Columna de Colo Colo: Ganar

"La tragedia de Valparaíso no sólo convertía en un disparate tener al plantel caturro en la capital, sino que hacía una falta de respeto nuestra celebración."

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Archivo.

Álvaro Campos Q.
@_Alvaro_7

Columna del Movimiento Colo Colo de Todos

FB de Colo Colo de Todos

@ColoColodeTodos

Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen en este día los muertos de mi felicidad. Silvio Rodríguez ofrece una resolución para el más inesperado de los obstáculos que enfrentamos camino a esa alegría tan postergada: la muerte que enlutó a los cerros con sus calles y sus niños. El del domingo fue un partido que simplemente no se debió haber jugado, prueba una vez más de que la burocracia tiene contra las cuerdas al sentido común y la nobleza.

No quería perder, ya he perdido demasiado. Pero ganar no iba a ser lo mismo. La tragedia de Valparaíso no sólo convertía en un disparate tener al plantel caturro en la capital, sino que hacía una falta de respeto nuestra celebración.

Está en el centro de la culpa que tenemos como hinchas del fútbol, esa burbuja en la que nos adentramos, esa total felicidad y plenitud que sentimos dejando afuera el mundo que, más allá, nos espera con sus responsabilidades y tareas.

El partido era a las 12 y me abrigó el corazón saber que la gente recibió a los verdes con un estruendoso y sincero aplauso, manteniendo con sobriedad el silencio que se guardó por los sucesos del fin de semana.

Nada de eso lo viví. Recién entré, carnet de abonado en mano, a las 12:40. Nos cerraron la puerta antes del partido a hinchas que teníamos entradas y credenciales. Les dio lo mismo. Quién nos daba una explicación, quién nos respondía, quién nos daba la cara. Blanco y Negro no pudo coronar la campaña del título de otra forma.

Mientras peleábamos y mostrábamos nuestra indignación ante las cámaras, mientras nos correteaban por el estacionamiento, sonaban los “uuuuh” que hacían sentir que el primer gol estaba calentito. No me iban a dejar sin festejar el triunfo esta tropa de maleantes. No me iban a hacer escuchar la vuelta olímpica por la radio del auto este atado de codiciosos.

Cuando al fin pudimos entrar el marcador aún estaba cero a cero y pude gritar el gol de Felipe Flores que hoy nos tiene sonriendo. Estaba llenísimo.

Ganamos. Salimos campeones. Muchos lloraron.

La hemos pasado tan mal, dentro y fuera de la cancha. Cómo olvidarlo ahora. Los socios e hinchas albos hemos sido abusados sin fin. No creo que haya ninguna forma en que no nos hayan vilipendiado.

Un lunes después de perder 5-0 un clásico, escribí una columna que se llamaba Perder, todavía aturdido por la goleada. El texto repasa derrotas dolorosas de nuestra historia, que está llena de ellas porque está claro que Colo-Colo es el equipo que más torneos ha ganado, pero han sido más los que ha perdido. A esa antología del derrumbe le faltaban todavía 2 años más de nuevos capítulos vergonzosos.

El domingo nos quedamos hasta el final y, antes de irnos, les dije a mis amigos que se tomaran un momento para contemplar el estadio vacío, con el brillante papel picado aún en el césped, con las graderías vacías y la cordillera durmiendo una siesta mientras el cielo se despejaba de nubes livianas.

Aquí fui castigado. Sonaban los gritos de desesperación porque el equipo no jugaba más que a los ollazos. Los vi trotando, escondiéndose de la pelota porque nadie sabía cómo darlo vuelta. El cambio de un paquete por un pecho frío. Las vivimos todas, acá mismo, fumando mientras el tiempo se agotaba.

El estadio lo sabía. El estadio me sonrió, cómplice. Yo estuve en su inauguración. Teníamos 15 estrellas, ahora tenemos el doble. He visto la historia grande y me doy por satisfecho.

Eso tiene el triunfo, cierra bien. Es como la rima en un poema. Hace que todo calce en su lugar. Y es una ilusión, por supuesto que sí. La vida no cuadra y está llena de cabos sueltos, pero el arte nos invita a imaginar círculos perfectos. Ganar es un círculo perfecto, ganar es un golazo y la alegría es un corazón inflado como una red, flameando como la bandera gigante de la Barra Juvenil que bajaba cubriéndonos las cabezas infantiles.

Yo sabía que todo iba a ser así. Que muchos hinchas de verdad se iban a quedar afuera porque los clasiqueros iban a acaparar las entradas. Y qué. ¿No se dan cuenta? La alegría brilla más para nosotros. El clasiquero va al estadio y se saca su foto y graba su video y está bien, bien por él. Pero el que lloró, el que se quedó en la galería cantando después del 5-0, el que estuvo ahí en los lluviosos estadios semivacíos, él ríe mejor ahora. Los que más sufrimos no tenemos ningún derecho especial, pero sí el privilegio de ser un poquito más felices ahora, cantando nuestro himno que fue el mástil al cual nos amarramos en la larga tempestad, una bienaventuranza en el desierto, una promesa refulgente, cumplida, verdadera.

Eso no se entiende desde afuera. Desde afuera yo sé cómo nos vemos. Nos volvimos loquitos con otra copa, porque es lo único que nos interesa: la gloria pasajera y triunfalista. He leído a hinchas de otros clubes hablar de “las latas” para referirse a nuestras copas. A ese nivel llega su impotencia y su desconocimiento.

