Columna de Colo Colo: El 14 de los blancos

"No hay nada que reprocharle al mejor equipo de Chile", dice Álvaro Campos.

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AgenciaUno

 

Por Álvaro Campos (autor del libro Colocolino de Editorial Gol Triste)

@_Alvaro_7

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Estamos subiendo las sillas arriba de las mesas. Vamos caminando. Será la segunda vez que Colo-Colo de Todos cierre temporalmente esta tribuna con que El Gráfico nos ha honrado al invitarnos a representar la voz de los hinchas colocolinos. La vez anterior completando el cuarto año consecutivo de sequía, con una muy voluntarista proclama sobre el año a venir, “el 14 de los blancos”.

No hay nada que reprocharle al mejor equipo de Chile, que en eso nos convertimos, ni al año que ya hace sus maletas para viajar del calendario al almanaque. El rendimiento que los albos tuvieron en cancha fue simplemente espectacular. Les ganamos a todos, pero más allá de pasarle por encima a rivales y archirrivales, vimos en la cancha a jugadores que, como hinchas que son, se entregaron por completo y nos llenaron de orgullo. Algo habíamos perdido y podemos decir que lo recuperamos.

No da lo mismo perder el torneo. Obvio que no. Duele y apena. El viento del puerto cargado de lacrimógenas no alcanzó a limpiarnos la cara herida después de enterarnos de la fiesta ajena. Fue una tarde de mierda dentro de lo que está siendo un fin de semana de mierda para seguir con una semana entera que claro que será de mierda.

Pero nadie nos quita la hermosura de este año. Fue impresionante. En enero la editorial colocolina Gol Triste presentó en Cienfuegos 41 su primer lanzamiento de 2014, que sería seguido del Anecdotario Rosario Moraga en la Feria del Libro, donde agotaría varios de sus títulos antes de que el evento concluyera.

Vino Paredes. Al hacer el recuento nos quedaremos con sus goles, que lo dejaron de Pichichi por tercera y cuarta vez en su carrera, pero más importante fue el descaro y la valentía con que se puso la 30 cuando llegó. Hay algo que a muchos se les va a quedar en el tintero: la alegría misma de que Paredes volviera.

Vino el Pajarito Valdés, el mejor jugador de los pastos chilenos. Al cumplir su sueño de infancia siguió haciendo realidad el sueño de nuestra adultez: que Colo-Colo gane y nos haga sonreír. Y qué golazos se mandó.

Vino Jean Beausejour después de anotar un gol en el mejor Mundial que he visto en mi vida. Vino Barroso, que prefirió jugar en el Cacique antes que deslumbrar ojos europeos en la Libertadores.

Eso en la cancha de fútbol. Porque fuera de ella vimos a Colo-Colo crecer y volver a mostrarse por las canchas de básquetbol del país, recordándonos ese lejano campeón de la Dimayor noventera. Y en lo institucional, qué decir que no se haya dicho antes. Tal vez sea la primera vez en la historia que el Club está verdaderamente en manos de sus hinchas, sin patrones de fundo. Varios nos sacamos la cresta durante mucho tiempo y el triunfo en las elecciones es lo que más rescatamos de este año tan blanco.

Los recuerdos se van encumbrando como un volantín que muere achicharrado en el cableado eléctrico del partido de hoy contra el Decano. Ni la nostalgia sobrevive a la desazón. La derrota es algo que hemos llegado a conocer muy bien últimamente. En ese proceso, creo que el colocolino es mejor de lo que nunca ha sido. Por eso no dejamos al equipo jugando varios partidos con un Santa Laura pelado cuando parecía seguro que los campeones serían otros, y por eso no le daremos la espalda a quienes nos devolvieron el amor propio y los abrazos.

Hablemos de fútbol. Todavía no veo las imágenes, así que no tengo idea si hubo penal en Valparaíso o en Santiago. No importa, tampoco el viento que barría con todo. Ya está. Ya fue. Lo que pasó en el Elías Figueroa es que vimos el reverso del arma de doble filo. Esteban Paredes es un Cid: su presencia asusta a los rivales, en la misma medida en que su ausencia los envalentona. Todo el medio futbolístico sabía que no estaba bien físicamente, es decir, que ahora era la oportunidad de vencer a su ejército. Es de público conocimiento que ni sus laderos en la ofensiva ni sus suplentes se acercan a su calidad.

La explicación no sólo está en la superlativa capacidad de Esteban, que sano hace 5 en un partido, sino en que este plantel, tan sábana corta, es lo que Tapia decidió tener. No lo reprocho, para mí no perdió el campeonato: ganó partidos que lo llevaron a pelearlo sin tener por qué. La escasez del plantel es el desenlace de que Tito haya golpeado la mesa y no haya dejado que le metieran paquetes de cuarta categoría. Ahora que demostró que no le van a pasar por encima así como así, podemos confiar en que los refuerzos de esta intertemporada sean pocos pero buenos.

Pensar en fútbol es seguir con el dolor, un diluvio que arrasa con todo a su paso. Pero Colo-Colo es una montaña. Decimos que es Eterno, y nos referimos a él como “el Campeón” aunque no llegue primero en la tabla. Con ningún equipo del mundo pasa lo mismo. Qué lindo es el Cacique, que ni aunque le ganen le pueden ganar.

En mi pega me agarran pa’l hueveo con mi fanatismo. Se ríen de mí, augurando que cuando viejo voy a andar en una plaza de algún pueblo lejano, con poncho y una barba larga y cana, gritando “¡Colo-Colo!… ¡Colo-Colo!… ¡Colo-Colo!”. Loco, incoherente. Medio profeta, medio mendigo.

A los jugadores y cuerpo técnico les quiero decir que tienen mi agradecimiento sincero, y mi confianza en que van a dejar nuestro nombre bien puesto cuando vuelvan a mirar a los ojos a la Novia de América. Para los miembros del Directorio Nacional del Club Social y Deportivo las palabras son de optimismo y respaldo: serán ellos los que hagan, tal como esta temporada, que lo que suceda en la cancha tome un segundo plano frente a la crucial lucha por la recuperación del Club. A los hinchas y lectores: felices fiestas, que descansen, un abrazo y nos vemos el 2015.

Pero no es cierto. Lo que realmente les quiero decir a todos, con el insomnio de las 5 de la madrugada, desde el ardor de la derrota y el fanatismo más necio, es este mensaje, bruto y genuino:

¡Colo-Colo!… ¡Colo-Colo!… ¡Colo-Colo!

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