Columna de Colo Colo: Estar ahí

"Una de las imágenes más desoladoras de esta modernidad 2.0, junto con la de gente sentada en una mesa pero cada una en su celular, es la del tipo en su pieza que cree que salva ballenas haciendo click, que apoya causas retuiteándolas".

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Por Álvaro Campos (autor del libro Colocolino de Editorial Gol Triste)

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Algunos hablan del rol de Matías en el arreglo del entuerto por los premios de la Roja, otros destacan el papel del Capitán Bravo: criticado por ser la cara visible de la decisión y reivindicado al reconocer el error, pedir disculpas y ofrecer plata de su mismo bolsillo si fuese necesario para equiparar los pagos.

La verdad es que el tema fue una cochinada bien fea, más allá de quién o quiénes sean los responsables, por acción u omisión. ¿Por qué un tema tan delicado se deja al albedrío de los jugadores? Y, ya puestos en ello, ¿quiénes son aquellos que se entiende como “los seleccionados” a la hora de tomar decisiones? ¿Los partícipes de la última nómina?, ¿por qué una y no la otra? ¿Los que jugaron el Mundial? Es difícil determinar con exactitud quiénes están dentro y quiénes fuera. El corazón de la chanchada es que unos, que estaban, decidieron por otros, que no estaban.

La importancia de estar ahí.

Si Barroso, junto con el plantel que va detrás de él, estuviera absolutamente convencido de que alguien puso plata fuerte para que el trofeo se vaya a La Cisterna contra viento y marea, entonces bien pudo haberse evitado el trámite de ir a declarar ayer ante a los viejos de mierda del Tribunal. De hecho, si tan perdido está todo, ni siquiera tendrían sentido sus declaraciones originales, porque nada haría cambiar el plan original, que seguirá su rumbo ya trazado. Sin embargo, nuestro honorable central, bastión de la zaga, fue a hacer sus descargos porque, pase lo que pase, nadie discutirá que es mejor ir que no ir. Hubiese sido un absurdo inimaginable no ir a defenderse, dejar todo botado porque para qué.

Mejor ir, esa es la terca certeza que tuvimos cuando el equipo no jugaba a nada de nada e íbamos al estadio igual. Ir igual, que no te lo cuenten.

Los lunes y los viernes tenemos nuestro programa de radio (y habrá que repetir hasta el cansancio que va los lunes y viernes a las 20:30), y siempre trato de asistir aunque mi presencia no ayude en nada ni cambie nada. Llego, me quedo en la cabina de control mientras miro el programa suceder, siendo nada más que un espectador. Ocasionalmente he participado en el panel parchando algún titular ausente, pero más que nada voy a apoyar moralmente a los muchachos. Comentar cómo estuvo, tratar de hacerles sentir que no la están remando solos.

Hay que ir a la radio y a las reuniones, y a las pichangas y hasta a los terceros tiempos, porque Colo-Colo de Todos es una utopía de conversación de madrugada convertida en realidad solo porque los participantes de esa charla nunca habían estado hablando tan en serio en su vida. Pero no era más que eso, amigos conversando sobre Colo-Colo. Ojalá nunca deje de serlo.

Eso es todo, estar ahí. Es la consigna de los tiempos, y hay quienes tratamos de lavar la culpa de ese no-estar-ni-ahí tan noventero grunge chinorríos, ese desapego tan muerto en vida. Lavarnos de esa desidia de no haber sido socios hace 20 años. Purgar esa flojera de haber visto la elección de 2010 por la prensa.

Estar, nada más. Ya alcanzó nivel de cliché esa máxima de que las decisiones las toman los que llegan. Desde la casa no vale, desde la casa los jugadores no meten el centro cuando deberían, los dirigentes contratan mal, el entrenador no sabe parar el mediocampo, el línea no vio la mano. Pero la manifestación de esas quejas no es democracia, no es libertad de expresión porque ni siquiera es expresión: es cacareo, es chimuchina, es pelambre. Es el polvo que se acumula en las estatuas de los hombres que sí hicieron la historia suceder.

Una de las imágenes más desoladoras de esta modernidad 2.0, junto con la de gente sentada en una mesa pero cada una en su celular, es la del tipo en su pieza que cree que salva ballenas haciendo click, que apoya causas retuiteándolas. Hubo varios que creyeron traer más democracia a Providencia por el sólo hecho de votar en contra de un torturador, sin cachar que la democracia no consiste en hablar huevadas en el Liguria hasta las 4, sino en asistir a los cabildos abiertos para defender al bar del red-set de una hora de cierre ridícula. Las viejitas que sí participan en cabildos, reuniones, juntas de vecinos, reuniones de apoderados, conducirán el mundo contra el cual reclamarán otros, pegados a sus pantallas touch.

Pienso en qué va a pasar en los próximos cuatro años. Me imagino que todos la cizaña malintencionada fuera cierta y en serio lo hiciéramos pésimo. Me acuerdo de las caras de la gente de La Ligua, en un auditorio precioso, y no me alcanzo a decidir. ¿Qué harían? ¿Tomarían nuestro fracaso como una excusa para dejar de pagar sus cuotas y alejarse, o estarían ahí con más fuerza, yendo a las asambleas para encararnos lo mal que lo estamos haciendo, para repudiarnos por no estar a la altura del sueño que alguna vez fuimos a compartir con ellos mirándolos a los ojos?

De los colocolinos necesitamos más su oposición activa que su apoyo pasivo. Bienvenidos sean los comentarios de facebook, las columnas de opinión, los muchos programas de radio, la conversación. Pero eso es baby con los cabros. El fútbol de verdad, en cancha de pasto, once contra once, el partido por los puntos, es el de las asambleas de socio. Ahí se irá abriendo paso el futuro de Colo-Colo, y yo no querría que otros lo decidieran por mí.

Los que no estén ahí tendrán disponibles muchos otros lugares en los cuales estar, todos muy válidos. A mí no se me podría ocurrir uno mejor. Estar ahí, construyendo la institución civil más linda de Chile.

GRAF/CS

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