Voy a tratar de explicarlo. Nos encanta ganar, claro. Dicen que en los equipos chicos el triunfo es más sabroso, porque es más inesperado. No sé si sea cierto, pero si lo es, entonces también habría que decir que a nadie le duele tanto perder como a un colocolino. Nos hiere. Nos deja mal. Y nunca ningún hincha del Cacique había vivido tantos campeonatos en que nuestra gloria (porque es nuestra) se la llevaran otros. Nunca habíamos soportado tanto.

Cada campeonato, cada vuelta olímpica llega a festejar que el Diablo se escondió, que la mala racha se fue a dormir. Así es el carnaval, una breve celebración de que la máquina que nos aplasta paró un rato. Y es lindo, es linda la alegría.

Pero hay más y es más profundo aún. Es parte de la cultura colectiva el reírse de la católica y sus segundos lugares. ¿Por qué se burlan incluso quienes salen cuartos, octavos, duodécimos? Simple: por cómo pierden. Porque hay algo, un no-sé-qué que los lleva a desinflarse en las instancias decisivas.

Nosotros celebramos el orgullo de ser todo lo contrario. Hay algo, un no-sé-qué, una mística que nos agiganta en la pelea, un fuego de campeón, un recuerdo de David Arellano que nos guía por la senda triunfal. Allá donde algunos arrugan, allá donde algunos le echan la culpa al empedrado y mienten, inventan excusas, que el árbitro esto, que la ANFP lo otro, allá donde otros se quedan a medio camino, nosotros ganamos, salimos campeones. Suena soberbio pero no lo es, porque perfectamente podríamos no ganar, como pasa a menudo. El punto es que cada nueva estrella llega a confirmarnos que ese hilo no se ha cortado, que llega desde el ’25 en un flujo continuo.

Era cierto. Cada vez que ganamos, era cierto que en las canchas como el Colo-Colo no hay. Era cierto que ole-olé, ole-olá, el Colo-Colo va a ganar. Era cierto que es Eterno. No nos mintieron quienes nos enseñaron eso, en la educación moral que recibimos cuando nos dicen que no robemos y que el bien siempre triunfa sobre el mal.

Hay niños que atravesaron este callejón oscuro sin más que la confianza en que sus papás les decían la verdad cuando les prometían que volveríamos a ganar porque siempre lo terminamos haciendo. Es triste saber que cuando crezcan descubrirán que el mundo es mucho más injusto y feroz del que les muestran hoy, que tal vez los malos se impongan, que los matrimonios se divorcian y quizás ni Dios exista. Pero esta certeza resiste incólume: que los otros equipos no van a aguantar el campeonato entero, que se van a poner nerviosos en el Monumental. Que lo ganamos. Tranquilo, que lo ganamos. Somos Colo-Colo.

El hincha pierde toda la semana, por eso le encanta ganar el domingo. Además, sabe que viene el lunes. Menita lo dijo muy bien, que había que disfrutar estas alegrías porque duran menos que los dolores. La hermosa verdad que nos reveló el Zorro Álamos sobre el desayuno del obrero es certera precisamente porque apunta a eso: sólo es el desayuno. Después se viene una larga jornada de trabajo mal remunerado, de romperse el lomo y sacarse la chucha por dos chauchas, y mañana de nuevo, y mañana de nuevo. Entremedio, hay que vivir el ahora, gozar el éxtasis de la victoria buscada y bien habida.

Lo que nos gusta, obvio, es ganar, pero más nos gusta ganar a lo Colo-Colo. Picando de atrás, tapando bocas, poniendo de lo otro, de eso otro que nadie tiene en tanta cantidad ni calidad.

La Anita me mostró un interesante artículo sobre consejos para parejas. En él, el doctor Mark Goulston explica que la piel tiene una memoria propia, de buenos contactos en que se siente cariño, de malos contactos en que se siente abuso y de ausencia de contacto en que se siente dejadez.

Los tiempos duros para mí involucraron domingos de frustración y rabia, pero se pusieron peores cuando la desesperanza y la derrota también atacó el resto de los días de la semana, en la campaña en que mi pololeo se fue al descenso. Terminamos el año pasado y la vida se puso tonta.

Si fuera cruzado la hubiera dejado ir con frialdad, si fuera azul le hubiera echado la culpa a todos, inventamos falacias que no resistirían un análisis frío, enamorándome cada vez más de mí mismo, enceguecido.

Tenía el partido perdido pero fui a darlo vuelta porque soy colocolino y así me criaron. Garra. Empuje y coraje. Cuando en la cancha faltó visión, la reconquisté poniendo lo otro, que no es más que corazón. Lo que más tenemos.

Cuando volvió a hacer cucharita conmigo, nuestros cuerpos se recordaban y se echaban de menos. Las caricias quedan. Los abrazos también, los que me dieron cuando chico en el Monumental, los que le he dado a amigos y desconocidos celebrando goles. La piel tiene una memoria propia y las mejillas de los que lloraron el domingo conocen el surco que recorrían sus lágrimas de emoción. Nuestros pechos reconocen el contacto de la camiseta más linda del mundo.

Son buenos días para ser colocolino, para creer en los juramentos que por media década parecieron flaquear. El domingo muchos miembros de Colo-Colo de Todos pasamos todo el día sonriendo y celebrando. Mañana está de cumpleaños la Anita y quiero aprovechar de demostrarle una vez más que la amo como a nadie. El sábado es el aniversario de este Colo-Colo tan inexplicable. Es 19 de abril. Resucitamos. Somos campeones. Sabido es que lo llevamos en la sangre. Somos campeones. Lo llevamos en nuestra piel.

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