Columna de Colo Colo: Socios, un cuento

"Cinco largos años sin salir campeón no lograron evitar que su rutina semanal incluyera un paseo por Macul", dice Álvaro Campos

Por

 

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Agencia Uno

Álvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Columna del movimiento Colo Colo de Todos

FB de Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

Demasiado atareado, ni siquiera tuvo tiempo de preguntarle a su secretaria el nombre del dentista que lo atendería hoy. Hojeó dos revistas de negocios antes de pasar a una sobre la vida privada de gente famosa, sin detenerse a apreciar la particularidad del momento: hace unas décadas, cuando la institución todavía estaba en las garras de una sociedad anónima, ningún socio de Colo-Colo hubiese soñado con tener convenios dentales como éste, al que accedió excepcionalmente a causa del temporal congelamiento de sus planes de seguridad social por un complicado lío que tenía que ver con su litigio de divorcio, el segundo ya.

Una enfermera algo regordeta pero de linda sonrisa lo llamó adentro y él pasó con tranquilidad. El especialista revisaba datos en su computador y no fue hasta que se giró que lo reconoció. La calvicie de Vicente coronaba pelos largos, sueltos y con algo de canas, pero su nariz aguileña era la misma, y los ojos algo juntos no daban lugar a equivocación.

Benja, tanto tiempo, sonrió antes de un largo abrazo. Habían pasado muchos años desde la última vez que se vieron, y ya se había pulido todo rencor, toda angustia adolescente. Ahora sólo quedaba el cariño.

Las primeras imágenes que recuerdan vienen de jugar en los quinchos del Club en Peñalolén, pero no sería sorprendente que se hayan cruzado incluso antes. Corriendo a pata pelada por los pastos fue que trenzaron su amistad. Sus familias parrillaban el verano mientras los pequeños recorrían el verde terreno detrás de una pelota de plástico. Jugaban a ser Molina y Quiroga, la dupla que consiguió aquel recordado bicampeonato.

Compartían muchas historias. Benjamín recordaba especialmente una Navidad en el David Arellano en que con Vicente se escabulleron hacia la zona de camarines justo cuando el Viejo Pascuero se ponía su traje. Esa tarde de diciembre, en la fiesta para los niños que Colo-Colo organizaba todos los años, dejó de creer en el hombre del Polo Norte. Con mayor cariño recordaba el pelotazo con que por error, tan tronco siempre, le reventó los lentes a Vicente mientras jugaban una pichanga cuando las canchas del Club en La Granja todavía estaban recién inauguradas y había una lista de espera de 3 meses para conseguir un cupo.

Sus familias se acercaron y hasta iban al estadio juntas. Se sentaban todos, compartiendo los sándwiches y el termo de café, mientras los niños bajaban al borde de la cancha, deslumbrados por un Maldonado que corría por la banda a metros de ellos. A veces podían verlo con mayor detención cuando se acercaba a servir un saque lateral.

Entraron juntos, haciendo paredes, al área de la adolescencia. Ya no iban en familia al estadio, se juntaban los dos con un par de amigos más y partían al Arellano, aunque esos no fueran los mejores años del equipo. Cinco largos años sin salir campeón no lograron evitar que su rutina semanal incluyera un paseo por Macul a ver a los albos dar lo mejor de sí.

Fue por esa época, trece, catorce años, en que la conocieron. Ambos juran haberla visto primero. Fue en una carrera en la piscina de Colo-Colo en Maipú. Nadaban hasta tocar el Indio de la insignia del extremo norte y volvían a toda velocidad. Mientras braceaban, el mural de la pared con los ídolos históricos les indicaba cuánto quedaba para llegar a la meta. Pero donde estaba la imagen de Jaime Pizarro, el campeón de la primera Libertadores que llegó a ser presidente, estaba ella, tranquila, remojando sus pies y dejando ondear su largo pelo negro azabache.

Ella no era socia, solo estaba ahí invitada por una prima que sí lo era. Mía, que así se llamaba, tenía la mirada perdida y un rostro pálido con pecas como un cielo estrellado. Movía distraídamente sus pies, indiferente al ruido que los niños corriendo a su alrededor provocaban con sus gritos. Ninguno de los dos se atrevió a acercarse, pero supervisaron cada uno de sus movimientos hasta que se fue, siempre lejana.

Un par de semanas después, en el Festival de la Voz en el Teatro Monumental, estaba de nuevo. Entonces Vicente se armó de valor y se le acercó. Tenían esa edad en que la osadía es la mitad del éxito. Ingenuos, eran jóvenes en el peor y en el mejor sentido de la palabra. A la semana siguiente ya estaban pololeando.

Le presentó a Benjamín, su mejor amigo, el de chicos, el de los campamentos de verano de Colo-Colo, toda una vida. Como resultaría esperable, Mía armó citas dobles con un par de amigas, pero más allá de algún beso en los bailables de la sede de La Florida (donde se empezaron a hacer las asambleas desde que la recuperada sede de Cienfuegos no daba abasto), nunca llegaron a ser cuatro inseparables, solo tres.

¿Cómo fue el quiebre? ¿Quién traicionó a quién? ¿Quién ganó cuando se fueron a los combos? ¿Quién se quedó con ella?

Da lo mismo a estas alturas. Después de un tiempo en que siguieron yendo al estadio, ahora por separado, y participando activamente en el club, Benjamín viajó a estudiar fuera de Santiago, y la filial Osorno no era particularmente activa. Pegas, casorios y otras distracciones lo fueron alejando de la vida en el club, pese a que siguió pagando sus cuotas de socio sin falta. No podría abandonarlo: su papá había estado en la histórica asamblea de los cambios de estatutos de 2013, punto clave en el proceso que terminó con la salida de Blanco y Negro, y siempre le había inculcado un sentimiento de pertenencia y fidelidad hacia el Club, más allá de ir o no al estadio. Vicente sí se mantuvo dentro, y hasta llegó a ser Director en una mesa de consenso que solo ejerció por 8 meses antes de nuevas elecciones.

Ninguno de los dos se atrevía a preguntar qué había sido de Mía, para no remover los escombros de su antigua división. Pero Vicente, siempre más osado, preguntó con fingida liviandad si es que había oído de ella desde que se fue de Chile. Ninguno de los dos tenía contacto con ella.

Quedaron de tomarse un café, ambos con la certeza de que no pasaría nunca. Pero sí pasó, esa misma semana. Conversaron largo y tendido, rieron, intercambiaron anécdotas sobre sus hijos, y de las mismas travesuras que pasan de generación en generación. El domingo en la tardecita jugaba Colo-Colo de local. Quedaron de ir juntos, ambos con la certeza de que sí pasaría.

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