Columna de Colo Colo: Los Ancianos

"Mi generación será la última que estaba viva y consciente cuando ganamos la (primera) Copa Libertadores de América, en un siglo que ya será lejano de recordar. Seremos los últimos sobrevivientes".

Por

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ColoColo.com

Por Alvaro Campos Q.

@_Alvaro_7

Autor del libro Colocolino de la editorial Gol Triste

Columna de Colo Colo de Todos

@colocolodetodos

Facebook: Colo Colo de todos

“Lo vi hace poco” dice uno sobre otro, pero no es cierto. Lo vio hace años, siete, que es como decir diez, o doce. Somos excompañeros hablando de otros excompañeros en el Rey Toro, un bar que de haber llegado antes a su esquina de Miguel Claro nos habría facilitado el liceo y la adolescencia.

Cuando chico vi un documental (¿siguen siendo verdad las verdades que decía la ciencia entonces?) que explicaba que los seres más pequeños veían el tiempo más lento, y viceversa. El tiempo, por supuesto, es relativo, y las moscas vivían todo como en cámara lenta y los elefantes en cámara rápida. Así también con los humanos.

Cada verano pasa más volando que el otro, y por eso siempre hay alguien cerca diciendo “uh, ya estamos en septiembre”. Habemos quienes cuando nos acostumbramos por fin a responder nuestra nueva edad pasamos de golpe a tener que memorizar otra cifra.

Pero en la infancia cada día dura para siempre y por eso me acuerdo de las revistas, los programas y, cómo no, los partidos que vi. A varios en Colo-Colo de Todos nos pasa, que sin embargo no tenemos ni idea qué pasó en los últimos torneos. No guardo resultado ni imágenes de, digamos, el partido de local contra Rangers en 2009. Me abruma una sensación de que todo va muy deprisa, más ahora con los torneos cortos.

Y cómo será para los ancianos. Ellos lo vieron todo. Pero todo. Vieron a Pelé, y ahora tal vez ni les queden ganas de explicarles a sus bisnietos lo livianos que son los ídolos que levanta artificiosamente la publicidad.

Siempre me han llamado mucho la atención, me resultan enigmáticos. Los que van al estadio, ¿leen el fútbol como nosotros o lo entienden todo más rústicamente, pensando que los jugadores son malos simplemente porque no chutan? ¿Será que van simplemente por costumbre y quizás su mente divaga por largos pasajes del partido? ¿Se saben los apellidos de los jugadores o ni siquiera les interesan?

Una vez en un octavos de final contra el América, en que no teníamos por donde, tres viejitos que se instalaban siempre en los mismos asientos vieron interrumpida su calma cuando uno de ellos gritó “¡pásensela a Suazo, que es el único que la aguanta bien!”. Derribó así varios de mis prejuicios.

Quedan otros. ¿Eran los viejos cracks tan espectaculares o simplemente es el lustre de la nostalgia, que todo el tiempo por pasado fue mejor? Majaderamente repiten que Chamaco estaba a otro nivel, algunos, mientras otros que vieron a Cua-Cuá lo sitúan más alto todavía. ¿Di Stéfano? ¡mejor que Pelé y Maradona juntos! Pero, también, paremos el hueveo. En una mesa el “experimentado” Jimbo Radio discutía contra todos nosotros que Miguel Ángel Leyes era cientoveinte veces mejor que Bravo, y yo no vi a Leyes pero me parece un disparate.

¿Llegará el momento en que uno sienta que ya lo vio todo, futbolísticamente hablando?, ¿que cada partido es un refrito de otro, que todos terminan por dar lo mismo? Tal vez esa sea la verdadera razón de que tantos se vayan alejando, escudándose en la inseguridad o el alza de precios.

Otros se quedan, y no los sacan ni a palos. Jimbo ya le enseñó a su hijo que lo único que le debe cuando sea viejo es llevarlo al estadio, hasta el final. Mi caso favorito es otro.

Si Pedro Villavicencio fuera actor y se caracterizara como un tatita, sería exactamente igual a su papá. O sea, ya es igual a su papá..Me da gusto verlos en el estadio y una noche me deslumbró con la historia del Parkinson de su viejo. Que tiembla, siempre tiembla, las piernas se le mueven, pero que en el estadio se le calman los temblores. ¿Y qué dicen los doctores? Les encanta, ojalá vaya siempre, porque le hace muy bien. Lo que pasa, explican, es que en el estadio uno grita, y gritar provoca movimientos musculares que lo mantienen ejercitando su amenazada salud.

A cada uno de esos viejos lindos yo los sentaría a contar sus historias, sus muchas historias públicas y privadas. Me desespera la cantidad de información que se llevarán consigo, anécdotas que nadie les preguntó y no creyeron necesario meter en las conversaciones de los almuerzos. Si tuviéramos la ocasión de entrevistarlos a fondo, tampoco alcanzaríamos a raspar bien esa olla, cuyo mapa conceptual ni siquiera ellos han concebido.

Aventuro unas cuantas preguntas que todo anciano colocolino debería responder, amplias pero necesarias: ¿Cómo conociste a Colo-Colo? ¿Cómo te hiciste colocolino? ¿Quién fue tu ídolo de infancia? ¿Cuál ha sido el mejor jugador que has visto, colocolino y rival, nacional e internacional? ¿Cuál fue la primera vez que fuiste al estadio? ¿Jugabas, de qué? ¿Cuál fue el mejor partido que viste en la tribuna? ¿Y el mejor gol, la mejor pelea? ¿La derrota que más dolió? ¿El mejor equipo, el mejor entrenador? ¿El once ideal entre todos los que viste?¿Qué significa Colo-Colo y ser colocolino para ti?

Podría seguir enlistando preguntas. O tal vez ya sea hora de ir pensando mis respuestas.

No habrá radios a pila pegadas al oído cuando yo sea viejo, y no sé si el Monumental completará la segunda bandeja de sus planos originales, pero tengo claro un hecho que por sí solo me hace ansiar llegar a viejo.

Los partidos, íntegros, sobrevivirán cada trasvasije tecnológico futuro. Pero a mis nietos, o a los nietos de mis seres queridos, les voy a contar cómo mi vieja cambiaba de pared mis pósters de Colo-Colo mientras en la tele goleábamos a Nacional de Uruguay, porque durante el primer tiempo había decidido que ya estaba grande para cambiarme de una pieza compartida con mi hermana a una pieza para mí solo. Tenía 8 años y lo recuerdo todo con detallada exactitud.

Lo voy a dejar más claro: mi generación será la última que estaba viva y consciente cuando ganamos la (primera) Copa Libertadores de América, en un siglo que ya será lejano de recordar. Seremos los últimos sobrevivientes.

Háganse esa.

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