Columna de Colo Colo: Santa Laura no

""Santa Laura no. La Unión, no" comienza Julio Martínez", asi arranca la columna de Álvaro Campos.

Por

 

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Agencia Uno

Álvaro Campos Q
@_Alvaro_7
Columna del movimiento Colo Colo de Todos
FB de Colo Colo de Todos
@ColoColodeTodos

“Santa Laura no. La Unión, no” comienza Julio Martínez, en el video de YouTube que lo inmortaliza preguntándose indignado cómo va a ser posible que alguien llegue y compre, así como así, al club y al estadio de toda su vida. Reclama contra los nuevos rostros que hay en el fútbol y su mentalidad, porque ya los huele. Si yo fuera hincha de ese equipo, lucharía porque ese sermón fuera más conocido que el himno, y yo mismo me lo sabría palabra por palabra.

Ahora que fui a su estadio me quedé pensando en Jotaeme. En cosas como la triste paradoja de que el único que podía haberlo despedido tras su muerte, rendirle un sentido y merecido homenaje, era precisamente él. Los que intentaron alguna elegía demostraron ripios de estructura, carencias léxicas y de imaginario, sólo aumentando la nostalgia por un orador de esos que ya no hay.

Don Julio. Qué pena. Cuánto Chile se fue con él, cuanto recuerdo del que fue el último centinela. Lo que vino después de su muerte fue simplemente ridículo. Ponerle su nombre al Estadio Nacional, sede mundialista, centro de tortura, lugar tantas veces histórico, fue un escupitajo a su memoria, por lo bananero. Él se hubiese opuesto, sin duda, ruborizado. Quienes creyeron premiarlo (y colgarse algo de su popularidad) lo condenaron a la humillación del momento futuro en que alguien pregunte quién chucha fue Martínez para que le respondan que era un viejo que una vez hizo un discurso bonito para la Teletón.

Flaco favor le hicieron. Y, de todos modos, si un estadio llevase su nombre, no podría ser otro que el de su Plaza Chacabuco. Pero no. El Santa Laura hoy se llama Universidad SEK. Injusticia divina, amable lector, injusticia divina. El grotesco Jorge Segovia anda en Europa arrancando de la legislación chilena, y el hecho de que al hincha rojo no le haya molestado su presencia mientras les amononaba las gradas y les regalaba copas es casi tan ignominioso como el águila franquista que aún llevan en el pecho.

Hay futuro, igual. Al Coto Sierra, ídolo entre ídolos, ya le perdonaron que los mandara a Segunda marcándoles un golazo de zurda como capitán de Colo-Colo. Volvió para ganar trofeos como jugador y como técnico. Todavía la noble hinchada hispana puede redimirse tras años de hacerse los huevones, poniéndose las pilas para hacerse cargo del club que es suyo.

Julio Martínez (el verdadero, no el hijo que sin más mérito que llevar su mismo nombre fue candidato por un partido que nunca fue el de su papá) se despidió de nosotros a los 84 años. Un poquito menos, 82 tiene Eduardo Córdoba, un socio de Colo-Colo que se vio envuelto en el violento huracán del acceso al Santa Laura SEK el domingo y terminó con el brazo sangrando tras ser empujado contra un muro.

No había cámaras televisivas (nunca las hay en los accesos de la gente más pobre) que registraran el escándalo. Y para colmo, la nube de desinformación mediática quiso mezclar esos eventos con un par de bengalas y luchas entre barristas de otros 2 partidos para dar a entender que lo que nos pasó fue un hecho de violencia de “los inadaptados de siempre”. Superficiales y vanidosos, los periodistas se las dan de tipos duros hablándole a la cámara con vacíos discursos contra la violencia de las barras. Llevan un cuarto de siglo haciendo lo mismo, cacareando al viento, como si a los mafiosos les importara. Más sentido tendría que ejercieran su profesión de periodistas investigando a fondo cómo es el negociado de los torniquetes, cómo es el negociado de las cámaras, cuál es el nexo entre la política y los barristas, qué parte del currículum del deleznable Cristián Barra lo hace merecedor de estar ahí, y qué pasaba por su cabeza al lavarse las manos de la muerte de un barrista porque ocurrió afuera del estadio. Que apretaran a Barra, a Cecilia Pérez, o al mismo Ruiz-Tagle y sus corruptos tinglados en Chiledeportes.

Da lata que el único “reclamo” contra el plan Estadio Seguro sea que no esté dado resultado, equivocando el camino al llevar la discusión al bombo y las bengalas, cuando no se debería tratar de eso. Ojalá entendieran que no hay un solo asistente regular al estadio que considere que el plan gubernamental sea un avance de ningún tipo (porque está esencialmente diseñado para embaucar a los votantes: las señoras que ven las noticias), y sí una gran mayoría que lo entiende como un retroceso. Los hechos violentos siguen, constantes pero ocasionales, como siempre han sido. Lo que hay es corrupción y un agente adicional en la violencia: guardias amateurs y pacos, que hacen del hincha común y corriente una víctima de su agresividad.

Un verdadero estadio seguro no se logra protegiendo las instalaciones y poniéndole mano dura a los flaites pa’ que no dejen alguna cagá, sino protegiendo a los flaites que van al estadio para que no se mueran si queda una cagá. ¿Tan ridículo suena? ¿Tan profundo es nuestro clasismo que subentendemos que los pobres son protodelincuentes?

En Inglaterra la cirugía mayor de la industria no fue una cruzada conservadora de tolerancia cero contra los violentos. Para que sepan, medidas como poner asientos y quitar las rejas son recomendaciones del famoso Taylor Report, el cual nace del desastre de Hillsborough donde murieron 96 personas. No fue en una batalla campal entre grupos rivales. El público fue tratado como ganado, y ni cuando se hizo evidente el colapso en la gradería dejaron de reprimirlos como una masa violenta que debía ser mantenida a raya, en vez de como ciudadanos que debían ser protegidos de una masacre.

No sé qué tan claro estoy siendo. Un hecho macabro hizo cambiar el enfoque de todo el sistema inglés para garantizar, en primer lugar, la integridad del espectador. Las autoridades chilenas están empecinadas en defender al estadio (propiedad privada) del público, al que entiende como potenciales violentistas, delincuentes y borrachos. Esa postura fue la que incubó Hillsborough.

En Santa Laura había 1 puerta para 7.000 personas. La gente que esperaba entrar iba tanto a galería (donde, abusivamente, está prohibido llevar a menores de edad) como a tribuna Andes. El colapso fue dado por razones logísticas, no por una turba encapuchada haciendo desmanes. Nos tiraron los caballos. Los pacos nos gritaban, prepotentes como acostumbran, como patrones a sus esclavos, blandiendo sus lumas. El guanaco se abrió paso entre peatones indefensos, barriendo todo al avanzar lanzando su chorro contra la gente. Faltaron las puras lacrimógenas. Corridas, aglomeraciones, niños llorando. Caos. Empujones. Sálvese quien pueda. Entre quien pueda. Como las rejas no aguantaban ante tanta gente, pusieron al guanaco, sí, al mismísimo guanaco, para crear un cuello de botella y que fuéramos pasando de a pocos. Gente se devolvió a su casa con su entrada en la mano. Las entradas ya habían sido compradas, las autoridades ya sabían cuánta gente iría.

Obvio que no había ambulancias cerca para atender desmayos o lesiones. Cuando la mezquina ambición recaudadora de las sociedades anónimas rompa el saco, va a morir gente y la culpa no se la van a poder echar a las barras bravas. Eso lo intentó hacer la policía inglesa y el thatcherismo pero no les resultó. Incluso después de acaecidos los sucesos interrogaron a los testigos como si fueran cómplices de un delito, pero la verdad terminó saliendo a flote, por más que inventaran la calumnia de que todo comenzó por una avalancha humana que quiso entrar sin pagar.

En Colo-Colo ya sabemos que Blanco y Negro no quiere el estadio lleno porque tiene que pagar más funcionarios subcontratados y, sumando y restando, les resulta poco conveniente. Si es necesario, van a mentir descaradamente sobre el público que asiste para no cumplir con las exigencias que un alto aforo impone. Básicamente, no quieren hacerse cargo del cacho de organizar un espectáculo masivo. Para qué vinieron entonces, a qué llegaron, si no se la pueden precisamente con lo que tienen que hacer: espectáculos masivos.

Frente a eso, me resulta un pelo de la cola que 15 giles se escondan petardos para hacerlos sonar, desafiantes de sus exsocios. Me gustan los bombos y la fiesta y las cuncunas y el carnaval y el humo de colores y el papel picado, pero también entiendo cuando se les ataca como símbolos de poder para los criminales, o cuando se señala que la Selección dio la cacha en las eliminatorias con bombo y todo, y clasificó a 2 mundiales seguidos sin bombos.

Pero ese no es el punto. Me termina por dar lo mismo si entran o no los bombos. Los políticos y los mandamases del fútbol le están pegando fuerte a las barras, que ahora les resultan molestas. Pero es una mentira sin ningún fundamento que su intención sea que la gente vuelva al estadio. De ser así, habría recorridos especiales de micro y metro para los partidos nocturnos, los trabajadores del sueldo mínimo podrían llevar a sus hijos comprando las localidades más baratas, o habría especial ahínco en evitar las constantes alzas de precios que no se condicen con la infraestructura. El espectador de fútbol es un tipo que está dispuesto a hacer una larga fila si va mucha gente, como cuando va a un concierto o al cine o al mall. Pero en el estadio nos tratan de forma distinta. No nos respetan, nos violentan en nuestra dignidad. Esa que en los aeropuertos gringos dejó de importar en nombre de una falsa promesa de seguridad. Dignidad. Cuánta gente va quedando que entiende el peso de ese concepto.

Julio Martínez era uno. Por eso ocupaba un espacio deportivo para hablar sobre la guerra de Irak, gesto a todas luces estéril. Por eso prefería su Santa Laura cayéndose a pedazos, pobre como laucha, pero propio, digno. Salvo Guarello y un par más, no hay muchos periodistas dignos que sean inquisidores con los poderosos. Y los poderosos, a esos qué dignidad les vamos a pedir. Qué difícil es integrar al debate un concepto que no se mide en cifras.

El fútbol es lo más lindo que hay, entrega alegría, genera pasión y enseña honor. Merecemos ir a verlo en un lugar que en sus instalaciones y en sus servicios nos otorgue seguridad y dignidad a todos.

Santa Laura no lo hizo, Julito. Santa Laura no.

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