Columna de Colo Colo: El extranjero

"Yo diría que para mí todo lo que hay más allá de Colo-Colo es el extranjero", señala Álvaro Campos.

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AFP

Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

FB de Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

Ya era de noche y cuando empezaron a dar el partido me dije que sería una buena terapia tratar de olvidarme del penal de Palestino (matar a un árabe no era una solución viable) viendo el Liverpool vs Southampton. Los scousers por fin iban punteros en la tabla así que todo auguraba una victoria tranquila. Nada. Perdieron de locales, y el martes los vi caer de nuevo ante su mayor rival: el Manchester United.

Uno se pone la camiseta de los equipos extranjeros. Es inevitable.

Futbolísticamente somos una colonia argentina, pero tardé años en cachar por qué en su Superclásico no me nacía apoyar ni a River ni a Boca: resulta que soy de Racing (otro que perdió de local por la cuenta mínima).

Qué difícil es alentar al Barca ahora que les pasa la máquina a todos. Le hice el aguante cuando todo mi curso era madridista por Zamorano, mucho antes de conocer su bella historia, pero hoy da pudor ir por los catalanes: es el equipo de los videojuegos. La verdad es que, aunque sigo culé, le hago barra a cualquier grupo de once pelagatos que les pongan al frente: borrosos actores de reparto, extras, en la película del inexplicable Lionel Messi. Tratando de mantenerse hombres cuando el rosarino los convierte en árboles del bosque que recorre jugando con sus amigos.

Eso es lo que pasa: uno mira el fútbol con el corazón, y metiendo el corazón, préndanme ahora la tele y muéstrenme cualquier partido en que los magenta jueguen contra los turquesa y no tardaré en inclinarme por uno de los dos. Es la naturaleza del hincha, y del hombre. Como en aquel libro en que el protagonista se vuelve humano cuando se involucra. Un nombre chistoso, un jugador con personalidad,  la noble intención de unos por el buen toque, o bien la heroica defensa homérica de la ciudad sitiada, esa oncena humilde que tiene un expulsado y una esperanza de contragolpe. Cualquier motivo tira, y hasta se puede cambiar de parecer sin problemas, ya sea en el mismo cotejo o durante la competencia, como en los Mundiales en que uno va deshojando preferencias.

Así, uno que vive frente al telón verde, se va dejando conquistar. ¿Italia? La Fiorentina, por su hermosa camiseta y la todavía más hermosa ciudad que no quiero morir sin conocer. ¿Alemania? El Borussia Dortmund de sus socios, y del Chocolate Chapuisat. ¿Brasil? El Corinthians que fanatizó a un tío que partió a Sao Paulo a buscarse la vida cuando las cosas estaban feas acá. ¿Perú? Alianza, poh, qué otro. ¿Rusia? El Zenit de la invernal San Petersburgo. ¿Escocia? Celtic. ¿Holanda? Ajax. ¿Uruguay? Peñarol. ¿Argelia? El RUA de Albert Camus.

Es imposible mirar la pelota rodar y mantenerse frío, imparcial, como un cientista político impávido el día de las elecciones. Entre el pelotón de avanzada que cada año lucha el ascenso uno le agarra buenas a alguno. O, en cada clásico regional, hasta sin darse cuenta uno marca posiciones, Iquique sobre Arica, Coquimbo sobre Serena, Wanderers sobre Everton, Pelotillehue sobre Buenas Peras.

Cualquier razón sirve a la hora de elegir camiseta, y hasta diría que mientras más frívola mejor, porque de eso se trata: de pasarla bien un rato, de gritar el gol. Pero alto ahí, no tan rápido. Hay un artículo muy bueno sobre los futboleros pelolais en Noesnalaferia que advierte sobre esa onda jísper-engrupida de apoyar equipos extranjeros y/o rebuscados.

Partamos por lo más básico. No podís ser un hueas. Eso es lo fundamental. Si a alguien le preguntan de qué equipo es y responde “¿en Chile?” es un hueas. Si a alguien le preguntan de qué equipo es y responde “del Manchester”, es un hueas. Si alguien habla del equipo que le gusta en el extranjero refiriéndose a ellos como “nosotros”, es un hueas.

Coleccionar afiches, revistas, bufandas, camisetas, buzos, poleras, banderines, chapitas, etc. de clubes lejanos, todo bien. Pero el que va al estadio a ver a su equipo con prendas de otro equipo, cualquier otro equipo, no es un hueas: es un mal nacido. Es un carajo, es un asco.

Son reglas arbitrarias, pero bueh, ser hincha lo es. Así que no me vengan con cuentos, nada de eso del corazón dividido ni mucho menos. Yo leo libros con la historia de otras escuadras, les tengo cariño, me identifico, sigo sus campañas, visto sus colores y hasta me sé uno que otro cántico de sus hinchadas, pero mi corazón, el cuesco de la fruta que soy, no deja espacio para más pasión que una. Pasión, no simpatía, pasión. Dolor. Que un donnadie tire un penal a lo Panenka en pleno Monumental y llegar a la casa como si me hubieran drenado toda la sangre del cuerpo.

Dicho de otra manera: esta es mi nación, la celda de mi cárcel. Yo diría que para mí todo lo que hay más allá de Colo-Colo es el extranjero.

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