Columna de Colo Colo: De Santiago

"No me gusta cuando se refieren a nosotros como "los de Macul" como si fuéramos un equipo comunal".

Por

Imagen foto_0000000120131031131544.jpgÁlvaro Campos Q
@_Alvaro_7
Columna del movimiento Colo Colo de Todos
FB de Colo Colo de Todos
@ColoColodeTodos

Mucho antes de que la ciudad estuviera coronada por una coronta fálica que homenajea el estilo de vida de los poderosos y las aplanadoras 4×4 con que barren a los débiles, Santiago tenía en su cumbre a una Virgen que abría los brazos. Es curioso, y lindo, que le dé la espalda al barrio alto.

Del Santa Laura la veo con claridad, en el estadio donde celebré a guata pelada nuestro último torneo. No me gusta cuando se refieren a nosotros como “los de Macul” como si fuéramos un equipo comunal. En Santiago Centro está nuestra sede, en Ñuñoa está el estadio que inauguramos y en el que dimos mil vueltas olímpicas, y, de todos modos, en Estación Central están nuestras raíces porque ahí estaba la casa de los hermanos Arellano, que hacían clases en el Liceo Lastarria de Providencia.

Colo-Colo de Todos armó algo que, con algo de olfato, el oficialismo no debería tardar apropiarse y prolongar en el tiempo: el Tour Colocolino. Paseamos por Santiago en procesión por los lugares que sentimos propios. En Recoleta está el mausoleo de nuestros cracks, y los restos de nuestro mártir cobran más que algún brindis en el Quitapenas. Después de que Caszely sea homenajeado en los pastos de su Nacional, Jorge Toro llega flameando una bandera gigante a recibir, de terno y corbata, el cariño y el agradecimiento de tantos en el Estadio El Llano de San Miguel, lugar exacto de la fundación el 19 de abril.

Algo extraño pasa con Santiago. Es tan odiado como cualquier capital, pero mucho menos querido que las demás. Quién dice con orgullo que es santiaguino. Hay orgullo, sí, en ser de Puente Alto, de Maipú, de Renca, pero no en reconocerse del lugar del smog y el estrés.

Santiago es una ciudad histérica, opaca y triste. Bombardearon su casa de gobierno. Llueve y se colapsa. No llueve y se colapsa. A raudales llegan foráneos a buscarse la suerte entre sus calles, pero nadie se enamora de ella, aferrándose a sus insignias penquistas, ariqueñas, porteñas.

No sé si hay algún músico argentino que no le haya hecho una canción a Buenos Aires, y cualquiera puede nombrar con facilidad una lista de canciones que tributan a Nueva York, o a París. Pero nuestro Santiago, nuestro viejo y no-querido Santiago, no ha sido cantado por sus artistas, no como se merece, al menos.

Es bonito, Santiago. A su manera, y esa es una manera que los cineastas y los escritores han fallado en plasmar. Hay que romantizar Santiago. Santiasco, le dicen hoy. Desde afuera se le mira con justo rencor, y los equipos que llegan desde la capital son vistos como beneficiados en desmedro de las provincias, tal como ha sido la historia de nuestro país.

Una de sus características que más me gustan es la de sus códigos internos, sus nombres falsos. La Alameda no existe, pero a nadie le importa preguntar por la Avenida Libertador Bernardo O’Higgins. La Costanera, cuyo nombre real es Avenida Andrés Bello. En Ñuñoa, Macul se llama Av. José Pedro Alessandri y Américo Vespucio se llama Avenida Ossa. Sospecho que terminará pasando lo mismo con la avenida 11 de septiembre, que su nombre se negará a desaparecer, porque el lenguaje santiaguino se manda solo. Antes de que un alcalde corrupto pusiera un moai, y luego una bandera de grueso mástil, el frontis del Coliseo Blanco, el que da el acceso a nuestra Galería Norte, estaba coronado por la figura de una estatua que nadie conoce como El Discóbolo, pero si alguien quisiera conocerla podría pedirle que se juntaran en El Mono Pilucho.

Armando de Ramón escribió una Historia de Santiago que no me he dado el tiempo de leer. Sí disfruté mucho el Memorial de Santiago de Alfonso Calderón. Ambos libros los compré por su puro nombre, en una búsqueda por conocer más sobre esta ciudad tan rechazada, que abre sus brazos a visitantes que la ningunean.

Libros. Feria Internacional del Libro de Santiago. Filsa, para la rapidez moderna. En la Estación Mapocho, centenaria edificación a las orillas de nuestro cochino río, se juntan libros, objetos que cada día se vuelven tan anacrónicos como las locomotoras de antaño. En su interior, la Feria invita al lanzamiento de dos libros que considero claves.

El primero de ellos, Contemos Todos, se lanza hoy a las 20:00 con la presencia de un santiaguino al que le tocó nacer en Avellaneda y al que en su vida le han dicho Barti más veces de las que le han dicho Marcelo. De la editorial independiente Gol Tris7e, se trata de una compilación de los mejores participantes de un concurso de cuentos que Colo-Colo de Todos hizo el año pasado, lleno de esas pequeñas historias tan distintas y sin embargo tan iguales. Tan la misma.

El otro fue lanzado el viernes pasado y es Soy del Colo, de Esteban Abarzúa. Pese a que no le tenía mucha fe, sobre todo considerando que su símil azul fue escrito por la hermosa pluma de Francisco Mouat, la verdad es que me conquistó. Me lo tragué en un día y también lo recomiendo. En él, Abarzúa comenta otro hecho sobre los lazos que amarran a la ciudad y a su equipo. Dice que la primera vez que se celebró un triunfo en la Plaza Italia fue tras la consecución de la Copa Libertadores.

No lo sabía, pero tiene sentido. La Plaza Italia, que muy santiaguinamente se llama Plaza Baquedano, alberga nuestras alegrías mientras abre las grandes alamedas que llevan a La Moneda, donde Salvador Allende recibió al equipo del Pueblo y más tarde Patricio Aylwin compartiría una once con los Héroes del ’91.

Tenemos tan claro que Colo-Colo es Chile, que se nos olvida que también es Santiago. Y antes de que sus numerosas filiales tomen las riendas de nuestros destinos, y antes de que sus infinitos barrios lleguen a pintar con los lienzos de sus nombres la fiesta del Monumental, déjenme darme un gusto y decirlo: chi-chi-chi, le-le-le, Colo-Colo de Santiago.

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo