Columna de Colo Colo: Enero, 23

La opinión desde el Movimiento Colo Colo de Todos en un nuevo aniversario de la fatídica quiebra, con una particular perspectiva enfocada en la figura de Héctor Tapia.

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Por Claudio Pérez

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Debo haber conocido a Tito Tapia por allá por el 92 o el 93, en las canchas de Macul, en su estadio, su Monumental. Si no me equivoco era el mes de agosto y todos los cadetes estaban trabajando en la cancha de maicillo (hoy reemplazada por una de pasto sintético), bajo una fuerte lluvia. De cabeza gacha, mirada intensa y una fuerza física incomparable con el resto de sus compañeros, Tapia hablaba sin gritar mucho, se valía más de ademanes para ser tomado en cuenta en la cancha. Era la estrella de Colo Colo juvenil, un equipazo de puros cracks con la pelota. Todos buenos. Todos.

Hoy lo miro agachado al borde del terreno de juego que tantas alegrías le dio a él y a nosotros. Y se le ve pensativo, de sonrisa esquiva, pero con la misma intensidad en la mirada, tratando de encontrarle la vuelta a los resultados deportivos que en esta racha nos son adversos. Un amigo me señaló que a Tito se le acabó la sonrisa cuando falleció su padre. Puede ser. Pero yo creo que ese hecho lo hizo madurar y endurecer un poco más su carácter, y que su verdadera alegría está en su hogar, con su esposa y las hijas por las que se desvive. Veo en Tapia a un tipo feliz, luchador y aguerrido.

Él las ha vivido todas. Alcanzó el éxito muy joven. Jugó en el extranjero y se calzó otras camisetas, aunque nunca nadie pudo decir que dejó de ser colocolino. Volvió a dirigir al Monumental en abril de 2011, invitado por Jaime Pizarro. Se hizo cargo de la sub 15 y comenzó a mostrar los dotes de DT que le valieron su egreso con máximos honores del curso de técnico. Si bien todo el mundo comentaba su profesionalismo y el cariño que le ponía a ese equipo y su trabajo con los niños, como él los llamaba, también todos sabían que era cosa de tiempo hasta que llegara a dirigir el primer equipo. A él llegó con la misma humildad que lo ha caracterizado, como ayudante técnico del paraguayo Gustavo Benítez. Los resultados no se dieron y Tapia asumió interinamente la dirección técnica debiendo enfrentar a Cobreloa en un primer gran desafío que ganó “a lo Colo-Colo”, y con siete canteranos en cancha. Desde entonces todos sabemos qué pasó. Bajó la 30 y mantuvo a un equipo que peleó hasta el fin la estrella 31.

Las habilidades profesionales de Tapia son conocidas, pero a ellas habría que sumar una ventaja adicional: él sabe lo que se vivió producto de la quiebra. Justo hoy, en un nuevo aniversario de ese nefasto hecho, creo que es necesario reivindicar a los nuestros. La familia de Tapia puso dinero en el Club más allá de cualquier crítica. Debe ser por eso que tanto defiende los intereses del Cacique. Por eso juega sin problemas ese rol de “dirigente de los jugadores”. Por eso exige que se cumplan los estándares mínimos para poder trabajar. Por eso le embronca que a estos dirigentes de la concesionaria (que no son colocolinos) parezca darles lo mismo.

Tiene claro que todas las filtraciones en los diarios del duopolio se deben precisamente a que a estos personajillos de B&N les molesta que un cabro de la casa, nacido y criado con estirpe colocolina, un canterano que fue campeón como jugador y como entrenador, les hable fuerte, les golpee la mesa en vez de agacharles la mirada. Por si fuera poco, el Tito, como cariñosamente lo reconoce la gente, cuenta con un respaldo y un cariño popular que a los empresarios les es esquivo por más que lo añoren.

En este día, cuando arrecian los malos resultados, cuando intentan desestabilizar al Cacique del equipo, cuando malintencionadamente la prensa oficialista, ligada a los poderes fácticos de la concesionaria, se desvive por enlodar todo lo que representa Tapia para el colocolino de a pie, es cuando más es necesario un espaldarazo de nosotros los hinchas. Por su trayectoria, por sus características, por su colocolinidad.

Este fatídico 23 de enero está marcado a fuego entre nosotros por ser el trágico día en que se decretó la quiebra. Desde este año, cargará también con el peso de la muerte de Pedro Lemebel, un artista colocolino que derrochaba talento con su pluma explosiva como un puntero a toda velocidad. El mensaje, entonces, no puede ser otro que un llamado a que no olvidemos la historia. No olvidemos a los nuestros. Tenemos la responsabilidad de mantener viva la institución y su mística. Probablemente las variables de los resultados deportivos a veces nos digan lo contrario, pero Tapia no se merece salir por la puerta de atrás, por donde ya hicieron pasar a otros ídolos estos mismos mercaderes del fútbol.

El día que Tapia se vaya, que sea lejano, y que sea bajo una ovación agradecida, para que la reciba con los brazos en alto como cuando marcaba goles llevando en la espalda el apellido de su padre y el número 23.

GRAF/PS

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