Marco Bahamonde: De ser fichado por Boca Juniors a los 17 a controlar plagas a los 30

En tiempos en que un alicaído club xeneize compró a José Pedro Fuenzalida, en el sur de Chile un afanoso emprendedor recuerda cuando aún era un niño y partió a un brillante Azul y Oro. Compartió con Riquelme, jugó con la 10 ante River, pero malas decisiones y lesiones lo llevaron a retirarse a los 24. Aquí algo de su historia.

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Por Pablo Serey – El Gráfico Chile

Por estos días, la llegada de José Pedro Fuenzalida a Boca Juniors es uno de los temas más comentados en el universo del fútbol chileno. A sus 29 años, el Chapa obtiene la oportunidad que merecía: jugar en el extranjero y lo hará en un club lleno de pergaminos, en el que muy pocos compatriotas han estado.

Roberto Lucco en la década del 30′ fue el primer chileno xeneize, mucho después vino Ivo Basay (1994) y hace poco Gary Medel (2009-2011). Con esos para de contar. Pero hubo otro que, si bien nunca jugó por el primer equipo, se empapó de la escencia bostera, ya que fue fichado a los 17, participó en giras por Europa, fue testigo directo de los primeros capítulos de la rivalidad Riquelme-Palermo, usó la 10 ante River y fue promovido por el mismísimo Carlos Bianchi.

¿Su nombre? Marco Bahamonde, quien a la edad a la que el Chapa estampa su firma en La Bombonera, ya estaba de hace retirado y buscando vida en el sur de Chile, trabajando en lo que le presentara el camino de la vida.

Hoy, con 34 años, Bahamonde lucha por hacer crecer una pyme y totalmente alejado de las luces del fútbol (no juega ni siquiera a nivel amateur), repasa su llamativa historia.

Para este otrora volante creativo, todo partió en 1997. “Juan Carlos Carlotti me hizo debutar en Primera por el primer equipo de Provincial Osorno a los 17 años. Tuve continuidad ese año y Eduardo Petrini empezó a ser mi representante”, cuenta.

Por esos años, Osorno era un equipo relevante y el empresario argentino Eduardo Petrini movía sus hilos. Llevó al elenco de los toros a un jóven José Luis “Pepe” Díaz y consiguió transferir, sin escalas, desde el club lechero a Boca Juniors al delantero trasandino Pedro González Pierella. Al alero de ese movimiento, el aún niño Marco Bahamonde también emigró a La Bombonera.

Llegó a Argentina en 1998 con 17 años y con cartel de promesa. Se le puso a trabajar en la quinta división (series inferiores) pero por enredos económicos se devolvió el mismo año a Osorno. “Hubo incumplimientos”, acusa.

Sin embargo Boca lo volvió a requerir. En enero de 1999 ya estaba haciendo la pretemporada y pasó a la reserva, o sea, a un paso del primer equipo. “Jugué casi todo ese año. Entrenábamos día a día con el primer equipo, donde ya se hacía clara la rivalidad entre el grupo de Riquelme y el de Palermo junto a los mellizos (Barros Schelotto)”, apunta.

Con 19 años tendría su gran reto. Los tradicionales torneos de verano en el vecino país le abrirían una importante ventana. En Mar del Plata, actuó ante Racing, Vélez y en el clásico ante River jugó los 90′ y usando la 10, que por esos años era propiedad de Juan Román Riquelme.

“Me sorprendió la decisión de llevar la 10, pero sentí que fue un espaldarazo de Carlos Bianchi”, comenta, agrgenado que “él conversaba mucho con todos. A mí me tenía mucha buena”.

Para la temporada 2000, Bianchi ya lo tenía considerado. “Me iban a subir al primer equipo, ya que el peruano José Pereda se iba a ir, pero al final se quedó. Eso me perjudicó, ya que estaban cubiertos los cupos de extranjeros”, explica. Quienes completaban los puestos de foráneos eran los colombianos Óscar Córdoba, José Bermúdez y Mauricio Serna.

