Columna de Colo Colo: Nuestra fiesta

"Me deleito en comprobar que les volvimos a ganar con la camiseta, algo que nunca he visto que hagan ellos".

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Colo Colo volvió a celebrar en el Monumental / Crédito: Agencia UNO

Por Álvaro Campos
@_Alvaro_7
Autor del libro Colocolino de la editorial Gol Triste
www.colocolodetodos.com
@colocolodetodos
Facebook: ColoColodeTodos

Y cuando el arquero visitante le manda un manotazo a la pelota para dejarla servida, despacito -y más despacito en todos los cientos de repeticiones televisivas-, a los pies del mapuche mundialista, ahí queda clarita la certeza de que hay uno que va a sentir esa pelota en su mano todas las noches de la semana antes de dormir, al despertarse, en los entrenamientos, mientras almuerza. Cada vez que se tope con un compacto del partido que le devuelva su propia imagen, de rodillas.

Cómo no. Es una alegría ganarles el clásico, y ser los únicos que puedan hacerlo de local. Pero ya ha sido indicado que el clásico es este como podría ser otro, cualquiera, contra cualquier equipo que nos pongan del otro lado de la cancha para completar el set de esta historia que la mercadotecnia deportiva necesita: un partido que genere expectativas mediáticas 2 veces al año sin importar que sus participantes disputen o no el título.

Leyendo la prensa especializada daría la impresión de que este torneo ya estaba timbrado, y sin embargo el pueblo blanco llenó su estadio hasta hacerlo reventar. Algunos lo compararán con la desnutrida y triste convocatoria que tuvo este mismo partido en el torneo anterior, en el Nacional arrendado, cuando éramos nosotros los que avanzábamos a paso firme a una nueva corona.

Pero no me quiero detener en comparaciones porque, así como yo lo entiendo, el clásico (bueno, díganle superclásico si buscan importar rivalidades apretadas que aquí no existen) es nuestra propia fiesta. Tenemos varias: el 19 de abril, el 5 de junio, la Noche Alba, cada vuelta olímpica. El 31 de mayo, Día de la Camiseta. El 3 de mayo de David, el 15 de abril de Marcelo, el 28 de marzo de Carlos Humberto. Las elecciones libres del 29 de noviembre en que cada socio decide los destinos del Club que hace suyo. La gente se acercó en masa al Monumental a eso: a vivir una edición más de un carnaval que no podríamos jugar solos, así que tráigannos a once vestidos de otro color, cualquier otro color, para ganarles y sentirnos tan Invencibles como el ’25, tan Invictos como el ’41, tan Héroes como el ’91.

Como toda celebración, siempre puede salir mal. Las elecciones se las pueden robar (¿quién gritó Cristián Varela?), los novios pueden arrancarse de las bodas, las familias pueden ponerse a pelear en las cenas de Navidad. Cosas que pasan. Alguna vez nos han tocado derrotas dolorosas y tarde o temprano volveremos a perder en la cancha de Arellano. Da lo mismo porque no es ese el asunto.

El Monumental no está ahí para ganarle a ningún equipo en particular. No somos Calama. El domingo fue el primer partido de su próximo cuarto de siglo (¿qué más podríamos pedirle de sus primeros 25 años?) y no hay que olvidar que el estadio está ahí para albergarnos. Nos reunimos todos, llegamos de todos lados, de distintos barrios, y de ciudades cerca y lejos en el mapa. Acá estamos, es un gran abrazo y este estadio, al que nadie entra indiferente, es nuestra casa. Tanto que nos costó terminarla, décadas enteras. Tan bonita que es.

Lo mismo con el equipo. No correspondería pedirle más. Cierto es que uno se esperanza, después de la épica campaña de la 30, con un Paredes carne de estatua. Entusiasma imaginar que terminamos pillando a los punteros para quedarnos con un Bicampeonato que ningún entendido veía posible hace unas semanas.

Puede que suceda, pero no depende de nosotros y, si acaso ellos terminan por levantar esa Copa (con tanto sabor a premio de consuelo después de ayer) yo no calificaría el proceso de fracaso. Estamos en un período de interludio entre el gran desafío pasado (la traumática 30) y el gran desafío futuro (la Libertadores 2015), por lo que nadie se puede volver loco exigiendo campeonatos como si los regalaran por ahí.

Esa mentalidad es un error. Hoy somos los campeones, ¿ya se nos olvidó? ¿Esperamos largos años, magras campañas, para que esa ansiada victoria se nos esfume, apenas saboreada, en busca de la siguiente? Es una vorágine destructiva, y durante todo el semestre he visto que muchos se abrazan a la rápida tras cada triunfo porque están siempre mirando de reojo la tabla de posiciones.

Si la campaña de Colo-Colo termina con una corona, bienvenido sea. Pero la campaña de Colo-Colo consiste en otra cosa, una sola: salir a la cancha a darle una alegría a la gente que pagó su entrada para estar ahí. Eso es el corazón de todo. Ponerle una sonrisa al que lo escucha por la radio, lo ve por la tele. Hacer que el día lunes sea más alegre para tanta gente a la que nos cuesta y nos carga levantarnos temprano y llegar a la hora para ponernos a trabajar.

Yo, al menos, voy a pedir eso, que cada lunes sea de triunfo y de desayuno rico. De ahí para adelante, el destino verá. A los jugadores les pido 6 alegrías más, y a los hinchas les pido disfrutar esas alegrías, porque por años se esfumaron y no podemos olvidar esa lección y ponernos malagradecidos con el valioso regalo que es que tu equipo gane cuando juega.

Seguiremos en eso, el próximo domingo al Elías Figueroa de Valparaíso no llegará ningún clasiquero y el Popular debe cumplir con su razón de ser, que es brindar felicidad.

Pero mientras tanto, mientras hacemos hora hasta el nuevo fin de semana, repasamos sonriendo las postales de nuestro carnaval. Leemos con deleite los descargos comunicacionales de los malos perdedores, tanto jugadores como hinchas. Porque, claro, ganarles siempre es bueno. Pero cuando se muestran así, odiosos, picotas, clasistas, se disfruta más. Se goza.

Me deleito en comprobar que les volvimos a ganar con la camiseta, algo que nunca he visto que hagan ellos. Me deleito en encontrar una foto de Paredes en que su gol parece un fresco renacentista. Me deleito en la valentía con que el plantel afrontó el partido y cómo lo fueron a buscar siempre. Me deleito en la paternidad. Me deleito en que fueron golazos.

A ver, voy a mirarlos de nuevo. Sí, fueron golazos. Los dos. Golazos.

Para algunos, carrete chipamogli; para otros, el Pueblo de carnaval.

Qué linda estuvo nuestra fiesta.

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