Columna de Colo Colo: El chuncho y el león, parte 1

Al hincha de la E (de envidia están hechos) no hay que preguntarle en qué equipo jugaba el jugador que le hizo el pase a Salas en Wembley, ni qué dijo Leonel Sánchez cuando jugó por Colo-Colo. Es más simple: hay que preguntarle qué es un ánfora.

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Imagen foto_0000000120131104155702.jpgÁlvaro Campos Q
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Columna del movimiento Colo Colo de Todos
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INTRODUCCIÓN

El ejercicio es simple. Al hincha de la E (de envidia están hechos) no hay que preguntarle en qué equipo jugaba el jugador que le hizo el pase a Salas en Wembley, ni qué dijo Leonel Sánchez cuando jugó por Colo-Colo. Es más simple: hay que preguntarle qué es un ánfora. Sin trampa, sin google ni diccionarios, qué es un ánfora. Si responde bien, pasa a la segunda ronda: qué es el Bulla. Si logra responder sin irse por las ramas y sin cortinas de humo, pasa a la final. Entonces hay que preguntarle qué canción de Los de Abajo, una sola en más de dos décadas de barrabrava, menciona la palabra chuncho. Y listo.

No conozco a otro equipo en todo el mundo que lleve a un animal en su insignia, cuyos hinchas prefieran sin embargo abrazar la imaginería de otro animal, avergonzados y acomplejados como tantas veces han demostrado serlo los azules. Partamos desde más atrás, el viaje será largo.

Estaba carreteando en los pastos de Gómez Millas cuando un hincha de la E me dijo que nosotros, los colocolinos, al odiarlos los reconocíamos como nuestros pares, y que en el fondo éramos dos caras de la misma moneda. Yo le quise explicar que no era así, que yo no los odio sino que los desprecio, precisamente porque no son la otra cara de la misma moneda. El tema era largo de explicar, así que le prometí sentarme a escribirlo, y mandarle un correo para explicarle mis puntos. La flojera hizo que me dejara estar y, aunque tuve la ocasión de hacerlo al redactar la Carta a un hincha azul, preferí no arruinar lo que pretendía que fueran hidalgas felicitaciones por un triunfo bien habido. Sin embargo, necesito sacarme de encima todas estas ideas, necesito escribirlas y dejar de repetirlas en voz alta por temor a que se me olviden y mueran en silencio. Razones para no hacerlo tengo varias, desde proteger mi integridad física hasta dejar a algún lector con la errónea noción de que el mero hecho de escribir sobre la E sería una supuesta prueba de su importancia y, hasta, supremacía. Naquever.
Comencemos.

LA CHILE

Los clubes marcan desde su fundación el sino de su existencia. Así, los Rebeldes del ’25 harían de su Colo-Colo el símbolo de lo indómito. Aunque el Club no termina de fundarse hasta 2 años después con la muerte de su mártir, sellando entonces su pacto de lealtad con el Pueblo de Chile.1927 es también el año oficial de la fundación del club de fútbol Universidad de Chile. Vamos a dejar las cosas claras: para evitar confusiones nos vamos a referir a la universidad como la Casa de Bello. Entonces, a diferencia de un nacimiento mítico y rupturista, de una catarsis fundacional, los equipos que vienen después de Colo-Colo en cuanto a popularidad nacieron más bien como aparece cierta planta entre el cemento, sin llamar la atención, de manera incógnita y paulatina.

El clásico universitario es más antiguo que los equipos que hoy lo juegan. Nace en las calles, entre los alumnos, corriendo detrás de la pelota como todo alumno hace, rivalizando contra los del frente. Son hermanos, nacieron juntos y juntos se han desarrollado. Su clásico es el más importante de Chile, porque es el que mejor representa lo que un clásico supuestamente representa: una diferencia entre dos cosmovisiones, entre dos formas de ser que van sin embargo de la mano.

