Columna de Colo Colo: Dejar un lazo permanente

"La verdad es que, a pesar de que uno puede ver las vacaciones como unos días para olvidarse de todo, no hay nada más lindo que enseñar la historia de Colo-Colo en otros lugares", dicen desde el movimiento Colo Colo de Todos.

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Sebastián Torres
@sedtorres
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Se supone que el verano es una época en que la efervescencia futbolera baja: hasta hace poco era un período de notas recicladas y aburrimiento con la ausencia de partidos por la detención de los torneos nacionales. Solo nos sacaba de la rutina algún triangular o alguna copa-ciudad, hasta la “tradicional” Copa Gato, para ver los fichajes.

Además, el verano es el período en que la mayoría de los chilenos decide viajar, al norte, al sur o fuera del país por semanas enteras. En la maleta de cada uno de ellos siempre hay un objeto preciado, y en mi caso no puede dejar de ser la camiseta de Colo-Colo, aunque en mi último viaje fue una parka.

Esa vez, opté por llevar también dos regalos del Cacique, porque ya me había ocurrido antes no tener un presente con el cual sellar aquel lazo que se establece estando lejos, hablando sobre el Club más grande de Chile.

Fue el 2008, el equipo del Bichi enfrentaba a Boca Juniors en el estadio La Bombonera, y decidí llegar unos días antes a Buenos Aires para recorrerlo y conocer el estadio de Chacarita. Fue allí, en el barrio de San Martín, donde dejé una polera de Colo-Colo de regalo al dueño de un bar cercano al estadio, que en ese momento se encontraba en remodelación.

Después de las fotos de rigor con el mural que reza “simplemente uno solo” junto a los escudos de ambos clubes, decidimos volver a Buenos Aires, y mientras caminábamos un partido en la tele nos llamó la atención. Nos sentarnos a verlo y tomar algo, pero tras unos minutos se nos acercó el dueño del bar, ávido de conversar con nosotros sobre lo que significa el indio en el pecho, cuál es su significado.

Nos retiramos del bar después de unas horas. Antes de irme, y al igual que un jugador tras un partido, le regalé la polera que andaba trayendo. Él me ofreció la suya, y es así como un viaje para ver un partido terminó siendo una ocasión para difundir la colocolinidad. Arellanizar, en resumidas cuentas.

Muchas veces se ha comentado que los chilenos en el extranjero nos reconocemos inmediatamente, o que el himno nos emociona cuando estamos a miles de kilómetros. Quizás es innegable si uno ve las imágenes de Francia 98 o Sudáfrica 2010, pero a mi me emociona más cuando me encuentro con otro colocolino, porque no necesariamente es chileno. En varias oportunidades me ha tocado conocer extranjeros de Colo-Colo, y me pregunto qué los llevó a ser hinchas del más grande. ¿Qué ocurrió para que un costarricense se interiorice en nuestro club? La respuestas suelen ser elocuentes: “conocí a un chileno y me contó su historia”.

La verdad es que, a pesar de que uno puede ver las vacaciones como unos días para olvidarse de todo, no hay nada más lindo que enseñar la historia de Colo-Colo en otros lugares.

En mi último viaje me tocó conversar con el recepcionista del hotel, quien al ver mi polera de Colo-Colo de Todos solo pudo distinguir Colo-Colo. Madridista acérrimo, me habló de Zamorano, pero la conversación se centró en Alexis, quien recientemente les había convertido un golazo. Después de un rato estábamos recordando la goleada de merengues a albos el 91. Me despedí dejándole un tazón de Colo-Colo. Me lo recibió contento y me dijo que no tenía nada para intercambiar. Le digo que no se preocupara, que no era un intercambio, sencillamente un regalo.

Colo-Colo es un regalo.

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