Columna de Colo Colo: Los malos

Exigiría. Más allá de la cancha, que se saquen la cresta en la semana, que lleguen 20 minutos antes y se maten entrenando

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“Hay jugadores a los que dan ganas de mandarlos de vuelta a la fábrica”

Por Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

FB de Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

Al primero que se lo escuché fue a Julio Jotaeme Martínez, en su homilía de los domingos en la noche. Que por qué los hinchas siempre pedían garra, lucha, meter, corazón, sudor. Que por qué no pedían en sus lienzos, canciones y gritos cosas como elegancia, astucia, talento, precisión, buen toque.

Fuerza y Destreza es, hoy, el nombre de la Filial de Valparaíso, una más de las que pueblan este sueño hecho carne. El nombre rinde homenaje al primer estandarte del club, al lema que guio los primeros pasos de los rebeldes del ’25. No me parece antojadizo decir que hay sobredosis de ambos durante nuestra historia, pero el comentario Don Justicia Divina no deja de ser inquietante.
¿Qué hacer cuando falta uno? ¿Cuál es preferible que falte, la fuerza o la destreza? ¿Vale más un muerto que tranque con la cabeza que un talentoso pechofrío?

Creo saber por qué el hincha pide huevos y camisetas bien mojadas: el talento no es algo que podamos exigirle al que no lo tiene. La Naturaleza es antojadiza y entrega los dones al lote. Nadie puede cruzarse de brazos y exigir que otro pinte bonito, haga malabarismo o cante bien. Claro que da rabia pagar la entrada para un concierto donde la cantante sale de su escondite de computadoras y productores para mostrar que es atrozmente desafinada, que todo es un timo, pero no se le puede mandar retrospectivamente a los 5 años de clases de canto que no tomó cuando niña.

A algunos les emputece que ganen millones y se pongan la de Arellano estos quesos. Es cierto que hay cada paquete. Y qué. Si son malos, no se les puede gritar hasta hacerlos buenos.

En Por Empuje y Coraje, el programa radial de Colo-Colo de Todos (todos los lunes y viernes a las 20:40), el panelista estrella, Jimbo, dijo algo muy cierto: qué es eso de no putear a los jugadores, yo reto a mis hijos cuando se portan mal y no voy a retar a estos pailones. El argumento tiene una lógica impecable y llega a desmentir esa tontera de que los que putean no son hinchas de verdad.

Pero me acuerdo de la hermana chica de un amigo. Nosotros estábamos en no sé qué videojuego, pero hasta la pieza llegaban los lejanos gritos de su mamá. “¡Cuántos dedos tengo aquí!” “¡Y si le quito tres, ¿cuántos me quedan?!”. Ni escribiendo mayúsculas podría plasmar el volumen de sus gritos. La niña lloraba y contestaba que no sabía. En realidad no sabía, pobrecita.

El Monumental nunca fue más hostil que en la era Basay. Rabia, impaciencia, el Trágico González y la ovación cuando lo cambiaban en pleno primer tiempo, el ya-no-chascón Rieloff que era aplaudido con cruel sarcasmo. En esa olla a presión, los jugadores, los más malos sobre todos, son como corderitos a los que llevan al matadero. Ojitos temblorosos, cuánto miedo hay en ellos. Son puro miedo.

Y son malos, eso es lo peor de todo. Lo que un Marcelo Espina exorcizaba en rabia para entrar picado, lo que hacía del Coca Mendoza una fiera a la que sólo había que soltarle las amarras, hace de estos troncos unos niños asustadizos con rifles en las manos en un avión rumbo a la guerra. Puede ser confianza y psicología, pero también, primordialmente, hay herramientas futbolísticas de las que carecen.

El lugar común futbolero nos lleva derechito al siguiente punto: si erís malo, por último corre, bárrete, tira una chuleta, entrega el alma. Algo me dice que toda la industria futbolística latinoamericana se iría a pique si los aficionados se dieran cuenta que los huevos y el corazón no son más que el resultado del trabajo de un preparador físico.

Hay un momento en que las piernas ya no dan más, y es ese mismo cansancio el que hace los pases imprecisos y las faltas más constantes. No es compromiso ni amor a la camiseta: el cuerpo no se la puede.

Es desolador. Hay jugadores a los que dan ganas de mandarlos de vuelta a la fábrica. Si son torpes, no se les puede exigir ser hábiles. Si son lentos, no se les puede exigir ser rápidos.

¿Qué sí se les puede pedir? ¿Que muestren pachorra, amor propio? Con ese discurso, un atado de idiotas se hacen expulsar dándoselas de guapos. El estúpido de Emilio Hernández en el último clásico, uno que pudimos haber ganado.

¿Qué sí se les puede pedir? ¿Que den la cara? A mí me da lo mismo. Como los periodistas son mala leche, les hacen la cruz a jugadores y técnicos que no declaran, mientras que son benevolentes con los que “por último, le respondieron al hincha”. No a ellos, por supuesto, no a ellos que viven de eso, sino que al hincha. Yo no me ofendo si perdiendo el enésimo partido nadie en el camarín sale a afrontar las cámaras. No siento que lo hagan por mí, y no viene al caso hacerlo tampoco, lo que a ellos les da lata decir, a mí me da lata escucharlo. Sí, hay que salir de esto todos juntos, pecho a las balas, perdón a la gente, blablablá. Me la sé de memoria.

¿Qué sí se les puede pedir? ¿Que no salgan? Es un tema complicado que da para otra columna. El que no haya querido tomarse algo cuando todo sale mal, que lance la primera piedra. Tampoco encamarse con alguna ambiciosa mal teñida me parece una mala terapia. Pero entiendo que pueda ser ofensivo para el que se achacó toda la semana ver que los causantes de la debacle están festejando de lo lindo, como si no les doliera.

Eso es. Son dos cosas las que pediría. Exigiría. Más allá de la cancha, que se saquen la cresta en la semana, que lleguen 20 minutos antes y se maten entrenando, que si piden 100 abdominales hagan 101 y se queden después pegándole al arco.

Y que perder les duela, que les duela mucho. No tengo cómo saber qué tan real o profundo es su dolor, tal vez ni siquiera ellos. Cuál es la medida del dolor. No necesito que lo manifiesten de ninguna forma, pero les exijo que les duela como nos duele a nosotros. Porque puta que duele.

 

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