Columna de Colo Colo: Golazo

"El Bichi acaba de meter una rabona preciosa que Hugo Rubio tuvo el descaro de contestar con el mismo irresponsable arrojo artístico", recuerda Álvaro Campos.

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Álvaro Campos Q
@_Alvaro_7
Columna del movimiento Colo Colo de Todos
FB de Colo Colo de Todos
@ColoColodeTodos

Marti le rompió la salida al equipo rival, cerca del círculo central. Como nuestros adversarios nos están sacando la cresta, no se esfuerzan en presionarlo así que avanza solo hacia los tres cuartos. A la entrada del área comienzan los gritos. Somos cuatro: él, uno a su izquierda y dos a su derecha. Completamente solos, con tiempo de ponernos a conversar antes de resolver. El arquero no se regala, espera tranquilo bajo los tres tubos y Marti lleva un balde encima que le hace imposible vernos u oírnos. Entonces, decide el remate. Pero no tira a matar, su disparo se convierte en una emboquillada, un globito gigantesco y lento que no solo se va a unos 8 metros de altura, sino que deja la pelota alojada en la reja que protege las canchas. Marti, un lateral izquierdo momentáneamente convertido en Charlie Brown, trota de vuelta a la defensa mientras otros jugadores se trepan a recuperar la redonda. Yo lo voy retando todo el camino de vuelta mientras le advierto que esta jugada va a ser comentario obligado en la oficina mañana, en la tradición de revisar las jugadas más humillantes de las derrotas de nuestro Helvecia 240.

También lo entiendo. Se vio solo y saltó a la piñata. Hay que buscar el golazo porque el golazo no llega sin ser invitado por la osadía.

Dicen que hay que escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol. Yo agregaría otra, importantísima, clave: hacer un golazo. No meter un gol, son palabras distintas. Un golazo, quegolazo. Golazo.

Es un momento breve y desechable, que se pierde en la hojarasca en cosa de segundos, en vez de prolongarse y eternizarse en páginas, facciones o ramas. Pero su magnífica perfección, la gloria privada de una obra de arte, nadie debería vivir una vida completa sin protagonizar esa satisfacción.

Lo mismo da que el partido termine 56 a 45 y que sea en una cancha de mierda entre puros guatones pelados, o en la final de la Copa del Mundo marcando el gol definitorio en los últimos minutos. El golazo es una palabra que nadie dice de otra forma. Es siempre expresiva, siempre positiva. “Otro gol, por la chucha”, podemos decir si nos marcan uno, pero nadie reclama diciendo “golazo, por la chucha”.

Eric Cantona es un campeonazo. El viernes iré a ver, por fin, la película a la que el ministro de cultura Luciano Cruz-Coke le bajó el pulgar: Rebeldes del Fútbol, en la que aparece el francés. Siempre fue distinto King Eric, y eso no solo se vio en la cancha, sino fuera de ella, con las declaraciones que era capaz de dar. Una vez dijo que no jugaba contra ningún equipo en particular, sino contra la idea general de perder. Genio. Otra vez dijo que el pase de Pelé a Rivelinho causa en el espíritu lo mismo que las grandes obras de arte: llenan de una sensación de inmortalidad.

Ver sus imágenes seda. Es una terapia no sé si para el aburrimiento, no creo, porque no entretiene, relaja. Un compacto de grandes goles podría ser infinito y uno se queda pegado mirando voleas, bicicletas, bombazos de 45 metros.

Aunque cuando hacen ránkings con los mejores goles me carga cuando ganan esos zapatazos. Me da la impresión que el ejecutor le metió mucha fuerza y la suerte hizo el resto. Prefiero una comba con rosca al ángulo lejano. O una apilada, o un tejido colectivo de pases de primera, como el de los colombianos a Alemania.

Hay mucha variedad para elegir. Hay goles que no deberían contar como 1. Y su valor se arranca de marcadores y tablas de posiciones, su trofeo no está en los números sino en las mesas, donde se comentan y recuerdan y agigantan y traspasan como mitos de antaño. Nunca he visto el gol que le hizo Caszely a Everton y que culminó con su celebración tomando la pelota con las dos manos erguidas, dentro del arco. De pie. Semidios.

Así se siente uno, perfecto, inmortal, hermoso. Después seguimos siendo patadelanas torpes y lentos. Pero hacer un golazo ni siquiera requiere gran talento, puede incluso que el grueso de la jugada se lo lleven otros y uno sólo conecte la última puntada. El requisito es estar ahí y atreverse a ser el protagonista de la magia. Que una sola vez, todo calce y salga bien.

Mientras escribo, es fácil que la pantalla de la cabeza tire las imágenes del 14 de los blancos pasando entre los amarillos, que en esa época ya se autodenominaban Capo de Provincia aunque nunca le habían ganado nada a nadie. Alguna vez yo se la piqué así a un arquero en una cancha de Recoleta.

Pero también me acuerdo de Rubén Martínez y su zapatazo ante la Unión, mismo estadio donde el Mago Valdivia inmortalizó su espantachunchos contra Palestino, mismo rival contra el que Luquitas convierte el gol del Payasito Millar en golazo al señalarle el pase con su dedo índice apuntando al suelo.

Hay un gol que vi una sola vez, y hace tanto tiempo que ya ni sé si es real o no. En el Monumental, le ganamos 6-2 a Fernández Vial y uno de los goles comienza con Barti contra el banderín del córner. Tiene 2 aurinegros tras sí, pero el 7 se da vuelta y se escabulle, avanzando por la línea de fondo. Ahí le sale al cruce otro palitroque, que también supera. En vez de tirar el centro de la muerte para algún Dabrowski, Marcelo Pablo hace él mismo el recorrido diagonal para entrar al área, superar a otro defensa y meter un tiro cruzado. ¿Lo soñé? Las estadísticas dicen que el gol existió y que el partido fue válido por el campeonato de 1989 aunque se jugó en 1990.

Mejor ni verlo. Capaz que lo romanticé todo. Uno hace esas cosas y está bien, la memoria se puede dar esos gustos.

Sobre caprichos de la memoria es la última escena. Estamos en nuestro Estadio Nacional jugando contra Palestino y estamos todos incrédulos. El Bichi acaba de meter una rabona preciosa que Hugo Rubio tuvo el descaro de contestar con el mismo irresponsable arrojo artístico. Se tiende plácido sobre la colchoneta de aire que sólo él ve y ejecuta una tijera que parte rauda en busca del arco rival. Aquí terminamos. Suspendidos en esta postal, mientras el Pájaro todavía no vuelve a tocar el suelo, ante la mirada atónita de miles de personas que pagaron su entrada tal como siempre: con la secreta esperanza, siempre renovada, de presenciar una jugada única, eterna en el recuerdo mientras más repentina en el instante.

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