Columna de Colo Colo: El escore cero a cero

El empate a cero, aunque no lo parezca, es una de los rasgos más característicos del fútbol.

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Por Alvaro Campos Q
@_Alvaro_7
Columna del movimiento Colo Colo de Todos
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@ColoColodeTodos

Coquimbo venía recién subiendo a Primera y, de la mano del mismo José Sulantay que recordaremos por lo que entregó a Chile 16 años después, casi logra la hazaña de salir campeón de inmediato, emulando al San Felipe del ’71. Después de que el sueño pirata se tropezara con los Héroes del ’91 que salieron campeones en el Sánchez Rumoroso en la penúltima fecha, todavía les quedaba a los amarillos un último partido, Cobresal, allá. Ya estaban clasificados a la Libertadores del ’92 (compartirían grupo con el Campeón de América, Católica, San Lorenzo y el Ñuls de Bielsa) así que fueron a la altura con la cabeza en cualquier lado.

Fue un 0-0 con sabor a nada. Tanto así que en el compacto dominical, en vez de mostrar algún tiro en el palo o desviado, un desborde por ahí, algún avance huacho, retrataron el partido con una sola escena: dos jugadores rivales van cercando la pelota, a un metro cada uno, mientras ella rueda por la línea central hacia un saque lateral. Desde una banca (cualquiera, da lo mismo) le gritan a su jugador que la deje salir. Una escena de unos cinco segundos que grafica lo que probablemente haya sido el peor partido del mundo. Me pregunto quién fue al estadio. A qué.

El empate a cero, aunque no lo parezca, es una de los rasgos más característicos del fútbol. En todos los deportes hay remontadas y finales espectaculares, algunos incluso están diseñados para buscarlos. Otros deportes no permiten ni siquiera la idea misma del empate. Pero el fútbol no solo permite empatar, sino que permite que durante toda la extensión de su tiempo (que no tiene pausas) no pase nada.

Un gringo explicaba en el Daily Show que la razón por la que los latinos se volvían tan locos con los goles es que sus marcadores eran bajos, es decir, los partidos no salían 45-128, sino 2-0, entonces, los goles son algo tan escaso, tan excepcional, que hacía que esta gente se pusiera frenética: ni siquiera se acordaban cuándo fue el último gol que vieron.

Entonces, una cosa es que el fútbol admita la posibilidad del empate, pero otra distinta es que permita que no haya goles, su razón de ser. No pasa nada de nada y el espectador vuelve a su casa después de haber presenciado cómo lo que le es preciado se llena de una nada que se manifiesta en toda su fuerza.

Me gusta eso del fútbol, lo mucho que se parece a la vida misma. En la vida real los horóscopos deberían decir cosas como “hoy será un día exactamente igual que el anterior, sin mayores sobresaltos ni variaciones de ningún tipo”. No puede ser que todos encontremos el amor ni tengamos oportunidades laborales ni tomemos importantes decisiones sobre dinero y viajes, todos los días. Hoy es igual que ayer, exactamente igual, y pasan 45 años y somos viejos. Salvo, por supuesto, excepciones puntuales que son tan fantásticas como un golazo.

En la escena pivotal de la película, El Ladrón de Orquídeas (Adaptations) muestra a un guionista bloqueado que asiste a un seminario con el experto Robert McKee. Tímido, el protagonista pregunta qué pasa si uno quiere hacer una película donde en realidad no suceda mucho, que sea como la verdadera cotidianeidad. El viejo, obviamente, lo hace añicos gritándole que en qué planeta vive si piensa que no pasa nada, que todos los días morimos, nacemos, nos traicionamos, nos apuñalamos, vamos a la guerra, nos robamos las parejas, etc. En una conversación posterior le da el consejo: “asómbralos al final, y tenís una película, si el final está pulento, te van a perdonar todo lo anterior”.

El golazo de último minuto, no gol, golazo, por supuesto que nos hace perdonar un partido más fome que ver la pintura secarse. La memoria almacena los fuegos artificiales. En la guerra los balazos y bombas son excepciones, pero las tropas se pasan días enteros sin acción, esperando, esperando, aburriéndose, en tensa calma.

Y eso nos quedamos esperando, esa ráfaga de acción en que el partido se resuelva. Por último, dicen los más efervescentes, vayamos a buscarlo aunque lo perdamos. Pero el cero a cero es la nada. Sin alargues, penales ni definiciones de ningún tipo, en medio de un torneo largo, un partido donde no pasó nada, para un resultado que tampoco significa nada.

Tampoco todos son sentarse a mirar el pasto crecer. Sin ir más lejos, el mismo partido en Coquimbo de los Héroes del ’91 fue un 0-0 electrizante. Otro que me salta a la memoria es el de Chile-Argentina en el Nacional, eliminatorias para Alemania. Valdivia entró en el segundo tiempo y ese fue el partido en que se convirtió en Valdivia.

Debe haber mejores ejemplos, sin duda. El lector sabrá recordar empates a cero que fueron a combos, una teleserie de puñetes a lo Rocky. Duelos que terminaron con ambos contendores vivos, pero sin balas en la cartuchera.

La mayoría, una tarde aguachenta, ir de paseo a mirar como la pelota se revela en el máximo de sus caprichos. Mimada, se da vueltas de aquí para allá, pretenciosa, sin cumplir ninguna promesa porque ninguna promesa hizo. Se prueba vestidos frente al espejo y los tiende sobre la cama, pero al final se taima y decide no salir. Sus pretendientes se van a sus casas. Mucho por hoy.

Queda el estadio vacío, cada bicho pa’ su agujero

El escore cero a cero, y así termina el partido.

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