Columna de Colo Colo: Las maracas

"Las piscolas están cargadas y sus hielos tiemblan con la explosión de los bajos de la disco, que marcan el tribal patrón rítmico del reggaetón", comienza diciendo Álvaro Campos.

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Agencia Uno

Por Álvaro Campos Q
@_Alvaro_7
Columna del movimiento Colo Colo de Todos
FB de Colo Colo de Todos
@ColoColodeTodos

Las piscolas están cargadas y sus hielos tiemblan con la explosión de los bajos de la disco, que marcan el tribal patrón rítmico del reggaetón. En el VIP, que de VIP no tiene nada, se desarrolla una conversación a gritos que culminará arriba de un último modelo que parte raudo a otro lugar.

Tanta gente los cuestiona a ambos. A ellas por ambiciosas, serpientes, trepadoras, a ellos por irresponsables, por poco profesionales. En Argentina las llaman botineras, por su afición a los botines de fútbol, pero en todos los países están. Toda la información deportiva segmenta un espacio para las curvas de las señoras, pololas, andantes y otras denominaciones. Los ingleses les llaman WAGs, (wives and girlfriends).

Siempre ha sido así, porque son tal para cual: modelos, vedettes, actrices o como quieran llamarles. El futbolista, al igual que ella, es joven y tiene mucho tiempo libre. Si tienen suerte, podrán escapar juntos del barrio y cambiar la tierra y las piedras por parquet y alfombras de lujo. Pero ninguno se sentirá incómodo al entrar a la humilde casa familiar donde las fotos muestran la morena infancia de las rubias y la desnutrida infancia de los musculosos.

Una joven universitaria reclamaba en un almuerzo familiar que por qué los futbolistas no se buscaban nunca una niña bien, una mina inteligente, con cultura y mundo. La respuesta era obvia. ¿Con quién va a estar un futbolista? ¿Con una mina que estudie y no lo pueda ir a ver jugar porque mañana tiene examen? ¿Una mina que quiera hacer un posgrado en Alemania justo cuando él es contratado en México?

Son niños, adolescentes, y quieren a niñas que tengan el mismo tiempo libre, la misma inocencia maliciosa, las mismas ganas de salir a hueviar. Les gusta el hueveo, y quién puede culparlos: son jóvenes, con un físico privilegiado, plata y energía. A nosotros, al resto de nosotros para los que los lunes se trabaja, no nos corresponde ponerle nuestras etiquetas prejuiciosas y envidiosas. Hay que tirarles arroz a los novios y no irse pelando del matrimonio. El que se la juegue por la moralina y el doble estándar es un imbécil mojigato al que nunca le ha entrado el Diablo al cuerpo a las 3 de la mañana.

Son poseedores de una belleza que ni siquiera entienden y su éxito económico les dará acceso a un lujo que no saben apreciar. Bien por ellos. El que ve a una arpía malintencionada aferrándose oportunista a la plata de un flaite que de otro modo no pescaría ni en bajada, tiene que revisarse y limpiarse de harto clasismo y machismo que lleva dentro. Los CEOs tienen las mismas relaciones de poder/mujer-trofeo con rubias naturales y desabridas, y a nadie parece molestarle.

Que se junten, que sus cuerpos llenos de adrenalina y endorfina y feromonas se busquen y se encuentren, que se reconozcan como pares y la pasen la raja. Si son buenas personas, podrán ser felices y seguir juntos incluso cuando crezcan y lleguen a descubrir que la belleza femenina no está en la liposucción y la belleza masculina no está en las calugas.

Lo que sí opino es que el arquetipo futbolista-modelo quedará atrás ante el irrefrenable avance de la mujer en la sociedad. Las niñas hoy entienden que ser Miss Universo no significa nada de nada y más que preocupadas del príncipe azul, tienen claro que pueden vivir solas en el palacio de sus sueños. El asiento de copiloto de un Ferrari puede sonar bien, pero mejor suena el de piloto. Mejor aún, una miembro del equipo que diseña el próximo modelo, o tener un rol clave en el área latinoamericana de la multinacional. Mejor que andar con el futbolista millonario, ser la que le firma los cheques al futbolista millonario.

Las presidentas, senadoras y diputadas son apenas símbolos, pero no pasarán muchas décadas antes de que la igualdad de género sea un hecho evidente. Habrá presidentas de clubes de fútbol y las Albitas serán para entonces leyendas deportivas por haber conseguido la primera Libertadores. Entonces la liga femenina será competitiva y no será raro ver, así como hombres entrenando mujeres, a mujeres a cargo de planteles masculinos. Las ruedas se mueven imperceptibles por lo lentas, pero avanzan: en el torneo de futbolito de mi pega, Helvecia 240 quedó eliminado (nos faltaron 5 minutos para marcar el gol de la clasificación) pero el lunes iremos a alentar a Zurich, nuestro símil femenino que juega las semifinales. Voy de entrenador.

Cuando llegue la paridad real y se exprese en la cultura futbolística, cuando nos saquen de esta cueva, último refugio del machismo cavernario en el que nos queremos todavía esconder, podrá pasar que las parejas comiencen a pelear, además, por fútbol. Podrá ser que perdamos ese escape de las minas que resulta ser la cancha el domingo. Pero también ganaremos cosas.

Nos van a limpiar el lenguaje. La misoginia y la homofobia homoerótica de nuestra idiosincrasia pelotera necesitan urgente un recambio. Van a traernos las cosas que no vemos. Su sabiduría ancestral. Las mujeres son portadoras de una sabiduría popular que se ha traspasado de boca en boca mientras cocinaban o lavaban la ropa junto al río. De repente sus comentarios en los partidos y sus análisis sobre los planteles y las personalidades de los jugadores no sean tan descabellados y merezcan nuestra atención, en lugar de preguntarles qué jugador encuentran más mino en el Mundial, en asados que son el preámbulo de preguntas sobre carne cruda. Muy originales.

El machismo está jugando de local. Y va ganando, pero sus defensas están cansados, reventados, y en inferioridad numérica ante los ataques de un bloque ofensivo joven, renovado, rápido. Vienen y vienen. Tienen la ciudad sitiada. Escondidos en el área y colgados del travesaño, los contracturados zagueros ya no dan más. Preguntan al árbitro cuánto falta y se enteran que el partido no tiene fin. Podrán dilatar el momento, pero no impedirlo. Van a ganar ellas, porque siempre lo hacen.

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