Las décadas se encargarían de mostrarnos que si por un lado la UC era la elite, la santonería pechoña y reaccionaria, la Casa de Bello tenía en su oncena a los representantes de la clase media laica, los hijos y padres de una mesocracia que tanto desarrollo e iluminación trajo al país.

Esta es La Chile. Un equipo para querer. Tal vez puesto en ese momento de la historia hasta yo mismo hubiera sido hincha de La Chile. Me da pena ver cómo la mataron sus propios hinchas. Me gustaría haber estado en el barco a Antofagasta, el Reina del Pacífico, donde los estudiantes de arquitectura se emborrachaban, jóvenes, y levantaron un himno que no tiene nada que ver con fútbol ni con el equipo, sino con cualquier muchachada liceana de gira de estudios al sur, a comerse un par de camboyanas en caliente camaradería. Una de las versiones cita este viaje como el nacimiento del ceacheí.

Ese equipo de compañeros lleva en su pecho el Chuncho, representante de los ideales de la Casa de Bello, con la sabiduría como primer estandarte. Modesto, sin pretensiones, a nadie sorprendió que su primer encuentro con Colo-Colo, que siempre fue Colo-Colo, terminara en un apabullante 6-0, ni que el siguiente fuera un 6-1. No se pensaba que ambos fueran antagonistas, si el mismo David Arellano había jugado algunos partidos en la selección universitaria de la Casa de Bello.

Por lo mismo, los historiadores del Clásico con Colo-Colo no datan el comienzo de la rivalidad hasta antes de 1959, año en que los azules derrotan en una final a los albos. Pero para esos tiempos Colo-Colo tenía en mente a Magallanes, y La Chile a la Católica, dando vida a clásicos universitarios a estadio lleno. A los futboleros habría que recordarles que con tantos alumnos y alumnas que participaban en los carros alegóricos, en las coreografías y en todo el hueveo, no deberían pensar que los estadios se llenaban precisamente de fanáticos del balón. El ambiente, que tanto nostálgico añora cada vez que le preguntan, asemejaba más bien al de las competencias entre la alianza verde y la alianza amarilla en cualquier liceo. Dicho de otra forma, añorar el Clásico Universitario de esos años es como añorar que vuelva a las pantallas el Extra Jóvenes o El Último Pasajero.

De todos modos, a estas alturas La Chile ya tenía campeonatos y una numerosa afición. Esto es un punto a destacar. El Ballet Azul trajo su nombre de Colombia, copiado del Millonarios de Pedernera y Di Stefano, y trajo su popularidad de los triunfos de su equipo. Sí. Como cualquier club, su popularidad creció a punta de goles y campeonatos. Esto será importante después, cuando nos quieran hacer creer que las derrotas de su equipo les eran indiferentes quienes se hicieron hinchas de un equipo a partir de sus triunfos.

Aunque tal vez otros factores entren en juego. Edgardo Marín cita una anécdota. Siendo un niño, el mozo de un restaurante le comentó a su papá que él también era hincha de La Chile. Luego, Marín padre le diría a su hijo que lo que el mesero le estaba diciendo era, en otras palabras, que era pobre pero ilustrado, soy pobre pero sé leer, no como esos flaites, los colocolinos rotocochinos. Colo-Colo, aventura el azul Marín, representaría entonces al Pueblo que se reconoce como tal y se enorgullece de su condición. Está bien, los colegios subvencionados se inventaron para esos millones de chilenos aspiracionales a los que su condición de pobres les molesta, Doñaflorindas que no quieren que sus Quicos se junten con la chusma.

El albo Mario Superclase Moreno era de esos jugadores tan orgulloso de su talento que se negó a aparecer en la portada de la revista Estadio, molesto porque el honor había ido para unos cuantos pataduras y eso él lo consideraba inaceptable. También le molestaba que nadie dijera que el Ballet Azul jugaba a tocársela al arquero. Algo más habría que decir sobre los ollazos que cabeceó el tronco del Tanque Campos.

Próximo capítulo: La Sequía y Estadios…

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