Un préstamo era la solución. Así, el 2000 se marchó a Porvenir de la B Nacional trasandina, lugar en el que empezaría su debacle. “Ahí me cambió todo. Era todo muy precario, hasta me tenía que llevar mi propia ropa para entrenar. Me desmotivé y volví anticipadamente a Boca”, relata.

A comienzos de 2001 Bianchi le comunicó que no lo tendría en sus planes y se vino a Universidad Católica. “Hice la pretemporada y el técnico (Wim Rijsbergen) me dijo que quedara, pero mi representante le pidió más plata a los dirigentes y el asunto se cayó”, sostiene.

“Me fui a préstamo a Osorno, para recuperar la motivación, y en el segundo semestre de 2001 me iba a ir a México, pero otra vez hubo problemas con mi representante. Traté el tema con el SIFUP, me quedé sin jugar ese semestre y a comienzos de 2002 empecé a entrenar con Osorno, pero sufrí una luxación y me quedé otro año sin jugar”, continúa.

Venía lo peor. “Ya acumulaba un año y medio sin jugar. Pero quería seguir. En 2003, tuve altos y bajos en Osorno y fui inscrito para jugar la Sudamericana ante Católica, pero el entrenador Claudio Negretti me cortó. Ahí comenzó mi retiro”.

“Me mandaron a entrenar a las inferiores y después me despidieron. Tenía decidido retirarme, pero en 2004 Carlos González me llamó para jugar en Temuco. Pero entrené 20 minutos y me desgarré. Ahí acabó todo”. Tenía 24 años y ya estaba retirado.

Controlador de plagas

Tras su retiro, comenzó una carrera mucho más difícil y con un camino mucho más empinado. “Como me metí joven en el fútbol no estudié nada y comencé a trabajar en lo que viniera. Estuve en escuelas de fútbol, pero incluso ahí las lesiones me pasaron la cuenta. De hecho desde hace un año que ni siquiera juego a nivel amateur”, cuenta.

Desde hace dos años, Marco tomó el camino del emprendimiento y se lanzó con una pyme de control de plagas y fumigaciones. “Trabajé en el rubro como dependiente, hice cursos y me tiré con mi empresa” ¿Y cómo va eso? “Con altos y bajos. Cuesta partir de cero”, reconoce.

Tal como en el fútbol, en su vida como empresario el camino le presenta dificultades. Pero dice que el apoyo de su mujer Waleska, más el cariño de sus hijos Francesca y Diego lo alientan a no dejarse caer.

Eso mismo le permite, a sus 34 años, recordar esos años en La Bombonera con añoranza, pero sin ningún tipo de angustia. Aunque asume: “Uno cuando joven siempre toma malas decisiones y estando en Argentina se me abrió la posibilidad de partir al fúbol de Bolvia o Venezuela, pero no quise. Lo debería haber hecho y quizás ahora viviría del fútbol”.

Si así hubiese sido, aún podría ser colega de aquellos compañeros con los que compartió y que tiempo más tarde alcanzaron el éxito como Nicolás Burdisso (Mundialista y Medalla de Oro), Sebastián Battaglia (jugador más ganador en la historia de Boca) o Willy Caballero (reciente refuerzo del Manchester City).

“Uno siente mucha alegría al verlos. Crecimos juntos y con todo este tema de las redes sociales seguimos en contacto. Tenemos un grupo de WhatsApp en el que participamos cerca de 50 jugadores que vivimos en la pensión de Boca. Entre ellos están Burdisso, Battaglia y Caballero”, cuenta con alegría.

La efímera carrera de Bahamonde, que limitó por un lado con las luces y el éxito, pero que tuvo su frontera más amplia con la precaridad y las sombras, está archivada en un baúl de recuerdos que de vez en cuando se abre para contar una singular historia.

“Con el tiempo veo que todo me llegó muy rápido y así de rápido también todo se me fue”, las palabras al cierre de Marco.

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