie para dos habilitaciones de gran factura. Dudo que Toledo se vaya de Colo-Colo probando no ser un tronco, pero sí puede llegar a conquistar a la hinchada con goles, inteligencia táctica y esfuerzo.

A propósito, ¿ya se ganó el Chapa Fuenzalida al colocolino? ¿Qué más tiene que hacer? ¿Cuánto más tiene que correr y meter? ¿Hacer más goles? ¿Declaraciones incendiarias y tribuneras?

La suma no da para apostar por grandes hazañas: la alharaca mediática del fantasma del descenso se va fácil, porque en esas zonas ganar 2 o 3 partidos zanjan toda la discusión, pero tampoco tendremos un final electrizante de campeonato en que perdamos por nariz.

Qué más queda: lo mismo de siempre. Si al final de la temporada los de blanco dan alguna vuelta olímpica no será más que el resultado secundario del verdadero objetivo: salir a la cancha cada vez a darle una alegría a la gente. Eso es todo. No pedimos más. De aquí en adelante, que pase lo que pase, pero cada domingo, regalen una sonrisa. Eso sí lo pedimos. Agrándennos la marraqueta, muchachos.

Qué lindo fue este fin de semana. Llevábamos un mes sin ganar. Demasiado tiempo, demasiados partidos. Yo todavía ando de buen ánimo. Así da gusto. Por fin tuve un domingo bonito, de salir a disfrutar Santiago, de pasearse por el Bellas Artes escuchando el piano de Claudio Parra, sonriendo al recordar esa foto en que los Jaivas posan en la cancha del Monumental con sus camisetas del Albo modelo ruedas de camión.

Cuando gana el Colo, cómo explicarlo, es un alivio. Tampoco es para salir a Plaza Italia. El equipo está lejos de dar garantías no sólo de ganar los clásicos, sino de remontar la revancha de la Copa Chile, demostrando a las chirimoyas quillotanas por qué somos el Eterno Campeón. Pero para agarrar vuelito, un solo triunfo, uno que sea, qué falta hacía.

Aire. Eso nada más. El que se escapa de un suspiro de tranquilidad, o de un grito de gol. El que ventila un camarín. El que hace flamear la bandera del Cacique. El que nos limpia la cara, y nos insinúa que ya pasó lo peor, que ya se fue este crudo invierno y ahora, de a poquito, se va abriendo paso nuestra primavera. Tampoco es una ráfaga, sólo una bocanada, lo justo para sobrevivir. Para algunos, comprensiblemente desconfiados, es puro aire. Para otros, los más abrumados, es aire puro.

 

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