Columna de Colo Colo: Ahora sí

"Tanto en Santiago como ayer en Quillota, el Cacique abre paso a la esperanza", dice Álvaro Campos.

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El pueblo albo empieza a creer. (Agencia Uno)

Álvaro Campos Q
@_Alvaro_7
Columna del movimiento Colo Colo de Todos
FB de Colo Colo de Todos
@ColoColodeTodos

Cuando Audax hizo el gol el domingo pasado, me di cuenta de que el 2-1 era el mejor resultado posible. Y dado vuelta. La mezcla justa entre un triunfo modesto que evite que la confianza se infle como un globo entre tanto cactus, y un triunfo sufrido que inyecte al camarín de entusiasmo y mística. Durante todo el partido vi a los jugadores blancos tranquilos, ni ansiosos como antes ni con esa desidia empelotante de hace unos años. Bueno, y los blancos se la tocaban a los blancos. Sin ollazos, sin patriadas necias, era como si supieran que iban a ganar.

Tanto en Santiago como ayer en Quillota, el Cacique abre paso a la esperanza y permite que la intuición siga vibrando en el pecho haciendo algo que suena muy simple y obvio salvo porque lleva años sin hacerlo: ganar con tranquilidad los partidos que hay que ganar con tranquilidad.

Jugaba el elenco más poderoso de Chile, y el que mejor se reforzó para esta nueva temporada, contra un equipo que no jugaba en su estadio y que en la fecha anterior había sido goleado 4-0. En el papel, un triunfo en velocidad crucero. Pero ya nos acostumbramos a que del papel a la cancha todo cambie. Y que Dalsasso se convirtiera en Rogerio Ceni. Y que Guachupé Giménez se convierta en Neymar. Equipos livianos nos faltaban el respeto en nuestro propio estadio.

El que viajó al Lucio Fariña o el que lo vio por la tele se equivocó de estadio o de canal si lo que quería ver era una aplanadora alba que hiciera gritar a un rival torturado, pidiendo por favor que termine la masacre. No haríamos 7 goles ni mostraríamos un vértigo arrollador.

Viene Antofagasta el miércoles y jugadores clave como Jaime Valdés están recién volviendo a jugar noventa minutos. En el segundo tiempo el equipo cerró el partido. Teníamos dos goles de ventaja y era el momento de que Vecchio saliera de la cancha.

Más tarde pidamos que el equipo dé espectáculo. Todos queremos espectáculo y sabemos que es parte del ADN del Cacique, que nació para entregar alegría. Pero hay que saber bien dónde estamos hoy.

El mismo equipo al que la U. de Conce goleó hace poco, hoy presenta un equipo cuya columna vertebral podría lucir nombres como el mundialista Justo Villar al arco, un Barroso que juega como si fuera titular de Colo-Colo desde la escuela básica, enunadeesasquizastalvezporahí Claudio Maldonado, el Jaime Valdés de la quinta o la octava fecha, un Vecchio que de parecer lento está acostumbrado a llevarse a sus cancerberos en velocidad, y Esteban. No necesito otro nombre para creerme el cuento de que vamos a ser campeones. Esteban Efraín.

A sus lados, a izquierda y derecha, correrán tipos como el indiscutible Fuenzalida, un Delgado que tiene mucho que entregar y crecer, o un Fierro que nos ha dado a todos una lección de humildad y sacrificio, cambiándose de puesto sin divismos y partiéndose el lomo para ser el mejor allá donde lo pongan.

A propósito, Paredes y Valdés llegan porque soñaban con vestir de blanco. Fierro da la pelea, tal como la da Menita, porque la camiseta es el color de su piel. Barroso fue campeón y le tocaba el enorme beneficio y privilegio de jugar la Copa Libertadores, pero prefirió venirse a un equipo que va de crisis en crisis, sólo porque era Colo-Colo. Qué decir sobre los canteranos. Se está dando algo muy lindo. La llama está agarrando fuerza.

No estoy siendo ciego. Seguimos siendo, en muchos aspectos, un equipo de mierda. Sin embargo, ya desde el torneo anterior tengo la intuición de que este año…

Nos toca salir poco (Iquique, Cobreloa y Ñublense, porque La Calera jugará en Santiago) y nos vamos a saltar la distracción de las copas internacionales a las que los clubes chilenos irán nada más que a turistear. Está todo dado para nosotros. Ahora sí.

La última vez que estuve en Quillota fue para acompañar a un gran amigo que vio por primera vez a su equipo coronarse campeón. Lo vi emocionarse mientras cantaba el himno observando a los jugadores pasear la copa. De vuelta a Santiago, no me importó que fueran las 12:30, le dije que fuéramos a Plaza Italia y dimos la vuelta tocando la bocina, con el banderín del siempre modesto San Luis flameando por la ventana.

Colo-Colo está mal, pero va bien. Ya sé que paso a paso. Pero qué quieren que les diga: nada me roba la sensación de que estoy ante otro largo trayecto desde Quillota hacia Plaza Italia.

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